El cordero, el perro y el lobo

Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en una lejana, muy lejana tierra, un hombre joven que se encontraba muy apesadumbrado, triste y perdido. Su corazón se debatía entre su sueño y su amor. Él no era una persona muy dada a creencias, religiones, magias o cosas por el estilo, más bien lo justo, pero evidentemente siempre algo hay, nuestro tiempo, nuestro tierra y nuestro entorno suelen marcar de alguna forma la manera que tenemos de entender el mundo, creencias incluidas.

El caso es, que en medio de su desesperación, decidió acercarse a la montaña para intentar encontrar a un viejo sabio, famoso por aquellos lares, tanto por sus eruditas palabras como por las dificultades para poder encontrarlo. Ya se sabe: la angustia, la aflicción, la desesperanza son un terreno fértil donde arraigan creencias, religiones y magias salvadoras.

Así las cosas, el joven subió a la montaña buscando por caminos y senderos al viejo que todo lo sabía. Atardecía en el tercer día de caminata, cansado de preguntar a los pocos campesinos, lugareños y caminantes que se había encontrado, se disponía a abandonar la búsqueda. Justo en ese instante, en un ensanche del camino, era una especie de claro en el bosque, divisó debajo de un árbol centenario a un hombre viejísimo, tanto o más centenario si cabe que el propio árbol, sentado a su sombra. No podía saber si se trataba de aquel sabio del que todos llevaban hablando desde que tenía uso de razón o un simple anciano esperando serenamente el día en que se convertiría en abono para el árbol.

Se acercó, se situó frente al anciano y con ciertas dudas, tanto en la razón como en el deseo, con la voz denotando toda esa inseguridad, se atrevió a preguntar:

_ Buenas tardes señor – para añadir sin más preámbulos – ¿Es usted el viejo sabio de la montaña del que todos hablan?

– Siéntate – dijo con voz suave y sosegada, esbozando una especie de sonrisa o algo así.

El joven aposentó sus nalgas en la tierra y cruzó las piernas, parecía más un acto mimético para con el viejo, que algo natural. Permanecieron un buen rato en silencio, uno frente al otro. El viejo parecía descansar, dormir o estar en trance, eso era algo que el joven no se atrevía a asegurar, pero teniendo en cuenta la edad del pobre anciano, lo lógico sería que se hubiera quedado un rato dormido. El joven, presentía que se trataba del sabio al que buscaba, por eso prefirió permanecer callado y atento, aunque a decir verdad, con el paso de los minutos, los ojos empezaron a cerrárseles y no porque estuviera entrando en ningún tipo de trance.

– Abre tu corazón. Cuéntame tu historia – dijo, al cabo de un rato, el anciano con los ojos cerrados, aunque debajo del frágil pergamino que eran sus párpados, se percibía un movimiento enérgico y vital en sus ojos.

El joven, respiró profundamente, algo a medio camino entre un suspiro lleno de tristeza y una exhalación de determinación. A continuación narró su historia al anciano, aunque terminó hablando en voz alta para él:

Vivo donde nací. Un pequeño pueblo marinero que hay a las faldas de estas montañas. Usted debe conocerlo. Mis padres son humildes y muy trabajadores. Papá es pescador y mamá trabaja en el puerto remendando redes y faenas por el estilo. Yo me crié en los muelles, viendo llegar a diario las pequeñas embarcaciones con nuestros pescadores. Siempre esperaba que llegara alguno de esos grandes barcos, que de tarde en tarde hacían una pequeña escala. Me fascinaban las diversas lenguas de la tripulación, Los ropajes de algunos de los que viajaban a bordo y sobre todo, las historias maravillosas e increíbles que contaban los marineros en la cantina, entre vaso y vaso de vino.

