El viejo macabro y la desesperanza

No sabría decir desde cuando estaba ese hombre allí. El caso es que siempre que atravesaba aquella urbanización fantasma, ese anciano arrugado, cabizbajo, era un atributo macabro en un espacio  más macabro y fantasma si cabe. ¡Bueno! más que sentando en el banco de cemento, era una parte más del mobiliario urbano.

Yo solía cortar camino a casa por aquel lugar cuando cada día regresaba de visitar a mi madre. En el último año, mi madre se había convertido en mi supermercado, en mi psicóloga, en mi banquera. ¡Quién lo iba a decir! ¡Dios mío! A mis 45, divorciada, madre de dos hijos amados, sin trabajo desde hacía más de dos años. El padre de los niños, ese sinvergüenza, me ingresaba cuando le daba la gana. Qué lo denunciase, me decía el muy cabrón, pero que no tenía más. Harta de buscar trabajo. Harta de arrastrarme por que alguien me diese algo a 6 euros la hora. Harta de todas las colas del mundo. Harta.

¡Gracias a dios que estaba mi madre! Su pequeña pensión de viudez estaba sacando adelante a la familia de mi hermano mayor y a la mía.

Hija llévate unas papitas que hecho. ¡Anda llévatelas! que a mis niños les gustan – me decía con todo el orgullo y el amor que podía transmitirme.

¡Hasta cuando íbamos a poder soportar en este puñetero país tanta humillación, tanta indignidad, tanto sufrimiento! ¡Hasta cuando!

Allí estaba el viejo macabro, en el banco macabro, de la urbanización macabra. Iba cansada. Cansada de tanto correr, de tanto buscar. Cansada de ser una esclava en una sociedad enferma. Cansada de querer luchar y no tener ni tan siquiera la oportunidad de subir a un ring. Cansada. Asqueada de un país que daba asco. Triste en un país lleno de millones de tristes desempleados. Sin esperanza en un país donde  los políticos nos robaron la esperanza y la escondieron en Suiza. Cansada.

Hola – dije mientras me sentaba en el banco.

Hola – fue la respuesta

Ahí acabó nuestro lacónico diálogo. Él tenía la mirada fija en el suelo, la cabeza apoyada en sus manos y los codos en las rodilla. Esbozaba una macabra y tenue sonrisa. Yo lo contemplé un rato, me relajé, encendí un pitillo, fumé y acabé marchándome a casa en medio de mi desesperación.

A partir de aquel día, sin razón aparente, solía compartir con la desesperanza y con el viejo, un cigarro. Cada día con menos ilusión, cada día más cansada.

Hola.

Hola.

Su sonrisa.

Mi calada.

Aquel lugar era el más triste del mundo. Cemento, obras sin acabar, esqueletos de hormigón. Si en el mundo reinaba la desesperanza, si en mi país habían acabado con la ilusión, si mi corazón latía en medio de la angustia y el desaliento, aquel lugar era el reino de todo lo malo que nos estaba sucediendo. Cemento, Hormigón, edificios inacabados sin familias, parques inconclusos sin niños, paradas de autobuses sin pasajeros y en medio de todo aquello, un viejo solitario como reclamo publicitario de la muerte y una servidora, el prospecto perfecto de la desesperanza. Lo que más me jodía de todo aquello, es que alguien, los de siempre, ellos, se habrían hecho un poco más rico con aquella construcción fantasma, con aquel monumento al fracaso de nuestra sociedad.

¿De qué se ríe usted? – se me escapó la frase en medio de mi rabia contenida. No tenía a mano a ningún político, ningún banquero, ningún corrupto. Solo tenía a aquel pobre fantasma.

Me río porqué estoy vivo. Porque es maravilloso  estar vivo – me contestó sin levantar la cabeza, sin dejar de sonreír, sin alterarse. Eso me exasperó aún más. ¡Lo ultimo que me quedaba por escuchar!

¡Pobre viejo! ¡Qué sabrá usted! No se da cuenta que no le queda vida, que no hay esperanza, que nada tiene sentido – le espeté subiendo el tono de voz, mientras apuraba una calada profunda y llena de cólera-  ¡Pobre viejo!

Él no contestó. Se limitó a seguir mirando hacia abajo, entre sus piernas, con su eterna sonrisa. Permanecimos en silencio un par de minutos. Me fui calmando, a medida que el pitillo se consumía. El silencio y el humo del tabaco hicieron el resto. Miré la hora. Se me hacía tarde, debía hacer el almuerzo para los niños. Me había pasado con el anciano. Tiré la colilla al suelo, la pisé con el zapato. Estaba apunto de reincorporarme, momento que aproveché para dirigirme con voz suave a mi acompañante.

Disculpe señor. No fue mi intención… ¡Disculpe! – dije un tanto avergonzada.

