El mendigo

Era el rascacielos más imponente del país. La corporación más prestigiosa. La empresa de la que todos se sentían orgullosos. Miles de trabajadores por todo el mundo y sin embargo, todos seguían admirando la vida sencilla y honesta del creador de ese emporio. Todo ello estaba a punto de pasar a mis manos. Atrás quedaron los años de rebeldía juvenil, los complejos de Edipo y cosas por el estilo. Me sentía inmensamente orgulloso de mi padre. El heredero estaba a punto de heredar, el viejo se retiraba.

Pasa Hijo – me dijo desde el umbral de la puerta de su despacho, situado en la última planta del edificio central, el emblema de la compañía.

El siempre habría la puerta para recibir  todas las visitas. Me dio un fuerte abrazo. Hacía años que habíamos encontrado una conexión especial a la hora de abrazarnos. Notábamos como fluía nuestra energía, como se fundían, como crecía.  Me recordaba los abrazos que me daba cada noche a la hora de acostarme cuando era niño.

Siéntate ahí – me dijo señalando una pequeña mesa redonda, que había en un lateral del despacho. Él me siguió.

Charlamos un par de minutos de cosas intrascendentes. Era el tipo de conversación que solíamos tener en casa, siempre fuera del trabajo. Que yo recordara, durante los diez años que llevaba trabajando en la corporación, las pocas conversaciones que tuve con el viejo, como le llamaban cariñosamente la mayoría de los empleados, siempre fueron cortas, oficiales y ejecutivas.

– Papá, porque no te lo piensas de nuevo. Estas en forma, yo podría trabajar cerca tuya un tiempo.

– Ya estás casi preparado, además creo que me merezco un descanso. Me quedan tantas cosas por hacer, tantas retos aplazado, tantos deseos por cumplir.

Justo en ese instante entró apresuradamente, sin llamar ni pedir permiso,  el viejo jardinero del centro. Traía en su mano una pequeña regadera para las plantas.

Disculpas por el retraso viejo –  Dijo con naturalidad, mientras se acercaba hasta nosotros.

Me quedé perplejo. La escena tenía sentido al revés, incluso el jardinero era mucho más viejo que mi padre. Yo había escuchado algo al respecto alguna vez, sobre la buena relación entre ambos, pero sabiendo que mi padre solía saludar a todo el mundo, no le presté mayor importancia.

Mi cara debería ser un poema, porque empezaron a reír, cuando el viejo, bueno el jardinero se sentó a la derecha de mi padre.

Hijo, te presento a mi brazo derecho. Sin él este imperio no hubiera sido posible – me dijo mientras le apoyaba la mano en el hombro con jovial camaradería.

No exageres viejo, tu lo hubieras conseguido de todas formas. Eres muy bueno – se apresuró a contestarle el jardinero.

– Es un larga historia que te contaré algún día, pero ahora lo único que importa eres tú. Quería que lo conocieras, además a él siempre le he consultado su opinión antes de tomar una decisión sobre cualquier tema importante. Evidentemente esta es una de ellas, la última y quizás la más importante. Quiero asegurarme de que estás preparado

Recuperado de la sorpresa inicial, prestaba atención a las palabras de mi padre. Ni que decir tiene que, aún estando orgulloso, llevaba una década preparándome para ello, sentía el peso de la responsabilidad y porqué no decirlo, un cierto miedo al fracaso.

-Papá, hace un momento dijiste “Ya estas casi preparado”, lo que implica que mi formación, mi aprendizaje en la empresa no está concluido según tu parecer.

Hace unos diez años, te propuse que conocieras la empresa de abajo a arriba. Yo la creé desde cero, mientras tu heredarás un imperio.  De ahí que empezaras trabajando como chico de los recados, pasando por todos los departamentos, viajando por nuestras filiales, hasta llegar al nivel directivo donde has desempeñado una gran labor en estos dos últimos años. Todos los informes que tengo sobre ti son excelentes, algo que me hace sentir orgulloso como padre y contento como empresario. Todos me dicen que serás un gran jefe. – Se le notaba un brillo de satisfacción mientras hablaba. No puedo negar que yo también me sentía emocionado por sus palabras.

Gracias por esto que me dices. Entonces, que me falta – la curiosidad me podía.

