Solo una horita

Las personas somos animales de costumbres, ese es un dicho que he escuchado desde pequeña. Lo cierto es que, visto lo visto, puedo decir que en mi se cumple al ciento por ciento. Soy un bichito de costumbres. ¡Qué le voy a hacer, la vida me ha hecho así!

Debo reconocer que las rutinas me vuelven loca. Soy una soñadora, pero que nadie me quite mis costumbres. Cuando el sol se alía conmigo, en el fondo es muy caprichoso, toco la gloria con mis labios. Esos días, me encanta salir después de comer con Andrea al parque. Ella pasa a recogerme y nos vamos a uno que hay cerca de casa. Allí pasamos una horita más o menos. Andrea, el sol y yo. Los tres en una extraña, dulce y maravillosa armonía.

Al principio, de camino al parque, la charla es animada. Andrea es una cotorra, así que la dejo divagar. La escucho con atención, aunque como si de un “mantra” se tratara, el ritmo, el tono y las palabras empiezan a encajar siempre de la misma manera. Siendo sincera, os puedo asegurar, que hace años que no sé lo que dice, pero la cantinela me sabe a gloria. Es una especie de canto gregoriano entonado en la mayor catedral del mundo ensalzando la gloria del dios Sol.

Día tras días, cuando su majestad quiere, semana tras semana, en el mismo parque, mes tras mes, con la aquiescencia del astro más poderoso, año tras año, en el mismo rincón, bajo el mismo árbol, Andrea, mi fiel Andrea, él, grande, poderoso, caliente, rey y yo nos juntamos.

Cierro los ojos, los párpados para ser justa, e intento mirarlo de frente. Naranja inmenso tornando a rojo vida. Miles de motitas negras sobre el lienzo fulgurante que intento atrapar con la mirada. Imposible, noto como los globos de mis ojos se mueven bajo los párpados en pos de esas minúsculas partículas, pero estas corren más, danzan al ritmo de mi mirada extasiada, escabulléndose una y otra vez.

Andrea sigue maldiciendo al mundo, sigue arreglando el mundo, sigue enojada con el mundo, sigue enamorada del mundo. Los rayos del sol me acarician, soy capaz, de muy tarde en tarde, eso sí, de sentir todos y cada uno de los rayos del sol. No me preguntéis como lo hago o si es verdad, solo os puedo decir que, en esas escasas ocasiones, siento como si cada rayo decidiera acariciarme la piel por si mismo. ¡Bendita rutina!

Andrea necesita desahogar su alma a borbotones por la boca. Hace años que no sigo el hilo de sus palabras, ni falta que hace. Es música celestial para mis oídos y aunque no lo fuese tarde o temprano debía aceptarla como parte de mi rutina. Mejor pues que me suene tan bien.

No cambiaría esos ratos por nada del mundo. ¿Soñar? Claro que sueño. Sueño otros mundos. Sueño otras vidas. Sueños otras historias. Sueño mucho, pero que le vamos a hacer, disfruto de los sueños pero me quedo con mis costumbres. Es curioso, aunque no lo creáis, he llegado a creer y no pocas veces, de hecho cada vez más tengo la sensación, en ocasiones la certeza, de que mis rutinas, mis costumbres, ayudan de alguna forma a mejorar el mundo, a engrandecer a las personas, a transmitir amor y felicidad. Sí, ya os estoy escuchando: ¡Valiente chorrada! Pero lo creáis o no, así lo percibo en muchos momentos.

Sueño. Se soñar. Me gusta soñar, pero he encontrado el sentido de mi vida. ¿Fácil? No, para nada, más bien todo lo contrario, pero quien dijo que la felicidad la regalan. De hecho mi querida Andrea sigue peleando con la vida en busca de su sitio, pero ese es su camino yo ni puedo, ni debo hacer nada. Solo ella y nada más que ella debe encontrar el equilibrio, la armonía.

¿Qué me conformo con muy poco? Según y como. Nadie sabe, ni debería valorar el porque de nuestra felicidad, de nuestro equilibrio, de nuestra armonía, de nuestra paz. De hecho, me ha costado mucho llegar hasta aquí.

Solo una horita. Cuando el sol quiere. Solo una horita con Andrea salmodiando. Solo una horita, después de comer. Solo una horita para regalarme. Solo una horita para tributar a la vida por permitirme forma parte de este mundo. Solo una horita al día, no todos los días, para ser momentáneamente eterna, feliz, única, grande, diosa. Solo una.

