El cordero, el perro y el lobo (II)

… El joven no acababa de entender la situación, no estaba seguro de que el viejo, fuese el sabio que buscaba. Lo más lógico es que se tratara de un pobre loco que le había tomado el pelo a otro pobre diablo, que estaba más loco y desesperado. Lo cierto es que ya era de noche, llevaba tres días de camino y el cansancio le podía más que nada en esos momentos. Así que decidió pernoctar en ese claro del bosque, bajo el árbol centenario. Por el momento no tenía más opciones, ya decidiría por la mañana si hacer caso al viejo y esperarlo, o por el contario, regresar a casa. Encendió una pequeña hoguera, comió algo de queso con un trago de vino que llevaba en el zurrón y se echó a dormir. La noche, como siempre hace que los temores, los miedos, las debilidades y las flaquezas de los hombres pululen a sus anchas a nuestro alrededor, más aún si estas solo en medio de una montaña y, de vez en cuando, oyes el aullido punzante, profundo, terrible de un lobo solitario a lo lejos. Como podéis imaginar, durmió a ratos y mal, envuelto en pesadillas incomprensibles pero aterradoras, donde aparecían barcos, viejos, árboles, hombres de lenguas extrañas y cosas por el estilo. Pero la oscuridad siempre acaba por ser vencida, primero por el amanecer, que es la infantería del día, sus tropas de choque que nos anuncian la llegada de la luz y la salvación.

De hecho, tuvo su más placentero y profundo sueño acurrucado por el alba. Despertó casi de un sobresalto cuando escuchó el balido lastimero de un corderito. Entre el llanto del animal y el sol que le cegaba, su corazón  se aceleró al instante. Con la palma de la mano alivió sus ojos de la luz cegadora del sol, colocándola a modo de visera. Allí estaba, en medio del claro, era un poco mayor que un cordero lechal, parecía perdido, desorientado y evidentemente asustado. Esbozó una sonrisa compasiva y le habló con voz tranquilizadora y susurrante mientras se le acercaba. El corderito se dejo hacer. Temblaba, tal debía ser su miedo y su sufrimiento, pensó el joven, que a buen seguro se hubiera dejado abrazar por el lobo solitario que anoche aullaba por los alrededores.  Primero le abrazó hasta que se hubo tranquilizado, luego le dio un poco de leche y finalmente el corderito se quedó dormido. Hasta ese momento no se percató que el pobre animal tenía una patita dañada, una herida, probablemente alguna rama le había hecho sangrar. Se la limpió con algo de agua. Poco más podía hacer. Era media mañana y finalmente se acordó del motivo por el que estaba allí: el viejo. ¿Qué hacer? A eso, escuchó a lo lejos un rebaño. Miró al corderito dormir y decidió buscar al pastor para entregárselo. Lo cogió en brazos y fue en su búsqueda. Al cabo de poco más de una hora, regresó al árbol con una sonrisa de satisfacción.  El pastor había dado por perdido al corderito, más aún sabiendo que un viejo lobo,  hambriento y solitario merodeaba por la montaña. Quizás por eso se alegró mucho más de haberlo recuperado, en cuanto a la felicidad de la  cordera madre ni os cuento. El sol hacía un buen rato que había rebasado su cenit. Hacía calor. Se sentó a almorzar, el pastor le había agasajado con algunas viandas, queso incluido. Se sentía contento porque había cuidado al pequeño cordero y lo había salvado de una muerte segura. Del viejo no había rastro alguno, pero  decidió esperar al menos hasta la mañana siguiente. La tarde pasó lentamente, en medio de reflexiones, de pensamientos, de dudas, de inquietudes, se hizo más tediosa aún si cabe,  por la visita de la compañera más aburrida e insoportable posible: la espera.

