Press de banca

press-de-bancaLa concentración era extrema, como en todo lo que emprendía, perlas de sudor recorrían su frente mientras metódicamente, a ritmo, subía y bajaba la barra con pesas. Tres repeticiones de diez, ni una menos, ni una más. Sistémico, ordenado, preciso, exacto, regular. Era una máquina esculpida de precisión. Luego se pasaba la pequeña toalla de mano por la frente, daba un par de tragos a la botella del agua, miraba el reloj y al minuto estaba en otro aparato dispuesto a continuar. Uno detrás de otro. Un día tras otro. Una semana tras otra. Un mes tras otro. Otro año y así llevaba desde los diecisiete. Casi catorce años esculpiendo su cuerpo, pero sobre todo evadiendo su alma. Casi catorce años, en los que se enamoró tres veces y conoció el desamor otras tres. Casi catorce, en los que se casó. En los que tuvo tres hijos, maravillosos, tanto ellos dos como ella. El sol y la luna que iluminaban cada segundo de su existencia y aún así, sin motivo aparente, irracionalmente, acudía al gimnasio para cumplir su rutina diaria y engañar a su alma dándole protagonismo a su escultural cuerpo.

El teléfono sonó en su bolsillo. No había cosa que más le molestara que recibir una llamada en medio de una rutina. Llevaba tres, quiso esperar a la décima, pero se descentró y decidió contestar a la quinta.

– ¡Sí! – la respiración entrecortada, sin tiempo para saber de quien se trataba.

– ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo! Estoy mal, ven a buscarme – La voz de su padre le cayó como una barra con 200 kilos lanzadas desde la altura de dos pisos.

– ¿Qué te pasa? ¿Dónde estás? – dijo alterado, mitad por temor y mitad enfadado.

Al final, como siempre, había resultado una falsa alarma. Lo encontró deambulado por una parque cercano a su casa, borracho y depresivo. El mismo abrazo de siempre. Las mismas palabras vacías de siempre. El mismo llanto seco de siempre. Después de tragarse el abrazo vacuo, las palabras huecas, el llanto ajado, lo metió en su coche, le llevó a su casa, le acostó en la cama, le miró un segundo y se marchó.

– ¡Te quiero! – escuchó justo cuando atravesaba el dintel del dormitorio.

Sin mirar atrás. Se detuvo un instante. Más que detenerse sentía como las palabras que acaba de oír le habían fijado al suelo. Era como si cada una las sílabas fuesen unos clavos grandes y dolorosos que le penetraban los pies y lo dejaban sin poder moverse. Fue un instante. Un instante infinitamente doloroso. Un momento desgarrador. Ese “te quiero” le ardía, le abrasaba cada milímetro de su piel y lo que era peor, corroía cada rincón de su alma.

No miró atrás. Fue un instante. Se desclavó tragándose sus lágrimas húmedas. Se quitó una a una cada letra. T.E.Q.U.I. Dolían. E.R.O. Se las quitó. Fue un instante. Fue otra eternidad. Quiso hablar. Quiso volver la cabeza. Quiso gritar. Quiso pero una vez más no pudo. Tragó y se fue. Además hubiera sido inútil, infructuoso, ya roncaba acurrucado entre las sábanas. Se fue.

Su rutina, salvadora diaria, ese día había sido violada por la única persona capaz de hacerle daño. Le sobraba tiempo, pero no lo quería. Deseaba huir, pero no podía esconderse de si mismo, así que cuando bajó a la calle decidió dar un paseo.

– Tengo todo lo que un hombre puede desear. Una compañera maravillosa madre de mis tres hijos. Ella junto a mi, ellos mi razón de ser. ¿Porqué? ¿Porqué no estuvo a mi lado cuando crecí? ¿Porqué no me abrazaba por las noches? ¿Porqué no me acompañó al colegio? ¿Porqué solo me daba regalos? ¿Porqué me veía de tarde en tarde? ¿Porqué solo me llama para decirme que está mal? ¿porqué solo me dice te quiero cuando está borracho? ¿Porqué? – Sus pensamientos le arañaban, pero estaba acostumbrado a sufrir en silencio.

Al cabo de un rato su alma se serenó. Decidió guardar el dolor en su caja fuerte, allí donde no lo vería hasta que su padre decidiera, dentro de un par de meses, girar la llave y abrirla de par en par. Mientras tanto, volvería a ser el marido ideal, el padre ideal, el trabajador ideal, el culturista ideal.

¿Hasta cuando? Solo él lo puede saber, antes debe descubrir que existe otra llave que libera el dolor, que abre su caja fuerte. Solo él, pero debe descubrir esa otra llave. Solo él.

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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