De vuelta a casa, Andrea me limpia la baba que de forma natural y constante resbala de mi boca. De vuelta, en casa, Andrea me cambia el pañal lleno de excrementos. En mi cuarto, Andrea me acomoda en mi silla de ruedas frente al televisor, farfulla algunas palabras, el final de su letanía diaria. Con sus dedos acomoda con cariño mi cabello, me da un beso con dulzura. Tantos años después sigue creyendo que no entiendo. Mi sonrisa sigue perenne, mis ojos llenos de gratitud, mi alma agradecida. Mi ser anhelando la próxima horita.

¡Gracias a la vida!

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Buen camino!!!

Santiago TO SANTIAGO

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Amada Carmen

Lo peor de todo estaba por venir. Desanimado, debía afrontar el momento más duro de aquel extraño camino que me había llevado por media España y Marruecos. Hacía tiempo que descubrí donde debía terminar esta historia. Yo amaba a Carmen y amaba a mis hijos. Debía pedirles perdón por todo el daño que les hice. Se lo debía y me lo debía, solo así podría, con ellos o sin ellos, recuperar mi vida.

A medida que ese recuentro se acercaba el miedo se iba apoderando de mí. Si hubiese ido justo después de haber dejado a Yusuf junto a su madre, seguro que todo hubiese sido diferente. Pero la incapacidad para asumir mi responsabilidad, la excusa de entregar la carta a Hatri, algo que podría haber esperado, hizo que primero fuera a Madrid. ¡Maldito Hatri! ¡Maldito mil veces! Mi ánimo estaba por los suelos y ahora el miedo. Miedo de mirarla a los ojos, de que no quisiera verme, de que no quisiera escucharme. Miedo al desprecio. Miedo a perderla por segunda vez.

El cielo plomizo de Madrid me acompañó hasta el portal del edificio donde vivía mi mujer. El sol de Andalucía se había quitado de en medio. Ese cielo triste, premonitorio, desplegó una ligera llovizna, como si de una plañidera se tratase, decidió llorar antes de tiempo por mi fracaso.

Estaba en el portal, asustado, temblando, pero sabía, era consciente de que ahí debía acabar ese viaje. ¡Maldito Hatri!

– ¡Samuel, cuanto tiempo Samuel! – la voz de Manuel y su palmeo en la espalda me ofreció una tregua antes de afrontar la batalla final.

Desde la ventana del bar veía el portal de Carmen. Manuel hablaba y hablaba por los codos de los tiempos pasados. No me interesaban sus palabras, pero me sentía seguro junto a él. Ahora era yo quien estaba esquivando al destino, al menos durante un rato. ¡Al menos!  Eso quería pensar.

¿Por qué? No tengo respuesta, quizás para recuperar el ánimo, pero tomé una copa de oloroso.

¿Por qué? No sé, quizás para no irme cojo, tomé una segunda copa.

¿Por qué? No sé, quizás maldiciendo a Hatri, tomé una cerveza.

¿Por qué? No sé, quizás para escuchar, sin escuchar, a Manuel tomé otra cerveza.

¿Por qué? ¿Por qué no?

Manuel hacía horas que se había marchado. La lluvia arreciaba. La noche hacía rato que había extendido sus dominios sobre la ciudad. Miraba fijamente, sin mirar, por la ventana del bar. Allí estaban. Tuve que hacer un esfuerzo por asegurarme. Bajo el paraguas, al final de la calle, se acercaban al portal. Carmen y los niños. Forcé un poco la vista. ¡Sí, eran ellos! Dejé un billete de 50 euros en el mostrador. Crucé la calle bajo la lluvia, los tenía a menos de veinte metros. Las farolas danzaban, la acera se movía.

¡Carmen! ¡Carmen! ¡Carmen! ¡Carmen! ¡Carmen!– grité, mientras trastabillado caí  al suelo.

El cielo se reía a carcajadas, lloraba de risa. El alcohol, que llevaba más de un año sin probar, me había convertido de nuevo en un payaso triste actuando en mitad de un entierro.

¡Carmen! ¡Carmen! ¡Carmen! ¡Carmen!– estiré el brazo ridículamente hacia ellos.

Más ridículo que el ridículo. Más triste que la tristeza. Grotesco, esperpéntico, absurdo, lamentable. Borracho.

