¡Soltad amarras!

amarrasEstaba amarrada en la dársena del puerto. Aparentemente segura y resguardada del oleaje, las tormentas y los vientos. Me mecía suavemente, atracada en muelle, unida por el cabo a la seguridad de la tierra. Una tierra que jamás había pisado, que no debía pisar. Aparentemente protegida y guarecida del mar que tantos y tantos peligros ocultaba. La maroma me  afianzaba al puerto.

Los días pasaban. El capitán, mi capitán, me había abandonado. Las apariencias, a veces, engañan. ¿Dónde estaba mi capitán? Estaba hecha para surcar los mares, descubrir nuevos mundos, bailar con las olas, con los vientos, para ver amaneceres puros y atardeceres melancólicos. ¿Dónde fue mi capitán? La tripulación esperaba. Unos me animaban a soltar amarras. Otros me conminaban a permanecer al abrigo de la ensenada. El capitán, mi capitán se fue sin decir nada. El chapoteo de las olitas domadas del dique martilleaban mi alma. mi sino era navegar, pero allí estaba, anclada en el fondeadero a la espera de que apareciera mi capitán. ¿Dónde estaba? Sola, en el fondo de mi ser, sabía que no volvería. Sola, lo sabía, pero no quería saberlo.

Las semanas pasaban. El verdín del casco me envejecía. El moho me mostraba al mundo como una embarcación decrépita, decadente, triste, impotente. Mis velas atrofiadas reportaban un aspecto raquítico de mi. Yo, que había sido majestuosa en medio de la tormenta, aparecía ahora frágil, quebradiza, raquítica. ¿Qué fueron de aquellos días de olas, vientos, lluvias, tormentas, sol, relámpagos y encalmadas? ¿Dónde está el capitán, mi capitán? Solo él sabía manejar mi timón, solo él y nadie más que él, sabía cuando desplegar mis velas, cuando virar, marcar el rumbo. Capitán, mi capitán, sigo esperando tu retorno, solo deseo que subas en mí, tomes el mando, sueltes amarras y me lleves a surcar el mar. Cada semana que pasa mi vida carece de sentido, no nací para  ser un apéndice inestable de la tierra, sino para ser un minúsculo y orgulloso ser en medio del océano. ¿Dónde fuiste? ¿Porqué me abandonaste? En el fondo de mi alma, se que no volverás, pero me niego a aceptarlo.

Los meses pasaban. La gran mayoría de la tripulación se cansó de esperar, sobre todo los que necesitaban sentir las gotas del mar y el viento salado en su rostro. Los marineros ansiosos de aventuras buscaron otras embarcaciones en las que cumplir sus deseos. Me abandonaban y yo les odiaba. Ingratos, desagradecidos, egoístas, desleales. ¡Qué pronto habían olvidado nuestras travesías! Alguna que otra vez, en una noche de luna llena, pude verme reflejada en el agua estancada que me mecía. ¡No podía ser yo! La nave más intrépida de los siete mares parecía una pequeña e insignificante cáscara de nuez ajada por fuera y  vacía por dentro. ¡Capitán! ¡Mi capitán! Gracias al cabo seguía unido a él. Bendito cabo. Gracias a los pocos marineros que no me habían abandonado seguía cuerda. Benditos marineros. El mar era un lejano recuerdo en mi corazón. Las olas, los vientos, las tormentas, el sol, los relámpagos, las encalmadas eran un vaga evocación de algo que fui. Quizás fuera un sueño, una pesadilla. Tal vez solo fui tierra, puerto, embarcadero. A lo mejor esto es la felicidad, la razón de ser, el sentido. Bendito cabo que me une a la única razón de ser. Benditos marineros valientes que permanecéis en mi interior dándome el consuelo necesario. Benditos marineros que hacéis soportable la espera de mi capitán.

No podría ser capaz de decir qué, quién, porqué, cómo, cuándo. No se exactamente el motivo. Recuerdo que las risas, los nervios, las ilusiones, las velas que se desplegaban a mi alrededor cuando partían otras embarcaciones, retorcían mis entrañas. Algo olvidado, emocionante, afloraba en mi ser. Los capitanes de otras naves, seguros, apuestos, fuertes. Las tripulaciones de otras embarcaciones, felices, a las órdenes, oteando el horizonte. No puedo decir ni el día, ni el motivo, pero solo os puedo decir que recordé, recordé, recordé. Un capitán sin nave no puede surcar el ancho mar. Una nave sin capitán puede surcar el inmenso océano, aunque sea a la deriva, aunque esté abocado al desastre. Quiero olas, quiero vientos, quiero tormentas, quiero sol, quiero relámpagos, quiero encalmadas. Maldita maroma que me esclavizabas a un recuerdo pasado. Malditos marineros cobardes que disfrutabais con mi desconsuelo, miedosos de navegar sin capitán, temerosos de la inmensidad del mar. Solo quiero marineros de mar.

Las quiero, las amo, las deseo, navegaré en busca de mis olas infinitas, de mis vientos poderosos, de mis tormentas tenebrosas, de mis relámpagos fulgurantes, de mi sol vital, de mis encalmadas aburridas. Voy en busca de capitanes que quieran tomar mi timón, de marineros de mar, de náufragos que salvar,  de aventuras que vivir. Surcaré los mares en busca de mis amaneceres puros y mis atardeceres melancólicos.

¡Adiós capitán!

¡Soltad amarras!

 Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

Anuncios

Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
Esta entrada fue publicada en Santiago SIGUE TO Santiago y etiquetada , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s