Lloraba, lloraba, lloraba

Era muy temprano, despedirme de mi mujer y mis hijos había sido muy duro. Los dejé llorando, subí al tren con el corazón destrozado. Puta crisis, iba mascullando cuando me senté en mi plaza. Cuando el tren se puso en movimiento, no pude contener mis lágrimas. Viajaba solo y pude desahogarme. Lloraba, lloraba, lloraba. Puta crisis que me arrancaba de mis hijos y de mi mujer. Puta crisis que me obligaba a tomar un tren que no quería, que me llevaría a una ciudad que desconocía, a un país extraño, para trabajar como un mulo durante un año porque en mi tierra no había trabajo.

Soy un desgraciado y solo me ocurren desgracias – me decía. Así de afligido inicié aquel viaje.

Una hora más tarde se subieron al tren un anciano y un niño, por lo que después pude saber, era su nieto y lo llevaba a visitar a su madre al hospital.

Con permiso – dijo el anciano, mientras tomaba asiento frente a mi, con su nieto al lado.

Recogí un poco las piernas para dejarles espacio. Yo seguía ensimismado, con mi pena y mis desgracias a cuesta. El viaje sería largo, así que cerré los ojos para intentar descansar un poco, al menos olvidarme, si era posible, de mi desdicha.

Abuelo y nieto iban hablando. El anciano tenía una voz profunda, dulce y hablaba con parsimonia, sin prisas. El niño, de unos ocho o nueve años, con su voz aguda y entusiasta me recordaba a mi chiquitín. El abuelo le insistía en que no hablase alto, que molestaba al resto de pasajeros. Entre el traqueteo del tren y la conversación de mis vecinos me fui calmando. Entré en una especie de duermevela que me aportó algo de sosiego, aunque la aflicción que me acompañaba era muy amarga y no me dejaba estar en paz.

Así, casi sin percatarme, me fui adentrando en la conversación entre el viejo y el niño. Al principio no hilaba nada, solo seguía el diálogo en un segundo plano, como cuando vamos con la radio en el coche pensando en nuestras cosas. Pero una pregunta del niño me hizo prestar atención.

¿Porqué dios ha castigado a mamá con el cáncer? – manifestó con cierto tono de tristeza.

El abuelo permaneció un rato en silencio. No abrí los ojos, a pesar de que el corazón me dio un vuelco al oír la cruel pregunta, pero  el resto de mis sentidos estaban abiertos de para en par. Al cabo de unos segundos, que para parecieron horas, el anciano le contó esta historia:

Hace muchos, muchos años, en una tierra muy lejana, gobernaba un hombre malvado.  Era el señor de un gran castillo y tenía un solo hijo. Robaba, maltrataba y vivía a costa de los hombres y mujeres de aquellas tierras. Cada día salía acompañado de sus soldados a requisar alimentos, bebida, dinero y todo lo que necesitara.

Desde hacía unos meses, su hijo, un adolescente corpulento le solía acompañar porque, como le decía su padre, algún día sería el dueño y señor de aquellas tierras. El caso es que una mañana, la expedición regresaba al castillo con un escuálido botín. Empapados hasta los huesos, había llovido todo el día y de muy mal humor. Uno de los caballos se había partido una pata y tuvieron que sacrificarlo. Cerca del castillo se toparon con un joven campesino. El chaval no se percató de la comitiva, ya que de otra forma se hubiera apartado del camino. Cuando el señor llegó a su altura, se detuvo y le preguntó quien era y a donde iba.

Mi señor, regreso a casa, vengo de llevar algunos alimentos a mi tía que se encuentra enferma – tartamudeó el joven campesino.

Dale a tu señor todo el dinero que tengas – le escupió desde lo alto de su caballo.

Mi señor, no tengo nada – farfulló cabizbajo el chaval

De un tirano se pueden esperar muchas cosas malas, de un tirano cabreado se puede esperar lo peor.

Hijo, mátalo – dijo sin el más mínimo atisbo de pudor.

Padre – con los ojos atónitos comenzó a hablar su heredero.

Señor, soy tu señor. Es una orden. Hoy te convertirás en un hombre y en mi sucesor. Mátalo – pronunció con voz dura cada palabra, mientras le clavaba la mirada.

Todos estaban expectantes, atentos al descendiente del señor. Los soldados no aceptarían a un jefe cobarde. El Joven campesino, temblaba hasta el punto de orinarse encima. Al cabo de un rato, el futuro señor de aquellas tierras, descabalgó, se acercó lentamente al otro chaval. Tendría su misma edad – pensó mientras desenvainaba su espada.

No señor, por favor, piedad – se arrojo a sus pies pidiendo clemencia. Ahora parecía un simple conejillo.

Levantó la espada con las dos manos.