La noche, fue muy parecida a la anterior. Cobijado en la falda del viejo árbol centenario, el fuego hacía las veces de guardián, de abrigo y de bálsamo. A lo lejos,  siempre terrible, de cuando en cuando el viejo lobo solitario gritaba a la luna, lleno de odio y desesperación por haber sido apartado del grupo por un joven insolente. Aullaba por sentir hambre, por sentirse vencido. El lamento rajaba la luna y el corazón de todo el que lo escuchaba, en él se podía percibir un hilo de orgullo, de amenaza y de encolerizado deseo por demostrar una vez más la fuerza, la garra y el empuje que un día le hizo jefe de su manada. Todos los animales saben, los hombres lo sabíamos, que la tierra es el escenario de una lucha constante y eterna entre la noche y el día, entre la oscuridad y la luz, entre el mal y el bien, entre el odio y el amor. El día llegó, esta vez  despertó temprano. Con los primeros rayos decidió levantarse. Tomó algo para desayunar, ordenó sus cosas y llegó a la conclusión de que debía marcharse. El viejo era un impostor. Bueno el viejo era solo un viejo, nunca dijo que fuese un sabio, el necio era él. Se levantó, echó una última ojeada alrededor y comenzó a caminar.

No hubo recorrido un par de metros siquiera, cuando por su espalda, saliendo del bosque apareció un perro imponente que le sobrepasó. Como era de esperar, en un primero momento, el susto que se llevó fue grande, quedó paralizado. El perro frenó en seco delante suya, dándole la espalda y ladrando hacia lo árboles del fondo. Justo por allí, apareció un lobo. Con paso lento avanzó hasta el medio del claro. El perro mostraba sus colmillos mientras gruñía a su enemigo. El lobo agachando un poco el tren delantero, enseñando también su descomunal dentadura, esperaba el momento para atacar. Él, retrocedió sin dar la espalda a los animales, hasta llegar al árbol. La escena no duró mucho, no más de un minuto. Los cuadrúpedos se desafiaban con el cuerpo, con la vista, con los gruñidos, con los gestos. Para el joven el tiempo pareció detenerse, parecía que llevaba media vida presenciado aquel duelo. El viejo lobo solitario calibró las posibilidades. En última instancia, decidió darse media vuelta y perderse en medio del bosque.

Sudaba como jamás lo había hecho. Las piernas le flaquearon y tuvo que sentarse en el suelo. El can, agachó sus orejas y se le acercó mansamente. Este lo rodeó con los brazos mientras lloraba de agradecimiento. Cuan cerca había estado de la muerte. El perro, extenuado, se tumbó a su lado. Así permanecieron un buen rato. Ahora se sentía seguro y tranquilo junto al perro que le había auxiliado. El mal le había estado acechando y él no se había dado cuenta. Miró una vez más lleno de gratitud verdadera al valeroso animal que le había salvado la vida. Al rato, compartió la comida con su protector: se lo merecía todo. A media tarde, el susto ya había pasado, el perro decidió levantarse, le miró como invitándole a seguirle. Bueno nada más lo miró, solo que  él quiso leer en los ojos del can dicha invitación. De hecho le siguió. Al cabo de un rato de camino, el perro comenzó a agitar la cola con la punta hacia el cielo. Algo o alguien le había puesto de muy buen humor. Arrancó a correr justo cuando del recodo del camino aparecía un joven campesino. El perro se le echó literalmente en lo alto, mientras el hombre reía y le acariciaba. Luego, los dos jóvenes, hablaron un rato. El campesino le dijo que el perro salió en busca del lobo cuando el bicho merodeó su granja. Por su parte,  le contó la hazaña de aquel valiente perro. Al final se despidieron con un apretón de manos. El perro también quiso darle su bendición con un lametazo en la mano. El joven regresó pues al árbol del claro del bosque, entre una cosa y otra ya estaba atardeciendo, al menos allí sentía cierta sensación de cobijo. Prefería pasar la noche allí, somos animales de costumbres a los que nos asusta lo desconocido, que en otro lugar de la montaña. Solo cuando se acostó, con una hoguera más grande esta vez, se acordó de nuevo de porqué estaba allí bajo aquel árbol: Esperaba las sabias palabras de un viejo que le ayudara a tomar el camino correcto en su vida. Una nubes quisieron reverenciar a la dueña de la noche ocultando la luna y haciendo que ella, la oscuridad, “brillara” aún más. El depredador le recordaba con sus aullidos, que el miedo se podía palpar. El sueño fue más bien pesadilla tras pesadilla, solo interrumpido por terribles pensamientos cuando se despertaba e intentaba que el sueño llegara de nuevo.