¡Carmen! ¡Carmen! – eran mis lágrimas o las gotas de lluvia las que rodaban ahora por mi mejilla.

Había tanto desprecio, tanta humillación, tanto asco en sus miradas, que no pude soportarlo, volví la cara, me levanté como pude y salí huyendo.

¡Carmen!

&&&

Amada Carmen (amados hijos):

Estoy sentado en los brazos de “mi barco”. Hace un día maravilloso. El cielo es azul, el sol brilla con fuerza y una ligera brisa de levante acaricia mis mejillas. Cuanta paz, cuanta serenidad.

Me ha costado mucho sufrimiento, mucho dolor, mucho tiempo entenderlo. Me ha costado, pero al fin lo he comprendido. Estos últimos días, tras mi vergonzosa aparición, han sido especialmente complicados de sobrellevar. Nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refrán y, en este caso, cuan cierto es.

En primer lugar, quiero pediros, desde lo más profundo de mi corazón, perdón por todo el daño que os he hecho sufrir. Podría inventar mil excusas, la mayoría de ellas serían ciertas, pero finalmente he aprendido a asumir la responsabilidad de los errores. Os pido disculpas, nada ni nadie puede justificar el dolor que os he llevado. El pasado no puede cambiarse, lo más duro ha sido aprender a aceptar esos errores como parte de mi vida, como parte de mi ser, como parte de mi aprendizaje. No los puedo borrar, aunque me gustaría, forman parte de mi y debo pediros perdón.

El motivo de esta carta no es el de pedir disculpas, aunque es obligado que lo haga. El verdadero motivo de estas letras es el de deciros, a ti y a los niños, que sois las personas más importantes de mi vida. Os amo por encima de todas las cosas. Todo lo demás, el resto de la carta, aunque también tiene su importancia, carece de significado, de valor, ante mi amor por vosotros. Os amé, os amo y os amaré hasta mi último suspiro.

Amada Carmen, ni debo, ni quiero, ni sería justo pedirte una segunda oportunidad. Solo deseo que, decidas lo que decidas con tu vida, te traiga la felicidad que te mereces.

Amada Carmen recuerda que mi amor por ti nunca se extinguirá. Qué este amor que siento, solo desea vuestro bien, aunque eso suponga que jamás os vuelva a ver. Nunca perderé la esperanza de abrazaros.

 ¡Qué Dios reúna nuestro distanciamiento!

Un Beso, Samuel.

PD.

Te adjunto el relato de mi vida. Desde que te eché de casa, porque fui yo quien te obligó a hacerlo, he vivido un extraño camino. Un viaje difícil de creer, de explicar, de entender.

Hatri no es un maldito. Es un hombre atrapado en manos del odio, como a muchos nos ha sucedido o nos sucede.

&&&

Lo meto todo en un sobre grande. Ahora sí, ahora estoy en equilibrio. En lo alto de “mi barco” acabo de terminar el relato y mi ultima carta. El cielo azul, el sol brillando, la brisa, las sombras de las velas. Saco mi carta primitiva. La releo por última vez. Saco el mechero y le prendo fuego por varios sitios. Sigo mirando como se consume la muerte, como triunfa la vida. El fuego arrasando el odio, el amor esparciéndose por el mundo en las pequeñas volutas oscuras del humo.

“…la paz perdida hace mucho tiempo vuelve a acompañarme”. Son las ultimas palabras que puedo leer antes de arrojar la carta al suelo.

La parca hoy se irá sin mi. Al final acabará ganando, pero será en otra ocasión.

De momento, es el tiempo de la vida.

Vivir y amar.

Amar.

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arrugada

Amado Hatri:

Le he pedido a mi amigo Samuel que te entregue esta carta. Aunque hace más de un año que no se de ti, confío en la grandeza de Alá y tengo el presentimiento de que te encuentras bien.

En la distancia, te siento como si estuvieras junto a mí. Aún recuerdo como me convenciste para que te dejara marchar. Tuve que aprender a convivir con el miedo a perderte, porque tu ilusión, tus sueños, tus deseos eran lo primero y más importante para mí. Tu madre también lo hubiera querido así.

Yo sigo bien, más viejo, más tranquilo, más feliz.  Necesito poco para vivir. Imaginar tu vida en Madrid alimenta mi alma y mi gozo. Aunque no lo sé, tengo la certeza interior de que estarás progresando a base de esfuerzo, de trabajo, de perseverancia, de honradez, de respeto y dignidad. Esos valores son la única herencia que, este viejo que te ama, te pudo entregar el día de la partida. Tengo la fe y la esperanza de que ellos estarán geminando y creciendo en tu interior.

