Al volante

Corriendo, resoplando, alterado, recorrí  los últimos metros.  Llevaba la ventanilla abierta y pude abrir fácilmente la puerta. Sin el cinturón de seguridad puesto el golpe fue más violento si cabe. Lo saqué sin pensar, aunque sabía que eso era último que debía hacer. Ya sabéis la diferencia entre la teoría y la práctica o aquello que dicen los viejos de que “del dicho al hecho hay un trecho”. Allí a las puertas de mi muerte, estaba aquel viejo que parecía haber querido robármela y quedársela para él. El corte de la cara era muy superficial, la sangre tan aparatosa como siempre.

El hombre, que debía rondar los setenta años, tosía con pesadez y se llevaba la mano al pecho. Al poco, pudo balbucear alguna palabras. Me pidió que lo llevara a su casa que no estaba muy lejos de allí. Afortunadamente conocía aquellas fincas y aquellos caminos. Crucé los dedos para que el coche arrancase. Unos quince minutos más tarde, lo estaba depositando en su cama. Su esposa, con su moño canoso en la cabeza, traje negro y delantal de cuadros azules y blancos, lloriqueaba mientras quitaba la colcha y las sábanas.

Todo parecía inverosímil, pero lo cierto es que estaba sucediendo como ahora cierto es que estoy escribiendo estas palabras. Mientras me apresuraba a descalzarlo, la señora desapareció y apareció como por arte de magia. Con diligencia le hizo toma un par de pastillas y le limpió la cara con una manopla húmeda y una toalla.

El tiempo se calmó, noté como el sudor corría a borbotones por mi espalda. Ella, que se llamaba María, como más tarde supe, me alcanzó otra toalla y un vaso de agua.

– ¡El corazón! El corazón me lo va a matar – dijo ahora con total aplomo

Juan, algo mejorado, aunque con más cara de muerto que vivo, le pidió a su mujer no se que cosa. La verdad es que yo estaba aún aturdido por el desarrollo de los acontecimientos. Tenía todavía la mente y el recuerdo en la visión mágica de mi alcornoque.

– Gracias – las palabras susurradas por el anciano, que ahora parecía tener más de cien años, me situó en la nueva realidad espacio – tiempo que me tocaba vivir.

– No hay de que – dije sin convicción utilizando los recursos comunes en estos casos. Sinceramente se apoderó de mi un deseo voraz de subir a mi “barco” y levar anclas.

– No hay tiempo que perder – creo que mi rostro, ojos desorbitados y boca medio abierta, debían reflejar a la perfección lo perplejo y confuso que las palabras de Juan me habían causado.

Me contó una historia apresuradamente, mientras miraba constantemente hacia la puerta de la habitación como si  temiera que su mujer o alguien fuesen a aparecer.

Si al principio estaba perplejo, al final de la historia me sentía turbado, confuso, asombrado. Me quede un rato sin saber que hacer o decir. Paralizado en medio de la habitación, nuestras miradas fijas el uno en el otro. Escuché voces al fondo. Al instante la mujer, un médico y otro hombre entraron en la habitación.

– Papá – dijo el que no llevaba maletín.

– No pasa nada – respondió pesadamente el hombre.

– Juan – ahí fue cuando supe su nombre – estoy harto de decirle que no puede conducir en sus condiciones.

 Él seguía mirándome. Su ojos me suplicaban, llenos de esperanza, llenos de miedo, llenos de tragedia. Supe que debía hacer este último favor antes de regresar al encuentro de mi muerte.

 – De acuerdo Juan – me sorprendí al pronunciar con serenidad las palabras. Ahora eran ocho los ojos que me observaban – se lo dejaré en el taller. No tiene nada que agradecerme, de todas formas tendría que regresar a pie y después de tanto sobresalto, me siento sin fuerzas.

 – Gracias, muchas gracias – dijo con un tono algo más potente y lleno de júbilo. Me dio la sensación, mientras pronunciaba esas palabras, que ese hombre no podía tener más sesenta años.

El hijo me acompañó al coche, en un arrebato de desahogo, me dio un abrazo justo antes de introducirme en el vehículo. Arranqué y me marché, agitando la mano a modo de saludo a través de la ventanilla.

 &&&

volanteConduje toda la tarde y buena parte de la noche. Había atravesado España de poniente a levante, unos 700 kilómetros más o menos. A partir del  100, decidí no buscar ninguna explicación a lo que me estaba pasando. El único problema con el que debía luchar era con las ganas irrefrenables de parar en todos y cada una de las ventas, estaciones de servicios, moteles, hoteles y bares de carretera por los que pasaba, incluso por los puticlubs.  El alcohol me llamaba constantemente.