Aquí tienes un gran equipo de profesionales. Los conoces a todos. No te faltaran buenos informes, acertados análisis, ideas creativas y soluciones adecuadas. Pero este puesto es muy peligroso. El éxito es solo la cara de una moneda cuyo anverso es el fracaso. Desde aquí arriba, cualquier decisión, por insignificante que te parezca, puede provocar un daño irreparable a la propia empresa o a muchas personas. El éxito nubla la mente y los sentidos. El poder transforma la percepción de la realidad y ese, créeme, es un enemigo muy difícil de combatir. Por eso debes ser capaz de encontrar un buen asesor, un brazo derecho, en el que confíes y que te abra los ojos cuando el éxito y el poder se adueñen de ti. ¿Has pensado quién podría  ser? – terminó preguntándome el viejo.

Su reflexión, no me la esperaba, pero caló en mi interior. Pensé unos segundos y por un momento tome consciencia de lo que había dicho. Yo tenía varios nombres en mi cabeza, de hecho mentalmente llevaba tiempo pensando en introducir algún que otro cambio en la cúpula directiva, para cuando yo tomara las riendas de la empresa.

Papá ese es un tema que también he analizado. Tengo un par de nombres, si te parece  os los digo y me dais vuestra opinión – introduje al jardinero en la propuesta como respeto a lo que mi padre me había contando, aunque sinceramente no acababa de entender que había podido aportarle aquel hombre a mi padre. De hecho solo lo recuerdo pegado a su regadera, de maceta en maceta, paseando por todo el edificio.

No nos diga aún los nombres – Se adelantó el jardinero. Creo que me sonrojé al mirarle avergonzado por mis pensamientos sobre él.

Te falta un último trabajo que desempeñar antes de terminar tu formación –  ahora hablaba mi padre.

Solo te pido que confíes una vez más en tu padre. He de reconocer que la sugerencia no es mía – dijo mientras cruzaba una mirada de complicidad con su “brazo derecho”.

¿De que se trata? Sabes que haré lo que consideres necesario – me apresuré a decir.

En esta empresa hay una norma sagrada que llevamos cumpliendo más de 40 años.  El último viernes de cada mes, cualquier empleado puede traer a este despacho a cualquier persona que tenga una buena idea para la empresa. Todos saben que existe un reparo.  La única condición es que, si yo entiendo que ha sido una perdida de tiempo, el empleado en cuestión puede ser despedido. Esta última parte se añadió hace unos 25 años porque la norma había dejado de ser efectiva, para convertirse en una perdida de tiempo. Aún así son muchas las mejoras que hemos conseguido y pocos los que han sido despedidos –  Efectivamente era una norma que seguía vigente y que había permitido a los empleados mejorar la empresa y, también, su posición en la misma, ya que mi padre se encargaba de recompensar el talento.

Él se encargará de los preparativos- continuó mi padre señalando con  la cabeza al jardinero- El viernes de la próxima semana será el último del mes. Tu deberás apostarte cada día, desde la mañana a la noche, junto a la entrada del edificio y mendigar para comer. Espero que el viernes seas capaz de conseguir que algún empleado te presente ante mi.

Pasmado, me quedé pasmado. No creía lo que estaba oyendo. Primero pensé que sería una broma de bienvenida a la dirección general ejecutiva, pero la cara de los dos dejaba muy a las claras que la propuesta iba en serio. Más aún cuando la voz del jardinero rompió el silencio:

– ¿Te atreves? ¿Aceptas este último reto?

– Sin duda – dije con voz potente, un tanto herido en mi orgullo.

– Gracias hijo – apostilló mi padre lleno de agradecimiento.

Aunque parezca mentira, aquel lunes allí estaba yo, antes de que todos llegaran a trabajar, con mis ropas raídas, caracterizado, irreconocible y apestando a perros muertos. Lo del olor era algo innegociable para el jardinero. Así, hasta yo sentía asco de mi. En fin, yo tenía un par de buenas ideas, de hecho eran ideas que había reservado para cuando tomará el control de la empresa. Aunque la gente me quería y me respetaba, tenía intención de hacer notar mi personalidad cuando ocupara el sillón del viejo. Así que solo tenía que entablar conversación con cualquiera de los empleados, en realidad los conocía casi a todos y subir el viernes a ver al viejo … los viejos. Reí.

Estaba ensimismado con mis pensamientos , en los escalones de entrada al edificio, no me faltaba ni el platillo con una pocas monedas pequeñas, cuando los primeros empleados empezaron a llegar. Unos solos, otros en grupos, todos conocidos. Yo levantaba el plato mendigando, a la espera de que alguno se fijara y de esta forma intentar mantener algún tipo de relación, de conversación. No tardé ni unos minutos en borrar la sonrisa de mi cara. Casi todos habían entrado y nadie, absolutamente nadie, me había mirado. Solo unos cuantos, sin detener la marcha, me dejaron alguna moneda al pasar.

