El metro

Primero fue mi carta. Allí seguía, ajada dentro de su plastiquito, en el bolsillo. Ella era el ancla que impedía a mi barco despegar sus velas y navegar en busca de la felicidad eterna. Allí llevaba más de un año, testamento de la desesperanza más absoluta, testigo del hundimiento definitivo en el que un ser humano puede llegar a caer.

Luego la carta de Juan. Un canto al amor. Estaban presente la tristeza, el dolor, la culpa, el castigo, pero por encima de todo estaba el amor. Nunca dejes de amar.

Aún tengo presente cada gesto, cada expresión en el rostro de Yusuf. Como resbalaban sus lágrimas a medida que leía la carta de su madre. Esperanza frente a la adversidad. Esperanza como energía para soportar un revés tras otro. Esperanza por alcanzar la felicidad. Esperanza por abrazar a su hijo.

La última, esta que llevaba en mi mano. Con delicadeza, suavidad, respeto, dignidad. Con la misma sensibilidad que el encargo de Mohamed se merecía. ¿Sería la última? ¿Qué quedaba en mí de aquella primera carta? ¿Cuánto era yo de la segunda? ¿Qué me había regalado Isabel? ¿Cuanta inocencia y honor sería capaz de beber de esta última?

¡Por fin podría conocer a Hatri! Ya casi había perdido la esperanza de encontrarlo. Lo que creí que sería algo de horas, un par de días a los sumo, se habían convertido en semanas de búsqueda por Madrid. Lo peor de todo fueron las miradas amenazadoras que cada vez más frecuentemente recibía cuando me interesaba por el paradero del hijo de Mohamed. El último intento, con mi espalda sobre una pared y una navaja en el cuello, acabó con mis esperanzas de entregar la carta. Iba camino de Atocha para volver a casa y enfrentarme a mi destino, cuando de repente alguien me salió al paso.

– ¿Porqué tanto interés por ver a Hatri? – Era un joven moro quien me pregunto serio y contundente.

– Vengo desde su casa, de Marruecos. Traigo una carta de su padre. Le prometí  a Mohamed que se la entregaría en mano – comenté mientras extraía la carta de la mochila.

– Mañana a mediodía te esperará – extendió su mano y me ofreció un papel con una dirección.

Una vez más, la casualidad se ponía de acuerdo con la suerte, para que mis cartas pudieran llegar a sus destinatarios. Me embargó la felicidad y dediqué el resto de la jornada a pasear por Madrid. Me refugié en el Retiro para encontrar algo de sosiego y saborear los momentos que el caprichoso destino me había obsequiado, justo desde aquel día en que decidí entregarme en brazos de la parca.

Sin duda era un hombre nuevo. Me costaba reconocer a la persona que había escrito aquella carta. El país seguía igual de mal o peor. La corrupción seguía rebozando hedionda las alcantarillas de los partidos políticos. El paro aumentaba. La pobreza aumentaba. A pesar de ello, desea vivir. ¡Quería vivir! Haber podido presenciar el abrazo entre Isabel y Yusuf justificaba toda una vida de penurias. Recordar el agradecimiento de Mohamed cuando me entregaba el té, merecía una vida de llena de obstáculos. La vida es un regalo y como tal deberíamos disfrutarla, da igual lo mal que te rueden las cosas, siempre hay nuevas por descubrir, días por gozar y sobre todo, personas a las que conocer y amar.

sola en el metroEl día había despertado plomizo. El metro era un hervidero. Instalado en el fondo del vagón pude comprobar cuanto soledad, cuanta tristeza cotidiana, cuanto aburrimiento existe en nuestra sociedad. Cada cual con sus auriculares, con su libro, con su cabeza gacha. Ni una triste sonrisa, ni un saludo, ni una conversación. De repente me sentí envuelto por ese clima de aislamiento, desamparado. Incomunicado en medio de miles de incomunicados.

Era la hora y el lugar convenidos. El coche, de alta gama, se detuvo frente a mí. El conductor, con un giro de cabeza, me indicó que subiera. Era el último lugar donde podía pensar que encontraría a Hatri.

Alto, delgado, pelo rizado y engominado, traje oscuro, de marca, gafas de pasta con incrustaciones doradas en la patillas.

– ¿Qué quiere?- no hubo saludo. El coche se puso en marcha.

Le expliqué, un tanto nervioso por lo suntuoso del escenario, parte de mi historia con su padre. Algo no me cuadraba. Él escuchaba, tenía vuelta la cara, la mirada perdida a través de la ventanilla de cristal tintado. Finalmente le extendí la carta de Mohamed que yo mismo había escrito.

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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