Cuando los sábados, sí eran sábados

Aquellos sábados, sí eran sábados. Sábados desde primera hora de la mañana hasta la última del día. Eran sábados sin despertador, en los que me levantaba sin necesidad de que me llamaran. Sábados en los que no se me pegaban las sábanas. Sábados para jugar todo el día. Sábados para reír. Sábados para pelear con los amigos. Sábados para ganar partidos de cuatro horas o perderlos en el último suspiro debido a la obligada regla que se resumía en la frase de “quien meta gana”, pronunciada siempre por alguien del equipo que iba perdiendo. Sábados de jugar a la lima, al trompo,  a los bolindres, a la lata, a policías y ladrones. Sábados de caídas, de echarnos las rodillas abajo, de magullarnos. Sábados de sacarles un boquete a la suela del zapato y, por supuesto, a los pantalones. Sábados de preguntar la hora y darnos cuenta que llegábamos tarde para almorzar. Sábados de jugar la revancha por la tarde. Sábados de pan con chocolate. Sábados de: “Quillo, dame un bocaito”. Sábados de contestar a regañadientes: : ¡Qué cara tienes! Eso sí, asegurando con los pulgares que no pudieran tirar un buen bocado. Sábados para jugar entre los trenes. Sábados para saltar tapias y explorar casas encantadas. Sábados para coger nísperos y albérchigos de los árboles y salir corriendo cuando alguien gritaba: ¡Qué viene el tío! Sábados para tomar un baño caliente con tu hermana en el agua que había utilizado tu padre. Sábados para que mamá te restregará la espalda, te lavara, con la suavidad de sus dedos, la cabeza y te enjuagase con la ollita de agua limpia y caliente. Sábados para contar como había sido el sábado. Sábados para seguir hablado por los codas durante la cena, mientras mamá escuchaba y papá quería ver la tele. Sábados para caer rendido, molido, excitado, feliz, cabreado, contento, extenuado, pensando en la revancha, rememorando el gol de tacón, dolorido de la caída,  para … caer profundamente dormido. Aquellos sábados, sí eran sábados.

¿Porqué crecimos? ¿Porqué olvidamos donde está la felicidad? ¿Porqué olvidamos reír? ¿Porqué dejamos de jugar? ¿Porqué dejamos de saltar? ¿Porqué necesitamos más y más y más y más para vivir? ¿Porqué nos hicimos tan inteligentes? ¿Porqué somos tan responsables? ¿porqué somos tan pragmáticos?

¿Porqué perdimos los sábados?

 Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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