Té de la esperanza

Si los duendes existieran, el más travieso de todos tendría en su interior el espíritu del tiempo. Segundos que son infinitos. Años que pasan en un santiamén. Horas que pesan como lustros. Meses que no existieron. El tic tac que aparentemente marca un compás único, invariable, eterno, monótono, juega con nuestro corazón y nuestra mente, permutando caprichosamente de ritmos.

Seis meses habían pasado del que debió ser mi último día entre los mortales. Seis meses que eran, porque estaba observando a Mohamed rodeando, como cada mañana, con el lápiz rojo que siempre  llevaba en su oreja, el día del mes, en el calendario que colgaba en la pared. Seis meses que habían pasado en un abrir y cerrar de ojos, en un suspiro. Caprichos de Cronos.

No me acostumbraba al calor de Marruecos, a pesar de venir de la baja Andalucía.   El verano estaba siendo especialmente duro con temperaturas por encima de los 40 e incluso los 45 grados. La humedad del mar o los vientos del desierto terminaban por convertir aquella tierra en un infierno, al menos para mi. Mohamed, por el contrario, estaba tranquilo, cómodo en esas condiciones.

temarruecos– ¿Otro  vaso de té, Samuel? – dijo, con su pobre pronunciación y su eterna amabilidad, el anciano.

Mohamed siempre hacía la pregunta, pero jamás esperaba la contestación. La infusión ya estaba siendo escanciada en un pequeño vaso metálico profusamente decorado, donde dominaba el color dorado y el azul.

– Samuel, contar cosas de España. Favor. Gracias.

La escena se había convertido en una especie de ritual. Tomábamos el té, me pedía que le contara historias de España y así pasábamos buena parte de la mañana en la entrada de su tienda de alfombras. Yo hablaba, el tejía, de tarde en tarde algún cliente nos interrumpía, luego le seguía hablando del paraíso a donde había emigrado su amado hijo Hatri, un par de años atrás. Nunca tuve la certeza de que entendiera las cosas que le contaba, pero sí puedo asegurar que Mohamed era feliz escuchándome. Su mirada, su sonrisa, su serenidad, su paz, todo lo que emanaba confirmaba que mis palabras le aproximaban a su hijo.

Mohamed invirtió todo los ahorros de una vida de trabajo en un billete de primera clase para que su hijo pudiera vivir en el paraíso. España era la tierra de la esperanza, de las oportunidades, de la opulencia. España, paraíso terrenal donde la felicidad era una obligación, donde las casas tenían neveras llenas de comida, televisores de plasma, agua caliente y luz eléctrica. España, el oasis donde vivir era un placer. Esa era la España que Hatri soñó cuando se montó en la proa de una pequeña barca hinchable de playa que algún astuto emprendedor, experto viajes de negocios, había conseguido comprar en el mercado negro.

El ceremonial diario, como tal, terminaba siempre de la misma forma. Mohamed me daba las gracias, sacaba la carta que tenía guardada en un bolsillo de su chilaba, me la hacía ojear, para luego cogerla, con mucho mimo,  con ambas manos, olerla, besarla, ofrecérsela a Alá y guardarla con orgullo mientras pronunciaba con amor el nombre de su hijo.

Hatri había llegado sano y salvo al paraíso. El sello de la carta lo confirmaba. Tardó un año en llegar y ahora llevaba un año en el bolsillo de Mohamed. Según me dijeron, estaba escrita en árabe, Hatri le explicaba a su padre que vivía en la capital, donde jugaba el Real Madrid. Allí tenía un trabajo muy bueno, vivía solo en una casa. Le confirmaba que todo lo que habían soñado era, gracias a Alá una pequeña parte de la realidad. España, sin dudas, era el paraíso.

– ¡Profesor, profesor! – era la voz más alegre que jamás había escuchado. Un torbellino andante. Su presencia llenaba la tienda de felicidad y alegría en su más pura esencia.

– ¡Yusuf! – contesté henchido de satisfacción – ¿Qué tal te ha ido hoy en el colegio?

– El Corán me cuesta entenderlo mucho – respondió en un fluido español con dejes del levante andaluz.

Hacía seis meses que este  “profesor” retirado había llegado “casualmente” a ese perdido pueblecito de pescadores en busca de descanso y paz. Al principio hubo ciertas miradas, ciertas dudas, pero el tiempo, la rutina, el respeto y los vasos de té, terminaron por convertir al forastero en algo cotidiano, pintoresco eso sí, pero, al fin y al cabo, en una parte más de aquella comunidad. Todos, salvo mohamed, me rebautizaron con el nombre de “profesor”.

Tarik, el padre de Yusuf trabajaba la pesca. Ambos vivían en casa del padre de Tarik, un hombre muy celoso de la doctrina de Mahoma. El niño, un hombrecito más bien, a sus casi doce años, crecía feliz, estudiaba en una especie de colegio donde básicamente, niños de todas las edades, aprendían a leer, escribir árabe y, ante todo, adquirir el conocimiento divino de las enseñanzas del Profeta.