Como podía ser que de los más de 500 empleados de aquel edificio, ni uno solo me hubiese mirado a la cara. Estaba atónito. Se apoderó de mí un cabreo inmenso. ¡Qué hijos de puta! A mí. No estaba dispuesto a soportar aquella pantomima, aquella ocurrencia del viejo jardinero. Ahora entiendo porque abandona mi padre, tiene que estar chocheando. ¡Valiente gilipollez! Me levanté, me dirigí a la entrada para acabar con la farsa e incorporarme a mi puesto de trabajo. Cuando me disponía a entrar, los responsable de la seguridad me detuvieron y me invitaron a marcharme. Estaba a punto de estallar en cólera cuando mi propio olor me detuvo. Sentí nauseas y me marché.

Puse rumbo a casa. Me ducharía, me arreglaría y volvería. Caminar me vino bien. Me fui calmando y eso me permitió pensar con más tranquilidad. Igual de eso se trataba, de ver si era capaz de aguantar o no. Di media vuelta y ocupé mi “despacho” en los escalones de acceso al rascacielos. Pasaban las horas y las horas. Nadie me hablaba, nadie me miraba. Entraban y salían, de vez en cuando alguna calderilla al plato y poco más. El rascacielos imponente, mis compañeros a lo suyo, se hablaban, algunos reían a la salida del trabajo, pero yo no existía. Al terminar el primer día, mi padre salió saludando a unos y a otros. Se cruzó conmigo, sacó un billete, me miró. ¡Cuanto agradecí aquella mirada! y me dijo:

– Gracias hijo.

Así terminó el primer día. Estaba totalmente descorazonado. Iba a continuar porque lo había prometido, pero ahora tenía la completa seguridad de que el viernes seguiría sin poder entrar al edificio. Así pasó el martes y el miércoles. Solo la mirada cómplice de mi padre y un día la del jardinero, quien desde una ventana al descubrir que le miraba, me hizo un gesto de apoyo con la mano.

¡Viejo de mierda! – escupí.

Para colmo a media tarde del miércoles se puso a llover. No era época de lluvias, pero llovió a cántaros. El acuerdo era que debía aguantar en mi puesto hasta la noche,  así que cogí un plástico que tenía a mano y me lo pasé por encima de la cabeza.

El viernes no llegaré a subir, pero por lo menos no podrán decir que no lo intenté – pensaba mientras unas lagrimas empezaron a rodar por mis mejillas.

Oiga, oiga, oiga – me costó escuchar los gritos, solo llevaba tres días mendigando y ya me había acostumbrado a que nadie se dirigiera a mí. Mis pensamientos y la lluvia tampoco ayudaron a que yo escuchara.

Oiga – alguien me estaba golpeado la espalada– Hombre que va a coger usted una pulmonía. Anda venga.

Me ayudo a incorporarme y me llevó, escaleras arriba, al porche del edifico. Ya era de noche, la mayoría de los empleados se habían ido. Solo quedaban el personal de seguridad, algún que otro técnico terminando sus informes y el los de la limpieza.

Pero hombre, no puede quedarse usted debajo de esta lluvia – volvió a insistir.

Muchas gracias – dije sinceramente agradecido.

El chaval tendría unos 25 años, era alto, piel morena y vestía con el uniforme de la limpieza. Lo recordaba vagamente de haberlo visto alguna vez, pero es demasiado joven para haber trabajado conmigo cuando empecé hace diez años limpiado este edificio.

Ande pasé, aquí al lado hay un aseo. Le dejaré una toalla, se seca un poco y si quiere le daré un bocadillo de la máquina. Luego se tendrá que marchar porque no estoy autorizado a dejarle pasar – me dijo.

Muchas gracias señor – era lo único capaz de decir.

En el aseo me sequé, no me había dado cuenta de que estaba empapado y tiritando. Luego el chaval, me sacó un café y un bocadillo de las maquinas que allí había.

Quiero agradecerle lo que está haciendo por mi – comencé a decir.

Nada, no es nada, usted tranquilo – me interrumpió el hombre de la Limpieza

Mientras me comía la imprevista cena, puede conversar un poco con él. De tanto en tanto me apremiaba, porque decía que tenía mucho trabajo por delante.  Fue una conversación amena, pasado el primer instante, pude conversar de igual a igual. Hablamos algo de fútbol, de lo inusual de la lluvia y de cosas así. Al final me despedí con un : ¡Gracias y hasta pronto!