Hay esperanza – Empezó a decir el anciano. Ya estaba levantada para marcharme. Me quedé mirando. No sabía si iba a decir algo más o ya había terminado. En ese instante el señor mayor retomó la palabra.

Hace cinco años que vengo a este lugar todo los días. Cuando llueve solo permanezco unos segundos y otros días como el de hoy, cuando el buen tiempo reina, me quedo aprendiendo la lección un buen rato – seguía mirando al suelo, seguía con su leve sonrisa. Me senté a su lado.

Hace unos cinco años, llegué deambulando a este lugar. La vida había acabado para mí. No tenía esperanzas. Mi mujer había fallecido unos meses atrás. Mis hijos no podían atenderme, así que, por mi bien, me trajeron a la residencia de mayores. Entonces era finales de invierno. No llovía, pero hacía frio. fue la primera navidad sin mi mujer. La primera navidad sin mis hijos, sin mis nietos. Me llamaron a última hora para decirme que ese año no podrían recogerme, que no se que problema les había surgido.

Por las mañanas, podemos salir a pasear hasta la hora de la comida. Así que sin esperanza, sin ilusión, sin ganas de hablar, ni mirar a nadie encontré este lugar – No sabía de iba la historia, pero no quería molestar.

¡Ay la esperanza! – suspiró el viejo – ¡Qué sería de nosotros sin esperanza!

Aquí sentado, un día tras otro, encontré el refugio a la espera de que la muerte me hiciera un favor. ¿Sabe usted? – en ese instante me miró por primera vez. Me quedé sin saber que hacer o que decir. Él amplió el arco de su sonrisa. El rostro se le descompuso en  miles de arrugas más, pero todo lo que transmitía era alegría, serenidad.  A duras penas encogí los hombros a modo de respuesta.

Todo esto que usted ve, fue un día un bosque. Yo me crié por esta zona jugando. Vivíamos por allí – dijo señalando con la ilusión de un niño una barriada cercana.

Tras una pequeña pausa. El viejo dejó vagar su mirada y su pensamiento. Daba la sensación de que estaba en el mismo lugar, pero mucho tiempo atrás. Sus ojos brillaban. Luego, volvió a su pose macabra y continuó hablando.

Día tras día. Aquí sentando. Lamentando mi suerte. A veces lloraba. Triste. Sin esperanza en una tierra sin esperanza. Muerto en medio de mi bosque muerto. Él y yo derrotados por el paso del tiempo, por el progreso, por las máquinas, por el cemento – no sabía donde quería llegar. Yo, en cambio, llegaba tarde a casa, eso seguro. Pero allí continué escuchando su relato.

El invierno se acababa. El buen tiempo empezaba a ganar la partida al frio y la lluvia. El calorcito en la espalada me venía bien. Cada vez pensaba menos, solo llegaba, me sentaba y dejaba pasar el tiempo. Cuando no se tiene esperanza es lo mejor, si le damos vueltas a la cabeza sufrimos más.

Tardé bastante en escucharla. Ahora se que tiene una voz poderosa, a veces me tengo que tapar los oídos del alboroto que forma, pero entonces estaba sordo. No quería oír. ¡ Ja, ja, ja! La de semanas que estuvo llamándome – No pude evitarlo, en ese instante le interrumpí.

¿ A quién? ¿Oír a quién? ¿ Quién le llamaba?– le dije atropelladamente. Él se sonrió aún más.

Mira – adelantó el pie que tenía junto a mi.

Allí estaba. Era una pequeñita flor que había crecido por una minúscula grieta en el cemento. Me quedé sin aliento. El viejo reía y hablaba.

En medio de mi desesperación, no me di cuenta de lo importante, de lo maravilloso que es estar vivo. Esa flor, es hija del bosque que creía muerto. Ella sola, ahogada por el cemento, fue capaz de encontrar una rendija, de luchar por la vida, por sus antepasados, por los que le seguirán, pero sobre todo luchó por ella, por vivir.

Hace cinco años más o menos que ella me contó todo eso. Desde entonces, conocí a una mujer en la residencia. Aunque no se lo crea, nos casamos. La pobre murió hace un año. Fueron tres años maravillosos a su lado. He conocido a un nietecito más. Les veo poco, pero cada vez que vienen me siento el abuelo más afortunado del mundo. Ya he ganado dos torneos a las cartas, aunque este año creo que no lo conseguiré. Ha llegado Manolo a la residencia y es muy bueno jugando.

flor y cementoCinco años más o menos. Aquí me tiene señorita, vengo cada día. El invierno se me hace largo. A veces las dudas me asaltan de nuevo, pero ahí la tiene usted. El bosque sigue vivo. Ahí la tiene. Ella se agarra a un hilo de luz, a unas gotas de agua. Ella trepa, se agarra, escala, crece y sale al encuentro del cielo. Ella es la flor de la esperanza.

 

 

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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