Sueño con tu prosperidad, que crearás una familia para honrar a Dios siguiendo las huellas del Profeta. Que me bendecirás con nietos. Sueño contigo, un hombre justo y feliz, en esa tierra que es España , a la que tu le llamabas el paraíso.

También sueño con poder verte, abrazarte y besarte una vez más antes de morir.

Que Dios reúna nuestro distanciamiento.

&&&

papelarrugadoHatri leyó la carta sin inmutarse. La sostenía con la mano izquierda, mientras la vista permanecía sobre la misiva, apretó el interruptor que bajaba la ventanilla. Sin alterarse, sin emoción, sin un gesto que denotara sentimiento alguno, arrugó la carta, se la pasó a la mano derecha, siguió apretándola unos segundos más y la arrojó a la calle.

– ¡Para! – ordenó y sin mirarme señaló la puerta para que me apeara.

Os podéis hacer una idea de cómo se me quedó el cuerpo y el ánimo. Parecía una parte más del mobiliario urbano. Inmóvil, frente al coche de Hatri. Justo cuando creí que el vehículo reanudaría la marcha, él sacó la cabeza por la ventana y me miró.

– España es un infierno, como Marruecos, como Europa. Ni Alá, ni el esfuerzo, ni el trabajo, ni la perseverancia, ni la honradez, ni el respeto, ni la dignidad, ni los sueños, ni los viejos que beben té. Si quieres triunfar solo hay un camino, ser un de ellos, en caso contrario solo puedes ser un desgraciado más en medio de todos estos desgraciados.

Dio unos golpecitos al asiento del conductor, mientras subía la luna de su ventanilla y desapareció de mi vida.

En el autobús, de vuelta a casa, bueno a mi ciudad, porque la casa se la había quedado el banco, iba con la moral por los suelos. No entendía la jugarreta que el destino me acababa de hacer. Hatri no era mi hijo, pero lo que me dijo me dolió tanto o más que si lo fuera. La pena por Mohamed atravesó mi corazón. ¿Por qué? Otra vez haciéndome esa pregunta. ¿Por qué?

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El metro

Primero fue mi carta. Allí seguía, ajada dentro de su plastiquito, en el bolsillo. Ella era el ancla que impedía a mi barco despegar sus velas y navegar en busca de la felicidad eterna. Allí llevaba más de un año, testamento de la desesperanza más absoluta, testigo del hundimiento definitivo en el que un ser humano puede llegar a caer.

Luego la carta de Juan. Un canto al amor. Estaban presente la tristeza, el dolor, la culpa, el castigo, pero por encima de todo estaba el amor. Nunca dejes de amar.

Aún tengo presente cada gesto, cada expresión en el rostro de Yusuf. Como resbalaban sus lágrimas a medida que leía la carta de su madre. Esperanza frente a la adversidad. Esperanza como energía para soportar un revés tras otro. Esperanza por alcanzar la felicidad. Esperanza por abrazar a su hijo.

La última, esta que llevaba en mi mano. Con delicadeza, suavidad, respeto, dignidad. Con la misma sensibilidad que el encargo de Mohamed se merecía. ¿Sería la última? ¿Qué quedaba en mí de aquella primera carta? ¿Cuánto era yo de la segunda? ¿Qué me había regalado Isabel? ¿Cuanta inocencia y honor sería capaz de beber de esta última?

¡Por fin podría conocer a Hatri! Ya casi había perdido la esperanza de encontrarlo. Lo que creí que sería algo de horas, un par de días a los sumo, se habían convertido en semanas de búsqueda por Madrid. Lo peor de todo fueron las miradas amenazadoras que cada vez más frecuentemente recibía cuando me interesaba por el paradero del hijo de Mohamed. El último intento, con mi espalda sobre una pared y una navaja en el cuello, acabó con mis esperanzas de entregar la carta. Iba camino de Atocha para volver a casa y enfrentarme a mi destino, cuando de repente alguien me salió al paso.

– ¿Porqué tanto interés por ver a Hatri? – Era un joven moro quien me pregunto serio y contundente.

– Vengo desde su casa, de Marruecos. Traigo una carta de su padre. Le prometí  a Mohamed que se la entregaría en mano – comenté mientras extraía la carta de la mochila.

