Amada Carmen

Lo peor de todo estaba por venir. Desanimado, debía afrontar el momento más duro de aquel extraño camino que me había llevado por media España y Marruecos. Hacía tiempo que descubrí donde debía terminar esta historia. Yo amaba a Carmen y amaba a mis hijos. Debía pedirles perdón por todo el daño que les hice. Se lo debía y me lo debía, solo así podría, con ellos o sin ellos, recuperar mi vida.

A medida que ese recuentro se acercaba el miedo se iba apoderando de mí. Si hubiese ido justo después de haber dejado a Yusuf junto a su madre, seguro que todo hubiese sido diferente. Pero la incapacidad para asumir mi responsabilidad, la excusa de entregar la carta a Hatri, algo que podría haber esperado, hizo que primero fuera a Madrid. ¡Maldito Hatri! ¡Maldito mil veces! Mi ánimo estaba por los suelos y ahora el miedo. Miedo de mirarla a los ojos, de que no quisiera verme, de que no quisiera escucharme. Miedo al desprecio. Miedo a perderla por segunda vez.

El cielo plomizo de Madrid me acompañó hasta el portal del edificio donde vivía mi mujer. El sol de Andalucía se había quitado de en medio. Ese cielo triste, premonitorio, desplegó una ligera llovizna, como si de una plañidera se tratase, decidió llorar antes de tiempo por mi fracaso.

Estaba en el portal, asustado, temblando, pero sabía, era consciente de que ahí debía acabar ese viaje. ¡Maldito Hatri!

– ¡Samuel, cuanto tiempo Samuel! – la voz de Manuel y su palmeo en la espalda me ofreció una tregua antes de afrontar la batalla final.

Desde la ventana del bar veía el portal de Carmen. Manuel hablaba y hablaba por los codos de los tiempos pasados. No me interesaban sus palabras, pero me sentía seguro junto a él. Ahora era yo quien estaba esquivando al destino, al menos durante un rato. ¡Al menos!  Eso quería pensar.

¿Por qué? No tengo respuesta, quizás para recuperar el ánimo, pero tomé una copa de oloroso.

¿Por qué? No sé, quizás para no irme cojo, tomé una segunda copa.

¿Por qué? No sé, quizás maldiciendo a Hatri, tomé una cerveza.

¿Por qué? No sé, quizás para escuchar, sin escuchar, a Manuel tomé otra cerveza.

¿Por qué? ¿Por qué no?

Manuel hacía horas que se había marchado. La lluvia arreciaba. La noche hacía rato que había extendido sus dominios sobre la ciudad. Miraba fijamente, sin mirar, por la ventana del bar. Allí estaban. Tuve que hacer un esfuerzo por asegurarme. Bajo el paraguas, al final de la calle, se acercaban al portal. Carmen y los niños. Forcé un poco la vista. ¡Sí, eran ellos! Dejé un billete de 50 euros en el mostrador. Crucé la calle bajo la lluvia, los tenía a menos de veinte metros. Las farolas danzaban, la acera se movía.

¡Carmen! ¡Carmen! ¡Carmen! ¡Carmen! ¡Carmen!– grité, mientras trastabillado caí  al suelo.

El cielo se reía a carcajadas, lloraba de risa. El alcohol, que llevaba más de un año sin probar, me había convertido de nuevo en un payaso triste actuando en mitad de un entierro.

¡Carmen! ¡Carmen! ¡Carmen! ¡Carmen!– estiré el brazo ridículamente hacia ellos.

Más ridículo que el ridículo. Más triste que la tristeza. Grotesco, esperpéntico, absurdo, lamentable. Borracho.

¡Carmen! ¡Carmen! – eran mis lágrimas o las gotas de lluvia las que rodaban ahora por mi mejilla.

Había tanto desprecio, tanta humillación, tanto asco en sus miradas, que no pude soportarlo, volví la cara, me levanté como pude y salí huyendo.

¡Carmen!

&&&

Amada Carmen (amados hijos):

Estoy sentado en los brazos de “mi barco”. Hace un día maravilloso. El cielo es azul, el sol brilla con fuerza y una ligera brisa de levante acaricia mis mejillas. Cuanta paz, cuanta serenidad.

Me ha costado mucho sufrimiento, mucho dolor, mucho tiempo entenderlo. Me ha costado, pero al fin lo he comprendido. Estos últimos días, tras mi vergonzosa aparición, han sido especialmente complicados de sobrellevar. Nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refrán y, en este caso, cuan cierto es.

En primer lugar, quiero pediros, desde lo más profundo de mi corazón, perdón por todo el daño que os he hecho sufrir. Podría inventar mil excusas, la mayoría de ellas serían ciertas, pero finalmente he aprendido a asumir la responsabilidad de los errores. Os pido disculpas, nada ni nadie puede justificar el dolor que os he llevado. El pasado no puede cambiarse, lo más duro ha sido aprender a aceptar esos errores como parte de mi vida, como parte de mi ser, como parte de mi aprendizaje. No los puedo borrar, aunque me gustaría, forman parte de mi y debo pediros perdón.

El motivo de esta carta no es el de pedir disculpas, aunque es obligado que lo haga. El verdadero motivo de estas letras es el de deciros, a ti y a los niños, que sois las personas más importantes de mi vida. Os amo por encima de todas las cosas. Todo lo demás, el resto de la carta, aunque también tiene su importancia, carece de significado, de valor, ante mi amor por vosotros. Os amé, os amo y os amaré hasta mi último suspiro.

Amada Carmen, ni debo, ni quiero, ni sería justo pedirte una segunda oportunidad. Solo deseo que, decidas lo que decidas con tu vida, te traiga la felicidad que te mereces.

Amada Carmen recuerda que mi amor por ti nunca se extinguirá. Qué este amor que siento, solo desea vuestro bien, aunque eso suponga que jamás os vuelva a ver. Nunca perderé la esperanza de abrazaros.

 ¡Qué Dios reúna nuestro distanciamiento!

Un Beso, Samuel.

PD.

Te adjunto el relato de mi vida. Desde que te eché de casa, porque fui yo quien te obligó a hacerlo, he vivido un extraño camino. Un viaje difícil de creer, de explicar, de entender.

Hatri no es un maldito. Es un hombre atrapado en manos del odio, como a muchos nos ha sucedido o nos sucede.

&&&

Lo meto todo en un sobre grande. Ahora sí, ahora estoy en equilibrio. En lo alto de “mi barco” acabo de terminar el relato y mi ultima carta. El cielo azul, el sol brillando, la brisa, las sombras de las velas. Saco mi carta primitiva. La releo por última vez. Saco el mechero y le prendo fuego por varios sitios. Sigo mirando como se consume la muerte, como triunfa la vida. El fuego arrasando el odio, el amor esparciéndose por el mundo en las pequeñas volutas oscuras del humo.

“…la paz perdida hace mucho tiempo vuelve a acompañarme”. Son las ultimas palabras que puedo leer antes de arrojar la carta al suelo.

La parca hoy se irá sin mi. Al final acabará ganando, pero será en otra ocasión.

De momento, es el tiempo de la vida.

Vivir y amar.

Amar.

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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