Así fue como, casi sin darme cuenta, desde muy pequeño, había tomado la decisión de embarcarme en una de aquellas naves, aprender idiomas, surcar los mares, recorrer otras tierras y vivir mil aventuras. Cuando era un jovencito imberbe, recibía las enseñanzas de un viejo capitán que vive en nuestra aldea. Hombre instruido en el mar y versado en el dominio de varios idiomas, quien como yo, se había enamorado de joven de otros mundos que ignoraba. Allí, estudiando con mi querido capitán, conocí a la persona que hoy es el amor de mi vida. Es una joven hermosa con la que compartí mis sueños y con la que estoy prometido.

Hace ahora tres años, un gran barco fondeó cerca de nuestro muelle. El viejo capitán negoció la posibilidad de que me embarcaran como grumete. Me aceptaron, pero justo un par de días antes de la partida, mi amada cayó enferma en la cama. Pospuse mi viaje. Ella me había ayudado tanto, me amaba tanto, que mi corazón se hubiera partido de haberme ido dejándola en aquellas condiciones.

Al año siguiente, se repitió la historia. Solo faltaba un día para levar anclas. Mi amada fiel, me ayudó a preparar las cosas para mi marcha. Celebramos un almuerzo de despedida. Al atardecer, cuando mi amor regresaba de casa de mis padres, después de recoger algunas prendas para mi viaje, se enteró por casualidad al oír a dos marineros borrachos, que la verdadera misión de aquel barco era el pillaje y que su capitán era un tirano. Ni que decir tiene que ella me salvó.

Hace ahora un año, poco más o menos, un nuevo barco atracó. Esta vez acompañé al viejo capitán cuando se entrevistó con los responsables de la embarcación. De hecho, fui yo quien apretó la manó del capitán de la nao, sellando el acuerdo. Había aprendido suficientes idiomas y modales marineros durante los últimos años, que iba a formar parte de sequito del capitán de aquel imponente navío . Cuando se lo conté a mi amada, ella empezó a llorar. Le pregunté el motivo y en ese momento, llena de cólera, me dijo que era un desconsiderado con ella. En medio de su enfado, me reprochó que había sido un egoísta, que mis promesas de amor eran falsas, los planes en común que habíamos hecho en los últimos meses y cosas por el estilo, habían sido una mentira tras otra. Después de darle muchas vueltas a la cabeza, en un primer momento yo también me enfadé, llegue a la conclusión de que mi amada tenía razón. Así pues desistí de emprender mi viaje. Este último año ha sido muy duro. Yo la amo como a nadie en el mundo, pero algo me falta, mi corazón sufre cada día. En unas semanas nos casaremos. Creo que ella me ama más a mi, que yo a ella y eso me duele. Me siento a veces una persona ruin, vil, indigna de su amor. Además le hago sufrir mucho, cuando me ve así, me pregunta, intenta ayudarme y al final, de nuevo, le hago enfadar. Cada vez discutimos más y más por mi culpa.

Esta es mi historia. Desesperado, amargado y triste, sin saber que hacer, he venido a escuchar sus sabios consejos, esos de los que todos hablan.

El silencio se instaló entre los dos. Las últimas luces del día estaban siendo devoradas por la noche. Las grandes ramas del viejo centenario ayudaban a la noche a imponer la oscuridad. El anciano, con una lentitud exasperante, abrió los ojos y dijo:

-Ahora debo partir. Permanece aquí hasta que vuelva. Si transcurridos tres días no hubiese regresado, no me esperes más y márchate a casa. No olvides que puedo llegar en cualquier momento, así que permanece en alerta.

Dicho eso, con más parsimonia aún si cabe, bajo la mirada atónita del joven, quien no salía de su asombro, el sabio o lo que fuese, se levantó y se marchó, perdiéndose en la oscuridad de la noche en medio de los árboles de la montaña…

NOTA: Bueno, creo que por hoy está bien. No quisiera agobiaros con tanto texto. Ya me decís que os parece y si os apetece que mañana siga con este relato o cambie a cualquier otra cosa que se me ocurra. Que paséis buen día.

Espero vuestro comentarios en santiago.cordero@jerez.es, @santixerez o en Facebook Santiago Cordero Guerrero. Un abrazo, Santi.

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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