– Mañana a mediodía te esperará – extendió su mano y me ofreció un papel con una dirección.

Una vez más, la casualidad se ponía de acuerdo con la suerte, para que mis cartas pudieran llegar a sus destinatarios. Me embargó la felicidad y dediqué el resto de la jornada a pasear por Madrid. Me refugié en el Retiro para encontrar algo de sosiego y saborear los momentos que el caprichoso destino me había obsequiado, justo desde aquel día en que decidí entregarme en brazos de la parca.

Sin duda era un hombre nuevo. Me costaba reconocer a la persona que había escrito aquella carta. El país seguía igual de mal o peor. La corrupción seguía rebozando hedionda las alcantarillas de los partidos políticos. El paro aumentaba. La pobreza aumentaba. A pesar de ello, desea vivir. ¡Quería vivir! Haber podido presenciar el abrazo entre Isabel y Yusuf justificaba toda una vida de penurias. Recordar el agradecimiento de Mohamed cuando me entregaba el té, merecía una vida de llena de obstáculos. La vida es un regalo y como tal deberíamos disfrutarla, da igual lo mal que te rueden las cosas, siempre hay nuevas por descubrir, días por gozar y sobre todo, personas a las que conocer y amar.

sola en el metroEl día había despertado plomizo. El metro era un hervidero. Instalado en el fondo del vagón pude comprobar cuanto soledad, cuanta tristeza cotidiana, cuanto aburrimiento existe en nuestra sociedad. Cada cual con sus auriculares, con su libro, con su cabeza gacha. Ni una triste sonrisa, ni un saludo, ni una conversación. De repente me sentí envuelto por ese clima de aislamiento, desamparado. Incomunicado en medio de miles de incomunicados.

Era la hora y el lugar convenidos. El coche, de alta gama, se detuvo frente a mí. El conductor, con un giro de cabeza, me indicó que subiera. Era el último lugar donde podía pensar que encontraría a Hatri.

Alto, delgado, pelo rizado y engominado, traje oscuro, de marca, gafas de pasta con incrustaciones doradas en la patillas.

– ¿Qué quiere?- no hubo saludo. El coche se puso en marcha.

Le expliqué, un tanto nervioso por lo suntuoso del escenario, parte de mi historia con su padre. Algo no me cuadraba. Él escuchaba, tenía vuelta la cara, la mirada perdida a través de la ventanilla de cristal tintado. Finalmente le extendí la carta de Mohamed que yo mismo había escrito.

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¿Porqué?

uciResultó casi imposible arrancar a Yusuf de la cabecera de Tarik. El golpe en la cabeza, mientras faenaba en el barco, le había producido un fuerte traumatismo cráneo encefálico. Llevaba unos 15 días en estado de coma. Los médicos habían hecho todo lo posible por recuperarlo, ahora Alá tomaría la decisión que considerase más oportuna. Yusuf sufría por su padre. No mostraba ningún signo de remordimiento o arrepentimiento por lo que estuvo a punto de hacer. Había elegido marchar al encuentro de su madre, pero ahora había decidido estar en lecho de su padre moribundo.

El abuelo, también junto su hijo, se encomendó a la intercesión del Profeta. Yo ayudaba en lo que podía, a la vez, me cercioraba de que el joven no cometía ninguna imprudencia. Lo cierto, es que desde el desgraciado accidente, alternaba momentos de pánico con otros de total compasión y entrega hacia el pobre Tarik.

En los ratos en que me quedaba a solas con Tarik, le miraba e intentaba explicarme el porqué de las cosas. Yo debería estar muerto, más que muerto. En cambio, estaba en el lecho de Tarik esperando que ella se lo llevara. Lo curioso es que no quería que la parca triunfara en esta ocasión, pero tampoco estaba dispuesto a ofrecerle mi alma a cambio. Allí en la soledad del hospital, tomé conciencia de lo maravillosa que puede resultar la vida, a pesar de las dificultades, de los obstáculos.