Seis meses que habían pasado en un abrir y cerrar de ojos, en un suspiro. Seis meses en los que me enamoré de otra cultura, en los que conviví con otras ideas. En los que trabé una profunda amistad y un respeto sincero con Mohamed, a pesar de las dificultades que tenia nuestra relación con el idioma. Seis meses en los que reviví mis años felices como padre al convivir cerca de Yusuf. Seis meses en los que había retrasado mi tarea, primero por temor, luego porque se suponía que estaba actuando de acuerdo a un plan que había  diseñado, ahora porque había encontrado mi lugar en el mundo y no deseaba cambiar nada.

Mi carta del “adiós” seguía en el bolsillo, pasaban los días y las semanas sin que la sintiera presente. Estaba ahí, eso lo sabía, era cómo un lejano mal sabor. En estos últimos meses había dejado de pesar en el bolsillo. Incluso era capaz de leerla sin sentirme mal.

La otra carta, por el contrario, me quemaba. Aquella que contenía lagrimas que habían emborronado algunas palabras. La de Isabel para Yusuf. Esa escocía  como  si te echaran sal en una herida sangrante. Tenía que hacerlo, no podía retrasar más el cumplimiento de una promesa. No tenia mucha confianza en encontrar el valor suficiente para actuar, pero lo había jurado. La esperanza de Isabel merecía que lo intentara, además lo peor que podía ocurrir es que me mataran y hacía seis meses que decidí salir al encuentro de la parca.

Es curioso como nos aferramos a la vida cuando sentimos que somos queridos, cuando queremos, cuando tenemos con quien compartir, incluso aunque sean penas. ¿Mi mujer, mis hijos? Algún recurso mental de pura supervivencia consiguió que los mantuviese alejados de mi cabeza y mi corazón durante esos meses. Fui un mal padre. Fui un mal marido. No podía, no debía, no quería sentir ese fracaso.

Después de pensarlo mucho, resolví despedirme de Mohamed. Había hecho otras amistades y conocidos, el “profesor” era tratado con cariño y hospitalidad por todos en el pueblo. En el fondo, una sensación de culpabilidad estaba instalada en mi estómago, al pensar que estaba traicionando todo ese respeto y amistad, con la que había sido bendecido durante ese medio año. Es un sentimiento muy difícil de explicar. Había llegado a quererlos, los apreciaba sinceramente, a Mohamed le amaba, pero la esperanza de Isabel me había llevado hasta allí y el amor por su hijo era sagrado.

Mohamed rodeó otro numero en el calendario. Comenzaba el maravilloso liturgia diaria, que hoy terminaría para siempre. Ese rito que añoraría por el resto de mis días. Seis meses y un día pensé. La reflexión me sonó a condena. Seis meses y un día. Temblé fugazmente, pero ya se sabe: lo prometido es deuda.

– Querido Mohamed – las palabras estaban impregnadas de cierto tono de solemnidad – mañana debo regresar a España.

Completé la frase con una excusa, no recuerdo qué, inventada sobre la marcha, mientras mi corazón lloraba de tristeza por la mentira y la despedida.

– ¡Profesor! – le costó entender, no quiso entender o simplemente le dolió saber.

Estuvimos un rato en silencio, saboreando el té. Las palabras solo podían romper el mágico, triste, alegre, feliz, amargo y dulce momento, por eso no fueron pronunciadas.

– Profesor. Profesor escribir mi carta para Hatri y tu llevar – rompió, al rato, el  silencio y volvió la alegría al rostro de Mohamed.

Gente acostumbrada a vivir sacrificando sus vidas por sus hijos. Personas como Mohamed que han vivido con menos de lo necesario, no se pueden permitir sufrir, todos y cada uno de los reveses, durante mucho tiempo. De cada dificultad, de cada obstáculo, encuentran una oportunidad para mejorar, para encontrar un gramo de felicidad con el que alimentar su corazón.

En el fondo se lo debía, así que cogí bolígrafo, papel y puse manos a la obra. No había entregado la carta que me había llevado hasta allí, cuando ya tenía en mi poder otra que entregar en Madrid. Conseguí plasmar, más o menos, las palabras de Mohamed. Si algo no acaba de entender, los seis meses y un día a su lado fueron el mejor traductor que podía tener a mi disposición.

Tarik estaría faenando tres o cuatros días como poco. Esa tarde, el abuelo de Yusuf, se hallaría con los ancianos en la pequeña mezquita. El niño tarde o temprano pasaría por mi casa para charlar un rato. Hablar español era motivo de alegría para él. El calor apretaba, pero creo que sudaba más de la cuenta. Con poco que recoger, todo estaba en la pequeña mochila con la que llegué hacia seis meses y un día, pronto estuve dispuesto. A esperar. Estaba todo planeado, más que controlado. Había comprobado que el coche de su otro abuelo estaba en condiciones. Después del golpe con “mi barco” y el viaje a Levante tuve que pasar por el taller. Desde entonces, tras el pequeño viaje por el norte de África, casi no lo había vuelto a utilizar.

¡Profesor! ¡Profesor!

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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