El jueves fue similar al resto de los días anteriores. Yo era invisible. Yo era un apestado. Solo para unos pocos, muy pocos, era un mendigo, algo así como un ser casi humano. Esos pocos se veían en la obligación moral de apaciguar su corazón con unas monedas sin cambiar el paso. El jueves fue similar, al resto, salvo que al llegar la noche, salió el chaval de la limpieza con dos café, uno en cada mano, me llamó por mi nombre y me dijo: ¡un cafelito!

Subí los peldaños hasta llegar a la altura de la entrada donde me estaba esperando con una sonrisa.

Menos mal que no llueve – me dijo mientras me ofrecía el café.

Cierto – respondí.

Hablamos unos minutos. La conversación era cómoda. Me dijo que tenía 15 minutos para tomar un café. Le hice un par de preguntas sobre la empresa. Se entusiasmó hablando de lo importante que era para él trabajar allí. Me contó que tenía varios hermanos en casa, que su padre estaba en paro y que ese trabajo era el sustento de su familia. En un momento dado, me dijo que el viejo solía saludarle por su nombre algunas veces cuando se cruzaban. Aproveché ese instante para preguntarle sobre la famosa norma del último viernes de cada mes. Cuando me lo hubo contado, le dije que tenía una gran idea para plantearle al viejo. Sin dejarle respirar le conté uno de los proyectos que tenía en mente. Al principio parecía asustado, pero cuando lo desarrollé, me dijo que, aunque él solo era un miembro de la limpieza, le parecía muy buena. Cuando le pedí que me presentará al viejo, el horror apareció en su cara.

– No puedo perder este trabajo. Perdón.

El viernes transcurrió con normalidad.  Yo que tarde o temprano heredaría la mejor compañía del país, era tratado como un despojo humano en el mejor de los casos. Para la mayoría de la gente no era ni tan siquiera tratado, simplemente no existía. En fin todo terminaría esta noche. No lo conseguiría, pero creo que el viejo no se sentirá defraudado. Había aguantado la humillación. Seguro que de eso se trataba. De repente escuché mi nombre. Junto a mi estaba el chico de la limpieza. Era media tarde y faltaban un par de horas para que comenzara su turno. Allí estaba, con su mejor traje, con una sonrisa de oreja a oreja.

– Que sea lo que el viejo quiera. Creo que es una buena idea. Tu también te mereces una oportunidad en la vida

Lágrimas de agradecimiento llenaron mis ojos. No supe que decir, solo le acompañé. Él habló con los guardias de seguridad. Nos subimos en el ascensor. Ultima planta. Habló con la secretaria, rellenó el formulario, en el que consentía perder el puesto de trabajo y nos sentamos a esperar nuestro turno. Eran pocos aquel día. No hace falta que explique las miradas y los gestos que nos dedicaban. No en vano llevaba encima mi ración de mal olor.

Cuando llegó nuestro turno, entramos al despacho de mi padre. Allí estaba el viejo, sentado tras  la gran  mesa del director general ejecutivo. Por allí pululaba, me sonreí, otro viejo más viejo regando con parsimonia las plantas. El chico de la limpieza temblaba, evidentemente yo ya casi reía. Según la norma el empleado tenía que presentarme e introducir la idea que yo debía desarrollar y defender frente al viejo.

Le costó arrancar, pero finalmente me presentó y expuso algo de mi idea. Mi padre arqueó una ceja y posó su mirada de uno a otro rápidamente. Se dio cuenta de que era una idea que le había ocultado. Una imperceptible sonrisa se le dibujo en los labios. Eso lo podía saber yo, pero no mi presentador, que por un instante parecía que se iba a desmayar.

Soy todo oídos – dijo el viejo fijando la vista en mi.

Dispuesto a seguir con el juego hasta el final, me preparé para argumentar mi idea. No quería humillar al chaval haciendo ver que había sido utilizado. Así pues, comencé contextualizando la idea. Mi padre escuchaba. El viejo regaba. El chico de la limpieza seguía tenso. Yo exponía brillantemente. Pero en mitad del desarrollo, caí en la cuenta. Por un instante callé. Pude escuchar el corazón desbocado del chaval junto a mí. Entonces continué hablando.

– Humildad. Olvida lo que estaba diciendo. Humildad es la clave para el buen gobierno. Humildad para fijarse en un mendigo. Humildad papá.

Volví la cabeza buscando al viejo de la regadera.

– Perdón.

El viejo asintió. Fijé los ojos en mi padre.

-Papá te presento a mi brazo derecho. Espero sea de tu agrado. Creo que podéis descansar tranquilo, os lo merecéis.

El chaval temblaba ahora más si cabe. Mi padre se levantó. Me abrazó, nuestra energía se fundieron y crecieron una vez más.

-Sí hijo, humildad.

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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