Piedad. Piedad – fueron las últimas palabras que pudo decir aquel desventurado infeliz.

A continuación todo fueron vítores, risas y alabanzas al nuevo jefecito.

Este es mi hijo. Este es mi heredero. Este será algún día vuestro señor – sentenció el tirano.

A partir de ahí, el padre encargó a su hijo que  comandara la expedición diaria  para conseguir los víveres necesarios.

&&&&

El padre del joven muerto quedó destrozado al conocer la trágica noticia. Sumido en el abatimiento, lleno de dolor, el dolor más grande que un padre puede tener en su vida, lloraba, lloraba y lloraba. Pasó por la desolación y el desconsuelo más absoluto. Más tarde blasfemó, renegó de su dios y de todos los dioses del universo, por haber permitido semejante brutalidad. Renegó del mundo que había permitido la muerte de su hijo. Por último, albergó la venganza en su corazón. El mataría al jefecito sin lágrimas, que era el sobrenombre por el que ahora le conocían. Lloraba, lloraba, lloraba. La muerte de su hijo sería vengada. Lloraba, lloraba, lloraba. Al menos lo intentaría, si fallaba y moría, al menos la muerte de su hijo habría servido para ahorrarle más sufrimientos en esa miserable tierra. Lloraba, lloraba y lloraba.

Al cabo de un tiempo, cuando el odio y la venganza se abrazaban en su corazón engendrando más y más odio, más y más venganza, decidió salir al encuentro del jefecito sin lágrimas. Todos sabían más o menos las rutas que solían hacer los esbirros del señor con su hijo a la cabeza, así que no le resultaría difícil dar con él. Luego ya vería como lo haría. Así las cosas, armado de su odio, de la venganza y de una daga, le dio un beso triste a su mujer y abandonó una mañana su casa. Lloraba, lloraba, lloraba.

Al pasar por un descampado cerca de una aldea oyó unas voces. Eran gritos, risas, algún reproche, más gritos   y más risas. Decidió acercarse a mirar. Era un grupo de niños y niñas que jugaban, serían unos diez. Aunque eran tiempos duros por aquellas tierras, a pesar del hambre, de la tiranía, allí estaban esos niños jugando. riendo, felices. Al presenciar aquella alegría, el desgraciado campesino, cayo de rodillas. Lloraba, lloraba, lloraba. Se tocó la daga en la cintura. Lloraba, lloraba, lloraba. Regresó a su casa.

 

&&&

Semanas después, la patrulla del jefecito sin lágrimas había iniciado su marcha diaria para hacer su injusta colecta. Cerca del castillo se toparon con un campesino montando en un carro tirado por un burro. El jefecito sin lagrimas se situó frente él, obligándolo a detener la marcha.

¡Eh tú! ¿Qué llevas ahí? – comentó autoritario.

Señor, soy un pobre campesino que va por las aldeas vendiendo los alimentos que cosecho – dijo con voz humilde.

Mirad que lleva – señaló a uno de sus secuaces.

Al destapar la manta que cubría el carro descubrieron verduras, frutas, huevos, un par de gallinas y hasta un pequeño barril con vino.

El jefecillo sin lágrimas sonrió abiertamente. Era un día de suerte. Pronto recuperó la compostura.

La bolsa – dijo al campesino mientras tocaba con la punta de la espada una pequeña bolsa que colgaba de su cintura.

Por favor señor déjeme algo para poder llevar a casa, mi mujer me espera – comentó a media voz.

Hoy descansaremos. Volvemos a casa – grito a su escolta entre los vítores de todos ellos.

El campesino se marchó en su carro, se lo habían quitado todo. Lloraba, lloraba, lloraba. Bueno le había dejado algunas verduras y frutas esparcidas de mala manera en la trasera.

Cada mañana, el campesino se levantaba de madrugada, cargaba los víveres que había cosechado el tarde anterior. De la pequeña bodega cogía un poco de vino. Pasaba por el gallinero y finalmente partía para vender por las aldeas. Antes de mediodía, cuando tan solo había vendido un tercio del carro, se acercaba a las inmediaciones del  castillo y allí era interceptado por el jefecito sin lágrimas. Después regresaba a casa y se ponía de nuevo a trabajar sin descanso en su campo. A todo ello, el campesino, lloraba, lloraba y lloraba.

La historia se repetía día tras día. La gente de la zona sentían pena por el desgraciado campesino. Primero le matan al hijo y ahora le roban todo lo conseguido con su trabajo, decían. Fueron pasando las semanas, luego los meses, luego los años, muchos años. La gente seguían sintiendo lástima por el viejo campesino. Nadie le hablaba porque creían que era la personificación de la desgracia. Nadie le ayudaba porque temían al tirano y a su hijo el jefecito sin lágrimas.

