El milagro de Juan

Tal y como él quiso, hoy hemos esparcido las cenizas de Juan. Ayer se nos fue. Una parte en la sierra y otra parte a orillas del mar. La sierra que tanta vida le daba y el mar que tanta armonía le aportaba. Escribo estas palabras mientras las lagrimas resbalan por mis mejillas. Es una historia con un final triste, porque la muerte, como la más extrema de las despedidas,  duele y entristece el alma y el corazón. Pero a pesar del final, que curiosamente ha sido el comienzo de mi relato, es una historia hermosa que debe conocerse.

Conocía a Juan desde que éramos niños. Crecimos, jugamos, soñamos, aprendimos juntos. Fuimos durante años vecinos puerta con puerta. Luego, ya se sabe, las novias, los trabajos y mil historias, nuestras vidas se separaron un poco durante unos años. El se casó, yo también. Tuvo hijos, yo también. Vivíamos en zonas alejadas, por lo que nos veíamos poco y, cuando lo hacíamos, siempre íbamos con prisas. Como podéis comprobar todo muy normal.

Un día, parece que fue ayer, en una pequeña plaza que hay cerca del centro médico, le vi sentado en un banco a la sombra de un árbol, encorvado con la cabeza gacha entre las manos. Iba en coche y me percaté de pura casualidad, el corazón me dio un vuelco. Aparqué y fui a buscarle. Un escalofrío recorrió mi cuerpo justo antes de decir su nombre. Tenía los ojos llorosos, pero aparentemente estaba tranquilo. Me acerqué, se levantó, me abrazó y me lo contó:

– Me estoy muriendo. El doctor me lo ha confirmado. No me preguntes más.

Mi cuerpo se quedó rígido, petrificado, sin saber como reaccionar. Justo cuando mis músculos empezaban a humanizarse, Juan añadió:

– ¡Bueno a vivir antes de que sea la hora!

Comenzó a reír, me dio un golpe en la espalda y me obligó a acompañarle a un bar cercano para brindar con un palo cortao por la vida, según sus propias palabras.

A partir de ese momento, todo lo que sucedió fue maravilloso, casi un cuento de hadas sino fuera porque yo sabía el motivo y el final de esta historia. Creo que no han pasado más de dos días sin dejar de vernos desde entonces. La amistad de aquellos niños que crecieron juntos, se amplificó y creció hasta límites que yo, jamás creí que se pudiera alcanzar entre dos personas adultas.

Con el tiempo, su mujer María, con la que trabé también una gran amistad, me reconoció que aquel día especialmente y las semanas siguientes fueron muy duras para ella. Juan se fue a casa directamente tras nuestro breve encuentro y se lo contó a ella sin tapujos, repitiendo las mismas palabras:

– Me estoy muriendo. El doctor me lo ha confirmado. No me preguntes más.

María me aseguró que con el paso del tiempo, la situación no solo mejoró, sino que, el triste suceso, había devuelto la chispa perdida a la relación entre su marido y ella.

Pero como digo, en un primer instante, para nosotros fue complicado asimilarlo y soportarlo, pero evidentemente para él debería serlo aún más. Si él no daba muestras de hundimiento, nosotros no podíamos ser menos.  Desde ese momento, la vida de Juan se desbocó en el buen sentido de la palabra. A la mañana siguiente se personó en el despacho del director de la fábrica en la que trabajaba para repetir su letanía. Daba la sensación que al pronunciar las palabras expulsara todo lo negativo que ellas destilaban:

– Me estoy muriendo. El doctor me lo ha confirmado. No me preguntes más.

Una vez recuperado el director de la sorpresa, como todos, le preguntó si le podía ayudar en algo.

– Me gustaría llegar a un acuerdo para poder vivir el resto de mis días junto a mi familia y en paz.

Juan, eres un trabajador ejemplar y buena persona – comenzó a referir el director – haré todo lo que esté en mis manos, para que puedas dejarnos de la mejor forma posible.

Así fue. Juan llegó a un buen acuerdo con su empresa, lo que le permitió tener el suficiente dinero para aguantar al menos un par de años. Eso sí, si los aguantaba. Por aquel entonces, Juan, como yo, rondaba los cuarenta.

Todo cambió como de la noche al día. Después una semanas de mucha tristeza contenida y cierta excitación, Juan nos comunicó que, con el dinero de la liquidación, iba a poner en marcha un hotelito rural en la sierra. La noticia nos cogió por sorpresa, pero aceptamos la idea como una especie de última voluntad de nuestro querido y pobre Juan. Siempre había tenido la ilusión de vivir en la sierra y dedicarse al turismo.

Antes de emprender su sueño, su último deseo, pasó de nuevo a visitar al médico. Habían pasado tres meses desde aquel fatídico día en que lo encontré por casualidad en aquella placita. Ahora que lo pienso, solo tres meses habían pasado y hasta mi propia vida había cambiado una barbaridad. El caso es que cuando regresó del médico, llegó con una sonrisa forzada en los labios:

– Me queda menos. La muerte está más cerca.

