Mi barco

Mi nombre es Samuel, Samuel Castillo García. No sé cuantas veces habré leído y releído esta carta que escribí hace algo más de un año. Es curioso porque desde entonces la muerte se ha convertido en una gran compañera. Aquel día, desesperado, hundido, sin alma, salí a su encuentro. Terminé de escribir la carta de madrugada, había apurado el último trago de whisky directamente de la botella. Caliente y de mala calidad, no tenía para otra cosa, quemaba en la garganta y ardía en el estómago.

Hacía más de cuatro años que me habían largado del trabajo, víctima de un ERE injusto. El empresario estaba forrado de subvenciones, era simpatizante del partido del gobierno, es decir, de cualquier partido que estuviera en el gobierno. Ahí empezó la debacle. Luego se acabó el paro, las ayudas, el refugio en el alcohol, las peleas. Justo unos meses antes de escribir la carta, recibí otra del banco. La casa era de ellos y me tenía que marchar por la buenas o por las malas. Un desahucio más entre los miles que se estaban dando en nuestro país. ¡Bueno, en el país de ellos! Nosotros solo somos  animales de consumo para ellos. Igual que las gallinas o los cerdos o las vacas que se crían antinaturalmente a base de pienso, luces permanentes, en cubículos que son indignos incluso para el más cruel de los animales.

Mi amada mujer no pudo aguantarme más, había envejecido veinte o treinta años casi de golpe. Tuvo que soportar lo mismo que yo y además a mí mismo. Había días que no recordaba que había hecho o dicho cuando despertaba tumbado en el suelo del cuarto de baño y la oía llorar. Lo recuerdo como si acabase de ocurrir, me dijo que dejara de beber, se acercó para quitarme la botella y sin mirarla le crucé la cara. No lloró, no gritó, no habló. Estuvo unos segundos inmóvil y después se dirigió a su cuarto, preparó su maleta y se fue. Había sido  la persona más importante de mi vida y partió sin pegar siquiera un portazo.

Los últimos siete días antes de tomar la decisión, los pasé en casa, sin salir, casi sin comer. Digo siete como bien pudieron ser cinco o nueve. Ese período es una completa nebulosa para mí. Mira que lo he intentado, pero jamás he conseguido recordar gran cosa de esos últimos días. Tan solo guardo una sensación  de aquellos momentos, placentera a medida que iba encontrando la salida a todos mis problemas.

Cuando terminé de escribir la carta, desahogado, caí en un duermevela hasta que la luz del sol entró hiriente por la ventana. Tenía la boca más que reseca, la lengua hinchada, la cabeza me dolía horrores, una sed espantosa, sed de agua como podéis imaginar. Me levanté despacio, aturdido, pero en paz, tranquilo, en armonía, por fin había vuelto a encontrar el equilibrio que tanto tiempo atrás había perdido. Me levanté, fui a la cocina, bebí directamente de la garrafa, quedarían unos dos litros. La había llenado en la fuente del parque la última vez que salí a comprar mi caja de botellas de whisky, por llamar de alguna forma a aquel líquido marrón que apestaba a alcohol, en el supermercado de enfrente de casa.   Cuando sacié la sed, vertí el resto del agua por encima de la cabeza. Era consciente de lo sucio que estaba. ¡Quién me lo iba a decir! Yo que sin traje me sentía “dejao”, que me duchaba hasta dos y tres veces al día si era necesario, que tan coqueto había sido.

¿Porqué llegamos a caer tan bajos? En el fondo es una espiral en la que quedas atrapado, además es mucho más habitual de lo que pensamos. Solo hay que estar dispuesto a verlo. Nuestras calles están llenas de desesperados que en mayor o menos grado se han abandonado a la derrota.

Lo cierto es que me sentó mejor el agua por la cara que la que había bebido, ya que esta última empezaba a removerme el estómago. Rebusqué algo de ropa decente, de hecho tenía mucho donde escoger, mi mujer jamás bajó la guardia y los cajones rebosaban de prendas limpias y planchadas.

Me puse un vaquero al que le tenía cariño, me recordaba a los buenos tiempos, una camisa y ropa interior limpia. Sí, podéis pensar todo lo mal que queráis sobre mi abandono físico e higiénico, seguro que os quedáis cortos. Así vestido parecía otra cosa, decente. Cogí mi carta, me la guardé en el bolsillo. Metí una cuerda que tenía en una despensa en una pequeña mochila e inicié mi viaje hacía la tranquilidad.

alcornoqueRecuerdo que había decidido claramente donde me quería colgar. A unos siete u ocho kilómetros de casa, siguiendo veredas y caminos rurales, llegaría a una finquita cerca de la que me había criado cuando era niño. Allí había un alcornoque majestuoso, al que yo llamaba mi barco. Él me había acogido entre sus poderosas ramas, me había mimado, me hizo soñar con batallas marinas, con abordajes, con países lejanos, con tesoros, con princesas y dragones, con piratas y ballenas. El siempre fue mi barco y yo su capitán.

Llevaba algo más de una hora caminando cuando lo divisé a lo lejos. Me detuve un  instante para observarlo, de camino para coger algo de aire. Tanto alcohol, tanta inactividad me había convertido en una piltrafa. Resollé un poco mientras la alegría me embargaba. Por fin acabaría navegando,  descubriendo nuevas tierras, viviendo mil aventuras. Retomé el paso, la soledad reinante me proporcionaba aún mayor paz. Lentamente me iba aproximando a mi querido alcornoque. Mi viejo amigo que me esperaba fiel, con sus brazos abiertos. Estaría a unos 300 metros cuando me percaté de que más allá del árbol, por el sendero, se acercaba un vehículo. Primero fue el polvo constante que levantaba lo que me hizo darme cuenta, al poco era el rugir torpe del motor. No le di mayor importancia, en breve me rebasaría y seguiría rumbo a ocupar su lugar en la cadena productiva para satisfacer las necesidades de los políticos, empresarios y banqueros.

Como si de aquellos problemas matemáticos que nos ponían en la EGB se tratase, todo parecía indicar que, dada nuestras distancias al árbol y velocidades, así como los sentidos opuestos de ambos, nos cruzaríamos justo a la altura del alcornoque. Recordaba a don Felipe dictando los problemas en el colegio. Una leve sonrisa se dibujó en mis labios. Cuanto más me acercaba al final de mi camino, más se  acercaban mis pensamientos al comienzo del mismo. Primero el árbol, ahora el cole y sus profesores. Se me daban muy bien las matemáticas y una vez más estaba seguro de que mi respuesta había sido la correcta. Estaba a unos treinta metros del árbol, si quería la matrícula de honor tendría que acelerar un poco el paso. En esas estaba, cuando de repente el coche hizo un movimiento brusco y extraño y fue directamente a empotrarse en mi árbol. Me quedé inmóvil observando la escena, pero la visión del hombre con la cara ensangrentada y la cabeza apoyada sobre el volante me puso en acción.

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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