 

&&&

El campesino era ya muy anciano y se le notaba sin fuerzas. Como cada mañana, a eso del mediodía, se topó con el jefecito sin lagrimas en las inmediaciones del castillo. Fiel a su cita, el anciano, llorando como siempre, esperó a que le requisaran la mercancía.

Pero esa mañana, el jefecito sin lágrimas le dijo:

Buen hombre, anoche murió mi padre, el señor de estas tierras. Ahora soy yo el nuevo señor. Sigue tu camino y llévate todas tus cosas. Ve en paz.

 El anciano al oír aquellas palabras, sintió una profunda alegría en su interior. Lloraba, lloraba, lloraba, aunque eran lágrimas de alegría.

Gracias – fue lo único capaz de contestar.

Con las riendas azuzó al también viejo pollino y siguió su camino. No había cubierto ni veinte metros, cuando el anciano cayó desplomado del pescante.

 

&&&

Desorientado abrió los ojos. Estaba muy cansado, pero extrañamente se encontraba muy tranquilo. Debía de ser un día precioso a tenor de la luz que entraba por la ventana. Pero ¿dónde estaba? El anciano campesino sintió el aroma de las flores al respirar. La cama era mullida, las sábanas olían a nuevas. Extrañado, cansado, dolorido, pero tranquilo, empezó a recordar. ¡Ve en paz! Fueron sus palabras. Intentaba recordar más, justo cuando se percató de que tenía alguien a su lado. Estaba en una estancia del castillo aunque él no lo sabía.

¿Cómo se encuentra? – dijo la voz.

Tardó un instante en reconocerlo, pero era demasiado conocido para olvidarlo. Se miraron fijamente.

Cansado, muy cansado, pero tranquilo – dijo con un hilo de voz el anciano

Del otro lado de la cama, una mano le apretó con dulzura la suya. Giró la cabeza, era su anciana esposa.

Llevas una semana con fiebres y sin conocimiento – le dijo sollozando su amada al tiempo que le daba un beso en la frente. Él le apretó la mano y respiró su aroma.

¿Porqué? – dijo respetuosamente el jefecito sin lagrimas

El anciano lo miró lleno de compasión, de armonía, de paz, de alegría.

El odio de tu padre hizo que mataras a mi hijo. El sembró odio en ti. Ese mismo odio llegó a mi corazón. Lloré desde el día que me enteré de su muerte. Primero Lloré de desesperación, de dolor, de rabia y durante mucho tiempo mi lágrimas eran de odio. Me sentí el hombre más desgraciado del  mundo. Lo único que tenía sentido en mi vida, mi hijo, me lo habías arrebatado. Mi vida solo tenía un objeto, criar sano y fuerte a mi hijo y tu me lo arrancaste. Lloraba de odio. Quería matarte. Mi vida carecía de sentido, de valor. Salí a tu encuentro pero en mitad del camino me topé con un grupo de niños de jugaban, reían, gritaban. Eran felices, pero ¿cuánto tiempo tardaríais en matarlos? ¿Quién sería el siguiente? En ese momento me di cuenta de lo egoísta que había sido. En ese instante entendí el regalo que me había hecho mi hijo. El murió por todos los demás. Desde aquel día os regalé lo que necesitabais y, de esta manera, mis niños crecían fuertes, sanos y en paz. Ellos  no lo saben, pero muchos de ellos me han regalado nietos y nietas que veo al pasar en mi carro.

Primero fue una, luego una segunda y una tercera, las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas del jefecito. Luego siguieron muchas más. Se miraban. El jefecito lloraba, lloraba, lloraba. El anciano sonreía suavemente.

Gracias padre – se atrevió a pronunciar, al cabo de un rato, respetuosamente el jefecito que ahora lloraba, lloraba, lloraba.

Se inclinó hacía el lecho para abrazarle. El anciano se dejó abrazar, apretó la mano de su amada esposa y durmió. Estaba cansado, en paz, tranquilo, feliz. Ya era hora de dormir con las estrellas. Lo último que notó fue una lágrima en su mejilla, pero no era suya.

El tren seguía avanzando. No me atrevía a abrir los ojos. Al cabo de un rato, se detuvo en una estación.

Vamos mi amor, que mamá te espera. Ten cuidado, no vayas a despertar a este señor – oí la voz del abuelo mientras se levantaban para apearse del vagón.

Hacía mil años que no escuchaba historias de esta. Hacía mil años que no escuchaba cuentos de niños, incluso que yo no los contaba. Pero os puedo asegurar que, ya fuera por mi estado de ánimo o por como se produjeron los acontecimientos, ese día dejé de sentirme desgraciado. El año que tuve por delante fue duro, difícil, pero  terminó siendo uno de los mejores años de mi vida. También aquel año lloré, lloré, lloré alguna que otra vez.

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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