El último empujoncito

Aquella mañana, tras semanas de lluvia y frio, había amanecido radiante. Era una especie de burla de la naturaleza a mi estado ánimo, a mi desesperación, a mi tristeza. Delante del espejo, a base de brochazos intenta disimular el pesimismo que invadía mi ser.

Como cada mañana, el conducía camino del trabajo, el sonido de la radio era el único nexo de unión que teníamos en ese trayecto. ¿Nos queríamos? No era capaz de dar una respuesta, pero era evidente, aunque nos negáramos a afrontarlo, que todo estaba acabado desde hacía tiempo. Sería la costumbre, la desidia, la comodidad o no se qué, lo que nos mantenía unidos. Vivíamos una farsa de puertas hacia fuera y una farsa, aún mayor, de puertas hacia dentro.

– Adiós.

– Adiós.

El día seguía radiante, riéndose de mi. Mi calvario, mi angustia seguía creciendo. Si hacía más de un año que mi matrimonio empezó a irse a pique sin remedio, desde hacía más de medio año mi trabajo se había convertido en una segunda cárcel. La maldita crisis había permitido que los políticos, mentirosos, sin escrúpulos, en los que habíamos depositados nuestra confianza, corruptos todos ellos, legislaran una y otra vez, para favorecer a los poderosos y perjudicar a los más pobres. Esos sinvergüenzas que incumplían, una por una sus promesas electorales, justificándolas en aras de los intereses generales del estado y del bien común. ¿A quién creen engañar? ¿Creen que somos tontos? La reforma laboral había permitido que el cabrón de mi jefe estuviera jugando con nosotros, con nuestros miedos y con nuestra dignidad. Mientras me pedían paciencia, para mayor vergüenza desde un plasma, paciencia por mi bien, allí seguía yo, haciendo lo mismo que en los últimos diez años, cobrando un 25% menos y encima, eso me repetían una y otra vez, debía sentirme dichosa y agradecida por no haber sido incluido en el ERE que hacía dos meses había acabado con 20 de compañeros en la calle. ¡Qué asco!

A la salida del trabajo, ya era media tarde, el sol me cegó. Maldito día radiante. Mi alma se arrastraba detrás de mi. Debía sacar las últimas fuerzas para acabar el día. Se lo debía a mi madre y, porque no, también a mi padre. Esa tarde me tocaba acompañar a mi madre en el hospital. La pobre llevaba ya casi un mes sin salir prácticamente de aquella habitación. Cada dos o tres días la llevábamos a casa para que se duchara y cambiara de ropa. Hacía ya casi un mes que mi padre, tras el accidente, quedó en coma profundo. Los médicos todavía no se explicaban como siguía aguantando, lo normal era que por el impacto y por su edad ya estuviera más que muerto.

– Hola mamá.

Tuve que repetir el saludo una segunda vez, como siempre ella estaba ensimismada hablándole. ¡Cómo si él pudiera escucharle!

Hola María. ¿Cómo  estás? – me respondió

– Bien mamá.

– Últimamente traes mala cara.

– No mamá. Estoy bien.

No tenía ganas de hablar. Mi madre se percató, como siempre hacía, de mi estado de ánimo y retomó su charla con mi padre. Por un momento todo se me hizo muy pesado. Las lágrimas se agolparon en mis ojos, pero luché con todo mi ser para evitar desmoronarme delante de ellos, bueno de ella, porque el pobre estaba muerto en vida. Aguanté. Tragué.

Unos segundos después, algo recuperada, fue la rabia la que me echó un pulso y esta vez, no hubo lágrimas que contener, las palabras me salieron casi sin darme cuenta.

– ¿Porqué no se muere ya? ¿Porqué tanto sufrimiento?

No había terminado de pronunciar las palabras y ya estaba arrepentida, avergonzada. Mi madre me miró con una ternura infinita, con ese amor que solo ella era capaz de transmitirme a través de sus ojos. Me arrobé y baje la vista. Iba a pedir perdón, cuando ella empezó a hablar:

– Él sigue aquí por tu bien y por mi culpa.

La sorpresa de esas palabras me dejaron paralizada por un momento. No sabía que decir. Imagino que mi madre lo vio todo reflejado en mi rostro.

– El día que tuvo el accidente, tu padre se dirigía a tu casa, para hablar contigo. Habíamos estado discutiendo, más que discutir hablando, sobre si era o no necesario que fuera. Le dije que no me parecía una buena idea, que no debía meterse en cosas de pareja. Pero ya le conoces, tu eres su ojito derecho, jamás lo reconocerá, pero no soportaba verte sufrir. Quería darte su empujoncito.

Me quedé más helada aún si cabe. Ahora resulta que mis padres sabían lo de mi matrimonio, que él quería hablar conmigo y para colmo, el accidente se produjo cuando iba a buscarme. Ya no puede contener más las lágrimas. Mi madre se separó entonces del lecho de papá y me abrazó. Permanecimos un rato sin decirnos nada. Poco a poco me calmé.

– ¿Qué culpa tienes tu en todo esto?

– Los primeros días tras el accidente, solo podía llorar y lamentarme. No soportaba su perdida, pero tampoco podía desear su muerte. Poco a poco, aquí a su lado fui encontrando algo de sosiego. Cuando los médicos me decía un día sí y otro también, que no entendían como podía resistir, empecé a caer en la cuenta. Así fue como retomé, retomamos nuestra charla, a pesar de que ustedes creáis que he perdido un poco la cabeza. Él me escucha, nos escucha y, sobre todo, cabezón hasta el final, quiere terminar lo que había empezado. No puede dejar a su hija sufriendo.