No sé como pudo ocurrir, quizás la adrenalina desatada a lo largo de todo el día, quizás el hecho de la promesa realizada a Juan, de la meta por cumplir, o el autoengaño de que cuando llegara podría beber todo lo que quisiera. El caso es que conseguí llegar a mi destino, a eso de la cuatro de la madrugada, sobrio, medio loco por beber, pero sobrio por primera vez en mucho tiempo.

Paré en el aparcamiento de una gran superficie situado a la entrada de la ciudad. No era hora de ir llamando a las puertas, además de repente, me sentí muy cansado, extenuado a no poder más, deseaba dormir, recuperar fuerzas para el día que estaba por venir. Curiosa y maravillosa sensación esa de querer dormir para recuperar fuerzas cara al nuevo día.

Recostado en el coche de Juan, me costó conciliar el sueño. Calmar mi corazón y mi cabeza no fue fácil. Los hechos de las últimas horas danzaban sin control en mi interior. Mi “barco”, la carta que estaba en el bolsillo, el accidente, la sangre, la historia y la petición de Juan, el viaje, el maletero, todo revuelto, ¡Ah! y el mono alargaron el proceso de desconexión. Al final me quedé dormido, curiosamente un último recuerdo, muy nítido, terminó de calmarme. Sentí una especie de abrazo cálido, como cuando me arrullaba mi madre entre sus pechos para que me durmiese siendo un bebé. Si las palabras se pudieran sentir en vez de escuchar, entonces yo sentí a Juan dándome las gracias lleno de alegría. Tiempo después supe que  ese día y a esa hora certificaron su muerte.

Por segundo día consecutivo, los rayos hirientes y poderosos del sol, a través de la ventana me despertaron sin pudor, sin ningún tipo de miramiento. Es lo que tiene ser hijo de un padre tan poderoso, aprenden a dominar sin compasión a todo aquel que le rodea. Me puse la mano a modo de parasol para poder abrir los ojos con cierta facilidad.  El cuerpo me dolía horrores, el viaje unido a la postura antinatural con la que me había quedado dormido, me pasaban factura. Parecía un muñeco de esos que se pliegan y se retuercen hasta convertirse en algún tipo de máquina o vehículo, de hecho parecía ser un todo con el coche de Juan.  Salí fuera, me desperecé lentamente y fui convirtiéndome de nuevo en un ser humano.

Después de desayunar, de desayunar dos veces, tomé café cargado y tostada con aceite y jamón por partida doble, reprimiendo en ambas ocasiones la tentación de pedir una copa de coñac que “endulzara” y “dignificara” aquel festín elevándolo a “desayuno de dioses”, me dispuse a saldar el compromiso con Juan.

No me costó dar con ella. Allí en el umbral, tras abrirme la puerta, apareció Isabel. El pelo negro, mojado, le caía ligeramente ondulado sobre los hombros. Debía estar en esa edad en el que las mujeres son más mujeres que nunca, más guapas que nunca, más sabias que nunca, más ardientes que nunca, siempre y cuando quieran sentirse mujeres, guapas, sabias y ardientes. Isabel era de este tipo.

– Buenos días – me dijo de manera distante.

– Hola Isabel – el comienzo la dejó desarmada – me envía tu padre. El final la dejó petrificada.

– ¿Isabel? ¿Mi padre? No entiendo, mi padre murió cuando yo era tan solo una cría de pecho – pero por alguna razón, su lenguaje corporal decía que mis palabras, aunque inesperadas, le llenaban de alegría.

– Vengo de muy lejos. Si usted es Isabel Mora Pérez y tiene un hijo llamado  Yusuf Daudí Mora de 10 años de edad, le traigo una carta y una maleta de parte de su padre. Juan me rogó que viniera a entregársela. Usted dirá- La alegría inicial dibujada en su rostro se cubrió bajo un velo de infinita amargura. Pude fijarme, antes su belleza general me lo había impedido, que bajo sus ojos dominaban unas claras depresiones fabricadas a base de dolor y llanto.

– ¡Perdone usted! Pase si no le importa. Hablaremos más tranquilo dentro.

Anuncios

Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
Esta entrada fue publicada en Santiago SIGUE TO Santiago y etiquetada , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s