Inmóvil, parecía un vegetal, pero no lo era. Estaba luchando, no quería abandonarnos. No me preguntéis como lo sabía, era más una sensación o un deseo que una evidencia. Aunque no movía un músculo, luchaba, eso lo percibía nítidamente. En la quietud de una de esas noches interminables. Envuelto en esa penumbra creada por las luces rojas, verdes o azules de las maquinas que asisten al enfermo y lo sujetan a la vida. En medio de una de esas odiosas e incomodas cabezadas en los ortopédicos sillones de hospital. Vi, sentí, soñé como Tarik se iba con ella, pero en un último esfuerzo, titánico, consiguió desasirse de su mano. El sonido descontrolado de las maquinas me despertaron. Tarik me estaba mirando fijamente con una leve sonrisa en los labios. Extenuado y sudoroso tras la cruenta y desigual lucha.

La convalecencia fue larga y penosa para Tarik. Meses de llanto. Agallas para superar el dolor. Meses de apretar los dientes. Voluntad para no cejar en el empeño. Meses de lucha. Fuerza para trabajar hasta la extenuación e ilusión, mucha ilusión por vivir. Meses de vida.

Me sentía abrumado por el agradecimiento que todos ellos me profesaban. Es cierto que aquel hospital privado, porque en Marruecos también existe sanidad de dos velocidades, lo estaba costeando yo con mis ahorros. Al menos eso era lo que todos pensaban.  No dejaba de resultar una especie de mofa del destino, de la vida, de la muerte o de todos ellos al mismo tiempo, si es que destino, vida y muerte tienen entidad propia e individual. El dinero de Juan para Isabel y Yusuf estaba pagando la recuperación de Tarik, quien le había arrebatado el niño a su madre.

A pesar de ello, tenía la certeza de que estaba haciendo lo adecuado, además las miradas cómplices del joven Yusuf daban respaldo a mi decisión.

Los meses pasaron, la libertad que me ofrecía la gran capital, permitió que mantuviera al tanto a la pobre Isabel, quien volvió a dar muestras de una entereza tremenda, una gran capacidad para amar y, sobre todo, una predisposición absoluta a la esperanza.

Juan, Isabel, Mohamed, Yusuf, incluso Tarik, todos ellos, me estaban convirtiendo en una persona nueva. Sin duda, ese tiempo ha sido de lo mejor de mi vida.

– Profesor – estábamos solo en la habitación del hospital – Aquel día, cuando el accidente, se llevaba a Yusuf de vuelta a España. ¿Verdad?

La cara me declaro culpable desde el primer instante. Fue la contra definitiva que manda a la lona al mejor de los púgiles. No sabia que decir, no supe, ni pude inventar excusa alguna.

– Samuel, me equivoqué, cometí un grave error. Ni Yusuf, ni mucho menos Isabel se merecían lo que hice – ahora mi perplejidad resultaba hasta cómica.

Luego, con tranquilidad, con tiempo para reconciliarse con él mismo, se desahogó. El paro, las miserias, las miradas xenófobas de aquellos que tienen hambre en su propia tierra, fueron minando la moral de Tarik. Ese estado de ánimo y esas condiciones de vida son el abono perfecto para que mentes retorcidas siembren el mal, ya sea en nombre de Alá o Jesús, ya sea en nombre de la libertad o de la seguridad. El mal escoge al débil para vencer al bien. Es difícil sobreponerse a tantas dificultades, muy complicado seguir luchando con dignidad,  seguir respetando, cuando te prometen la felicidad absoluta a cambio de dejarse llevar.

Retomamos el plan inicial por expreso deseo de Tarik, quien todavía no se encontraba con las fuerzas suficientes de enfrentarse a sus diablos.

¿Quién sabe? – dijo a Yusuf – Yo al menos no perderé la esperanza que tu madre nos ha regalado. ¿Quién sabe, quizás más pronto de lo que pensamos?

Tarik besó en la frente a su hijo, mientras se abrazaban como un padre y un hijo deberían hacer todos los días. ¡Debería! ¡Debería yo!

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La elección de Yusuf

Mi amado lobito:

No se por donde empezar. Antes que nada, quiero que sepas, que cada día te quiero más y más. Sueño con estar en la cocina, preparando las croquetas de la abuela Carmen para la cena,  mientras tú, me cuentas las historias del cole.  Hasta deseo discutir contigo para que te vayas a dormir y luego ir a tu cama para desearte dulces sueños. Removerte el pelo hasta que te enfades, entonces como cada noche, tumbarme en la cama y  comerte a besos mientras te hago cosquillas.