Fue un nuevo golpe para todos nosotros. Pero esta vez, su efecto, el dolor, duró menos. Juan quería cumplir su sueño y cada vez quedaba menos. No había transcurrido ni un año, Juan milagrosamente seguía lleno de vigor, cuando inauguramos el hotelito. En este punto, os puedo decir, que yo hacia unos meses que decidí dejar mi trabajo y me hice socio de Juan. A mi mujer le costó un poco aceptar que abandonásemos la seguridad del trabajo fijo que yo tenía, pero creo que ella misma notaba la ilusión y la felicidad con que le hacía mi propuesta una y otra vez. El hotelito fue toda una bendición. Siempre surgían problemas, dificultades, malas rachas, pero todas las vicisitudes las superábamos con esfuerzo y mucha ilusión.

Pero esto no podía durar eternamente, menos aún sabiendo lo de Juan. Lo inevitable tenía que llegar y una mañana, la parca, en el fondo una amiga para nosotros, se pasó por el hotelito para llevarse a Juan de viaje. Esa mañana fue ayer. Hoy esparcimos sus cenizas por la sierra y otra parte en el mar. La sierra que tanta vida le daba y el mar que tanta armonía le aportaba.

¡Ah! el milagro de Juan. Yo tengo setenta y cuatro años, Juan los hubiera cumplido dentro de un mes. Hace unos quince, estábamos los cuatro, las mujeres y nosotros, sentados en el porche de nuestro hotelito. Era temporada baja y estábamos tomando un café después de la cena. Nunca nos habíamos atrevido a preguntar, él lo quería así, pero casi viente años después de aquel doloroso día, la noche tranquila y estrellada, la paz y la felicidad que nos inundaba, el café caliente, el sonido de la mecedora… el universo se unió en mis labios para que sin pensarlo le preguntara:

– Juan ¿Qué enfermedad tienes o tenías? Porqué afortunadamente ya han pasado casi veinte años. No tienes porque responder, disculpa mi curiosidad.

– Te entiendo. Pero en el fondo da igual, el caso es que como tu dices soy muy afortunado de haber vivido estos últimos veinte años y, más aún, de la forma que los he vivido. Cada día al despertarme doy gracias a la muerte por retrasar su llegada y gracias a la vida por permitirme vivir junto a vosotros.

Anteayer, se repitió más o menos la misma escena. Noche estrellada, paz, armonía, café, mecedora. Nuestros hijos llevan un par de años encargándose de la gestión del hotelito. Nosotros, los viejos, parecíamos más niños que nunca, siempre con nuestras risas, nuestras bromas, nuestros juegos. Pero en ese momento del día, tantos años repetidos, los cuatro seguíamos viviéndolo como si de una liturgia universal y mágica se tratase. Digo que se repitió más o menos la misma escena, porque en esta ocasión fue Juan quien habló.

Os debo una disculpa – hablaba pausadamente mientras miraba a las estrellas – jamás me diagnosticaron una enfermedad terminal.

Nos pusimos rígidos.

-Jamás os he mentido.  Cuando os decía aquello que tan bien conocéis de Me estoy muriendo. El doctor me lo ha confirmado. No me preguntes más, no os estaba mintiendo. Yo estaba mal, triste. Estaba entrando en una depresión. Te amaba María, pero no era feliz. Tenía un buen trabajo, pero no era lo que yo siempre había soñado. La vida, las buenas costumbres, lo bueno conocido que malo por conocer, la razón, la conciencia, la lógica, todo me decía que estaba haciendo lo correcto, pero no era feliz. Incluso a mi amigo del alma, Juan, te había perdido a manos de lo correcto, de lo adecuado, de así es la vida.

Lágrimas de emociones encontradas afloraban en nuestros ojos.

– Aquel día fui al médico. Le conté todo esto, me desahogué. Lloré desconsoladamente en su consulta. Era un hombre mayor, estaba a punto de jubilarse. Cuando ya no tuve nada más que decir. El buen doctor, sonriéndome me dijo:

            Sabe usted. Mi ilusión siempre fue la de ser médico. Desde pequeño jugaba a curar a la gente. Curaba a mis hermanos. Curaba a mis muñecos. Le arrancaba las patas a las arañas y luego intentaba curarlas. Le estoy escuchando y le entiendo. Que sería de mi si no hubiera sido doctor. Juan, imagine por un momento que le quedan solo tres meses de vida. Imagine por un instante que le estoy diciendo que tiene usted una enfermedad incurable en fase terminal. ¿Cómo vivirías esos meses? Vive como si fueras a morir. Juan, ten claro, muy claro, recuérdatelo cada día de tu existencia que vas a morir.

Ahora lloraba también Juan. No hacía falta dar más explicaciones. Los milagros existen, solo debemos hacerlos realidad.

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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