Mamá, por favor – tampoco se porqué lo dije, ni que significaba. Solo necesitaba buscar un segundo para respirar.

– ¿Cuéntanos, si quieres, como va tu matrimonio?

No podía creer lo que estaba pasando. En una habitación del hospital, junto a mi padre en coma y mi madre esperando que le contara mi fracaso matrimonial. No  me lo podía creer, no quería hablar, pero me pesaba tanto, estaba tan dolida, tan triste, tan cansada, tan sola, que me sentí como cuando era una niña frágil y me desahogaba contando mis grandes problemas a mis padres. Empujoncitos, los llamaba él. Cuando papá me veía mal, me preguntaba: ¿Necesitas un empujoncito? Sabes que solo tú debes solucionarlo, pero un empujoncito siempre viene bien. Pudo más el recuerdo de la paz que, sobre todo mi padre, me procuraba que la entereza de la mujer adulta que debía soportar todos los reveses de la vida. Hablé. Lloré. Conté. Cuando ya no tuve más que decir, mi madre esperó unos minutos y me preguntó.

– ¿Recuerdas cuando eras feliz con él? Haz memoria, cuéntanos que hacías normalmente un día de aquellos. Haz un esfuerzo, hija.

A mi mente fluyeron los buenos momentos, aquellos días en los que nació el amor, las risas, los planes en común, la peleillas y sus excitantes reconciliaciones. Fui contándole y contándole, recordando y recordando.

Hoy – empezó a decir mi madre – seguís viviendo juntos, dormís juntos, coméis juntos, veis la tele, trabajáis para vuestra casa. Más o menos igual que antes. ¿Hay algo  que hayáis  dejado de hacer?

Yo estaba relajada, en armonía con mis padres, desahogándome. Me estaba resultado fácil contarlo todo. Así que la conversación siguió fluyendo.

– Mamá, si te digo la verdad, aparentemente todo sigue igual, incluso de tarde en tarde tenemos sexo. Yo creo que le sigo queriendo, igual él a mi no. No sabría decirte, en el fondo todo sigue más o menos igual, salvo que ya nada es igual.

-María. Las personas trabajan para poder vivir. Con el dinero pueden comprar alimentos, bebidas, ropas, casas, todo lo necesario para vivir. Es verdad que además de lo necesario, compramos otras cosas, que incluso hemos llegado a creer necesarias para nuestras vida. ¿No es así?

– Sí – respondí, aunque realmente no sabía que donde pretendía llegar mamá.

– Pues la respuesta No. Al menos no es del todo cierta. Hay algo que no se puede comprar y sin embargo es lo más esencial para la vida. El aire que respiramos. La comida y el agua son fundamentales, pero podemos aguantar días, incluso semanas sin comer y beber. Pero sin el oxígeno, sin el aire que respiramos, no podemos pasar ni unos minutos tan solo. A pesar de ello, no le damos importancia.

– Visto así, es evidente que tienes razón – le contesté – pero no entiendo que tiene esto que ver con mi matrimonio, con nuestra relación.

– En los buenos tiempos, al margen, de salir juntos, de bailar de vez en cuando, de reír varias veces al día, de besaros todos los días, de tener relaciones sexuales de vez en cuando, ¿Qué más hacíais, aunque no lo consideres importante, qué más? Piensa.

Lo intenté, le di vueltas a la cabeza, pero no se me ocurría nada. Se supone que era una especie de acertijo, pero no era capaz de recordar algo que hiciera de manera habitual, cada día, a cada instante, cuando estaba feliz con mi pareja. Mi madre permanecía en silencio. Fui dejándome llevar, recordando días felices. Fui reviviéndolos como si realmente estuvieran sucediendo por primera vez. Me costó, pero caí en la cuenta. Simple, constante, aparentemente sin importancia, normal, cotidiano, diario … siempre estábamos hablando. Hablar era como respirar, no le dábamos importancia, pero era una constante en nuestra relación. Hablábamos de cosas intrascendentes, chismorreos,  nos contábamos nuestros puntos de vista, nuestras ideas, nuestros miedos, nuestros deseos, nuestros anhelos … hablábamos. No hay relación que supere los obstáculos del tiempo sin comunicación, diálogo, charla. En algo tan aparentemente insignificante, pero sin embargo, en la comunicación, en el diálogo, en el hablar, se sustenta buena parte de una relación. Sin comunicación la vida en comunidad es imposible.

– Ya no respiramos juntos, Mamá. Ya no nos hablamos.

– ¡Ea, mi niña! Ahí tienes tu empujoncito.

El silencio, la paz se adueñó de la habitación. Me levanté, me acerqué hasta su lecho, le abracé. Era la niña segura que siempre fui  en brazos de mi padre después de uno de sus empujoncitos. Esos que me permitían luchar, sobreponerme y creer en mi, en que mis deseos se podían cumplir, en que podía superar mis miedos y solucionar mis problemas.

– Te quiero papá.

El sonido intermitente y cadencioso de la máquina del fondo, se tornó continuo y monocorde. Mi madre me abrazó por detrás. Lloramos unos minutos en silencio, en paz, felices. Los últimos rayos anaranjados de un día maravilloso entraban por la ventana y nos acariciaban. ¡Bendito, triste y feliz día! Ahora me tocaba a mí. Todo era posible.

Fue su último empujoncito.

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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