Debería odiar a tu padre, pero no puedo hacerlo. Le conozco, puedo imaginar, aunque será difícil olvidar el daño que me hizo. Él te arrancó de mi lado.  Sé las presiones que en los últimos meses venía sufriendo por una parte muy pequeña, pero muy extrema y violenta de su comunidad musulmana. En pleno siglo XXI, aunque parezca mentira, todavía hay gente que es capaz de hacer daño en nombre de dios. Da igual el nombre que le den a ese dios, es la excusa de gente ruin y fanática. Yufito no juzgues nunca a nadie, bien o mal, según el dios al que rece.  Hazlo por respeto a ti mismo. Esto que te digo será difícil de entender ahora, pero no lo olvides cuando crezcas, estés donde estés.

Seguro que ya conoces a Samuel, el debe ser quien te entregue esta carta, confía en él. Lobito, al principio, cuando descubrí que Papá te había llevado a Marruecos, caí desolada. Al principio quise morir, pero es tanto el amor que te tengo, que me pude levantar de nuevo. Vivo triste pero llena de esperanza. Eres lo que más quiero en esta vida y ahora no estás aquí. No puedes imaginar el dolor que me produce ver vacía tu camita, ver los libros del cole en la mesita de estudiar. Solo la esperanza de volver a abrazarte, a besarte, a tenerte entre mis  brazos, me da la fuerza necesaria para vivir cada día.

Papá te quiere, nunca lo olvides tampoco, pero no se ha portado bien ni contigo, ni conmigo. Le conozco y sé que en el fondo tiene que estar sufriendo. Quiérelo mucho, pero no te olvides de mi. Hasta el último día de mi vida te estaré esperando. Nada ni nadie me hará desfallecer. Jamás perderé la esperanza.

Le he pedido a Samuel que, si tu quieres, te traiga de vuelta a casa. Quiero que seas tú, no tu padre, ni el fanatismo de unos cuantos, ni tu madre, los que decidamos tu  camino. Tienes una vida por delante maravillosa que vivir. Evita que nadie te la robe,  que nadie marque tu destino.

Si decides regresar, confía en Samuel como yo lo hago. Él ha aparecido en mi vida, en nuestras vidas, cuando más sola estaba para traerme palabras de amor. No se porque ha aceptado esta misión, pero le estoy eternamente agradecida.

Respetaré  tu elección, pero no olvides que ahora, mañana y siempre te estaré esperando.

Bendita esperanza que salva cualquier adversidad por dificultosa que parezca.

Bendita esperanza que alienta mi alma y me acerca a ti.

No lo olvides, ahora, mañana y siempre te estaré esperando.

Mamita Babel te ama con todo su corazón.

Muchos besos Yufito.

 

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elegir-el-caminoEl jovencito la leyó en silencio, para sus adentros. Si no hubiera sabido el contenido, no me hubiese costado mucho descifrarlo. Su rostro, espejo del alma, se iba agriando a medida que se tragaba una a una la palabras de Isabel. La añoranza, que también había sabido disimular desde que le conocí, se le dibujo de golpe. Ese jovenzuelo alegre, extrovertido, fue convirtiendo en un pequeño corderillo desvalido, perdido en mitad del campo, en una noche cerrada. A base de agachar la cabeza, pretendía esconder su tristeza, su soledad, la necesidad que todo hijo tiene de su madre, la seguridad de su regazo. Finalmente unas gotas se enfrentaron al papel emborronando las palabras. Lágrimas de madre y lágrimas de hijos unidas en el espacio a través del tiempo.

Cuando estaba leyendo la carta de Isabel, Yusuf parecía débil y perdido, ahora, mientras estaba metiendo algunas prendas en su mochila,  tras la trascendente y dura decisión tomada, parecía un joven adulto. El dolor, las decisiones, la elección con perdida, suele convertir a los niños en hombre. No titubeo, no tembló, había escogido el camino a recorrer y no había nada de lo que arrepentirse.

Yusuf no habría permitido que hubiese escrito mi carta del adios. La fortaleza de espíritu, la voluntad, la capacidad para asumir responsabilidades, que tanto me había faltado en los últimos tiempos, rebosaban en ese  hombrecito. Sentí mi corazón empequeñecer ante la energía que emanaba su figura.

 Los gritos nos sorprendieron justo antes de subirnos al coche. El terror se apoderó de mi. Tarde algo más que Yusuf en reaccionar. Este corría al encuentro de los hombres, cuando me di cuenta de lo que estaba sucediendo.

 ¡Papá¡ ¡Papá!

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