Posdata

Isabel, hija mía:

Ni tu perdón, ni tan siquiera tu amor me pueden ayudar . Ninguno te voy a pedir para, porque no podrían cerrar la herida, el dolor, el sufrimiento que arrastro desde el día que abandoné a tu madre.

Ni tu perdón, ni tan siquiera tu amor, que jamás me atrevería a rogarte, podrían borrar la vergüenza y el desprecio que durante tanto años me he tenido, por abandonar a tu madre, luego a ti y después a tu hijo.

Amé a tu madre infinitamente, pero la hija de una criada no era apropiada para el hijo de la casa. Nos permitieron jugar, porque el señorito tenía derecho a retozar en el granero con las doncellas, pero nada más. ¿Suena despreciable? Lo fue, además era y es la norma de una sociedad clasista, hipócrita, puritana y falsa en el nombre de Dios y la virgen María. Yo fui uno de ellos, soy uno de ellos.

Amé a tu madre por encima de todas las cosas, todas salvo una, la sumisión al orden establecido y el respeto ciego al abolengo y su significado.

¿Qué es la vida sin amor? Para mi ha sido dinero, tierras, honor, familia, estatus, opulencia, vicios, trabajo, fiestas, entierros, bautizos, bodas, sexo, estudios, inversiones, relaciones.

¿Qué es la vida sin amor? Para mi ha sido un calvario, un infierno, un dolor continuo, una herida horrible y supurante.

Amé a tu madre infinitamente. Te amé con todo mi alma desde el día que naciste. Amé a mi nieto como solo los abuelos saber hacerlo. Cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día, cada semana, cada mes, cada año, ese amor, condenado en mi interior por una sociedad sectaria, encerrado por la cobardía del más cobarde de los mortales. Ese amor, deseoso de ser regalado, vivido, compartido, entregado, se convirtió, al permanecer encarcelado, en el castigo más amargo que una persona puede sufrir en vida.

Amé a tu madre infinitamente. Te amé con todo mi alma desde el día que naciste. Amé a mi nieto como solo los abuelos saber hacerlo. ¿Sabes? Nacemos en este mundo para amar, ese es el sentido de la vida. ¡Qué torpe somos! ¡Qué ciegos!

No merezco tu perdón, mucho menos tu amor. Ahora que el ocaso de mi vida está cercano, he sacado fuerzas para escribir estas letras, para contarte lo indigno que soy, para contármelo. Las palabras fluyen desde mi corazón roto, a través de mis brazo, mi mano, mis dedos, para acabar avergonzándome, martirizándome al tomar forma sobre le papel.

No quiero tu perdón, mucho menos tu amor.
Solo quiero morir con algo de decoro.

Tu padre que se negó a serlo.
Juan Martín Fernández de la Vara García- Lazo

PD. Nunca dejes de amar

&&&

El silencio cayó sobre nosotros. Dejé la carta sobre la mesita del salón. Agaché la cabeza para evitar que Isabel pudiera ver las lágrimas que rodaban por las mejillas. Aunque a decir verdad, las suyas habrían impedido que viera las mías.

-¿Quiere usted algo de beber? – rompió el silencio doloso que se había instalado pesadamente en el ambiente.

La vista se me fue directamente al pequeño mueble sobre el que estaba el televisor, más bien justo debajo de él. Allí habían tres o cuatro botellas a medio vaciar. Conseguí, no sé como, reprimir el deseo obsesivo de alcohol que, a esa altura del día, invadía cada centímetro cuando de mi cuerpo. Las manos me temblaron un poco, así que las entrelacé.

– Muchas gracias, un vaso de agua fresca si es posible – mis palabras me sorprendieron una vez más.

Allí estábamos, el uno frente al otro, mirándonos ahora fijamente. Mientras bebía, aprovechaba el cristal del vaso para contemplarla sin recato. La tristeza nos embargaba, además había algo más que no era capaz de explicar. De repente me pareció la mujer más hermosa y sensual del mundo. Mis fugaces y lascivos pensamientos me ruborizaron. Noté como la sangre acudía de golpe a mi rostro. Por instinto fijé la vista en el agua que aún quedaba el vaso y de esa forma pude recomponerme.

Todo parecía irreal. Noté como pesaba en mi bolsillo la carta que, hacía menos de 48 horas, había escrito. Todo era irreal, sin sentido, mi carta, la carta de Juan, hasta mi temblorosa abstinencia carecía de explicación. Todo aparentaba ser irreal, pero ahora que volvía a mirarla, notaba que era hermosa, inexplicable, auténtica y verdadera. Maravillosamente real.

No quería, pero debía marcharme, mi barco seguía esperándome. Me levanté murmurando una despedida, ella hizo lo mismo para acompañarme a la puerta. Casi nos rozamos al entrar en el pasillo. Mi cuerpo recibió la descarga de su calor. Ella se volvió hacia mí. Un instante después se arrojó en mis brazos. Para decepción mía, rompió a llorar nombrando, con la voz rajada, a su hijo. ¡Yusuf!

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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