El tercer día de estancia bajo el árbol amaneció más lentamente que nunca. La nubes evitaron que la luz venciera demasiado rápido a la oscuridad. La eterna batalla entre la noche y el día parecía que la ganaría la primera. El cielo tenía un gris plomizo que servía de escudo protector para que la noche alargara su reinado sobre la tierra. Empezaron a caer unas gotas de agua, eso fue lo que acabó por despertar al joven que hasta ese momento se resistía a levantarse. Lo cierto es que llovía bastante, pero el árbol centenario era muy frondoso y hacía las veces de un gran porche. Estaba tomando un poco de agua y el poco queso que le quedaba. Con la cabeza gacha, masticaba despacio, cuando algo en su corazón le hizo levantar la cabeza con celeridad. En medio del claro, empapado por la lluvia, poderoso, en actitud amenazante, le encaraba el viejo lobo solitario. Un calor punzante, eléctrico recorrió su todo su cuerpo. Quedó paralizado hasta el punto que, con la boca a medio cerrar, se le cayó un trozo de pan al suelo. El lobo avanzó un par de pasos.  Esta vez el perro no estaba para salvarle. Él consiguió levantarse muy lentamente, tenía la navaja  que utilizaba para la comida en la mano, retrocedió hasta encontrar la firmeza de la corteza nervuda del árbol. El animal avanzó también. El miedo le paralizaba otra vez. Si el duelo del día anterior le había parecido que duraba media vida, esta situación le hacía sentir como si llevase allí toda su vida y parte de la eternidad. El lobo gruñó con fuerza, era consciente como buen depredador, que la puesta en acción era más terrible y determinante para la presa, que el ataque final. Sudaba, el vello de su cuerpo estaba erizado, empezó a orinarse encima. El lobo olfateó la victoria y decidió atacar a muerte. Presintieron  que el desenlace llegaba, el final era una realidad. El lobo se impulsó con los cuartos traseros, sabía donde debía asestar la dentellada. El chaval en un movimiento involuntario, innato, probablemente repetido millones y millones de veces, a lo largo de millones y millones de años, por los que moldearon su ADN, giró hacia un lado y asestó un navajazo al corazón del lobo. El animal gritó con toda la desesperación del que sabe que todo acabó, desgarrador aullido, para  morir antes de caer desplomado.

La lluvia, la respiración entrecortada, el corazón desbocado, las lágrimas y el lobo inerte a sus pies. Lloró hasta hartarse y luego lloró un poco más. El día acabó por vencer a la noche, dejó de llover y el astro rey iluminó de vida  la tierra. Extenuado, cansado, incluso triste, porque en el fondo, matar al lobo le hacía sentir extrañamente mal. De hecho, sin saber porqué, sin lógica aparente, decidió enterrarlo a los pies de viejo árbol. Una vez hubo terminado,  recogió sus cosas y abandonó el claro de la montaña por donde había llegado. Atardecía. Cuando hubo recorrido unos 300 metros, al llegar al recodo del camino en el que vio por primera vez el claro que quedaba a su espalda, decidió en un momento de arrebato, de impulso inexplicable, echar la vista atrás para ver despedirse de  su última morada.

No podía ser. Allí estaba el claro, el árbol y …

NOTA: Bueno, creo que por hoy es suficiente. No quiero cansaros con tanto texto. Ya me decís que os parece y si os apetece que mañana siga con este relato o cambie a cualquier otra cosa que se me ocurra. Disfrutad.

Espero vuestro comentarios en santiago.cordero@jerez.es, @santixerez o en Facebook Santiago Cordero Guerrero. Un abrazo, Santi.

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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