Triste. Paciencia. Gris.

Ella se había levantado hacía un par de horas. De madrugada se marchó sin hacer ruido. Se vestía en penumbra, cerraba con cuidado de no hacer ruido. Yo, como en los últimos dos años, había asistido en primera fila a la escena. Al principio me desvelaba el zumbido del despertador, soy de sueño liviano, pero en los últimos meses permanecía con los ojos abiertos de par en par en medio de la noche, en una especie de consciente inconsciencia, hasta que sonaba la alarma.

Ella, triste, voluntariosa, constante, tenaz, triste, firme, perseverante, triste, se marchaba cada mañana a limpiar los suelos de esa asquerosa fábrica. Ella, triste, licenciada, con dos master, tres idiomas, triste, seguía levantándose cada mañana desde que tuvo la inmensa fortuna de encontrar aquel maravilloso empleo de limpiadora, de cinco y  media a diez y media,  a cinco euros la hora, de lunes a domingo. Ella, triste, madre, esposa, mujer, triste, esclava.

Allí seguí, acostado ese par de horas, hasta las siete, momento en el que me levantaba muy lentamente. No dormir  agota mucho. Entraba en el cuarto de baño sin encender la luz. Levaba meses sin mirarme al espejo. Me lavaba la cara, me mojaba un poco el pelo y la barba, me secaba, me peinaba, me vestía y por último, sin saber porqué, me ponía la corbata.

tristeMi hijo, a punto de cumplir los catorce, hacía meses que se había hecho un hombre. Ya no reía o, al menos, hacía meses que no le veía reír. Él se levantaba sin necesidad de que le llamase, había sido así desde muy pequeño. Cuando estuve listo, me acerqué hasta la concina, a través del pasillo oscuro, para tomar la pastilla de la tensión. Justo en ese momento, David se estaba echando leche en un vaso. Apenas había dos dedos de leche. Él escurrió el bote. Se percató de que había entrado. Me miró de reojo y volvió la vista hacia el vaso, lo cogió y se la bebió de un trago.

Lo siento, creí que quedaba más leche. Hoy sin falta compro – fue lo primero que me acudió a la boca.

Él hizo un ruido gutural de asentimiento, mientras dejaba el vaso en el fregadero. Se había hecho un hombre de golpe. El hambre hace envejecer muy rápidamente. Pero ningún reproche, ninguna mala palabra, ninguna mala mirada. Él había salido a su madre. Él, triste, voluntarioso, constante, tenaz, triste, estudioso, aplicado, listo, delgado, triste, se disponía, sin bocadillo en la mochila rota, a afrontar su jornada escolar. Le llevé al instituto y aparqué el coche en los alrededores. Allí estaría hasta la hora de recogerlo. No tenía gasolina para más. Pronto ni para llevarlo.

Eran las ocho de la mañana. Hacía algo de fresco. Empecé mi ruta. Un itinerario que sin darme cuenta se había convertido en una rutina constante. Hora y media deambulando por las calles. Siempre las mismas, siempre en el mismo orden, siempre las mismas personas, aunque hacía meses que nos las miraba, sabía a ciencia cierta que eran las mismas. Lunes, miércoles y viernes, el piloto automático hace tiempo que así lo decidió, pasaba a saludar a mis viejos. Mi madre, triste, casi sin vista, casi sin poder andar, triste, me esperaba con el café recién hecho y la tostada con aceite, triste, tierna, abnegada, me besaba con infinita y triste dulzura. Era el único pan que comía en toda la semana. ¿Porqué no iba los martes y jueves? No lo se. Mi padre, triste, viejo, hacía meses que dejo de preguntarme, triste, monologaba de fútbol mientras yo desayunaba con la cabeza gacha.

Yo, triste, seguía mi camino, mi rutina hasta la hora de recoger la comida en el comedor social. Yo, triste, llegué a encontrar consuelo, paz, en aquella cola. Al principio, fue pura vergüenza, pánico. Yo, el director, el del Audi, el de la apartamento en la playa, el de la casa de 300 metros cuadrados con piscina incluida. Yo no podía, no debía estar ahí. No había explicación alguna. Tampoco la hay hoy, pero al menos, la rutina, los compañeros silenciosos, tristes, de la cola, me arropaban sin que ellos lo supieran. Hace meses que perdí la vergüenza, el pánico, la timidez, el bochorno, la dignidad. Solo se trataba de esperar mi turno, coger la bolsa, dar las gracias y marcharme. Tenía el tiempo justo para llegar a casa, dejarla en la cocina. Si por casualidad me topaba con María, nos decíamos hola con la cabeza baja, cada uno con su tarea entre manos. A continuación debía apretar el paso para recoger a David.

Me topé con el notificador, no pude esquivarlo esta vez, no me di cuenta, pero ya tenía la carta en la mano. Me la metí en el bolsillo de la chaqueta. Llegué sin resuello al instituto. Como cada día, David estaba solo, llevaba unos quince minutos de espera. Hola. Hola. Nos dijimos. Cuando llegamos a casa la mesa estaba preparada. Era jueves, tocaba macarrones con tomate. La tele de fondo. Comimos en silencio. Tristes. Ávidos. Hambrientos.

Fui al cuarto, iba a echarme un rato, era el único momento del día en que dormía algo. Saqué la carta. Sabía que no debía abrirla, pero la abrí. Sabía que no debía leerla, perla la leí. Ultimo aviso. Desahucio. En un par de semanas nos sacarían a la fuerza. Ahí se acabó todo para mi.

Yo, triste, salí a la calle sin decir adiós, triste, sin esperanza, sin ilusión, sin expectativas, sin solución, sin ganas, triste, muy triste, salí en busca de la tranquilad, de la paz, del descanso, triste, deseaba dormir eternamente.

EPÍLOGO:

grisHace años que no creo en dios. Hace años que no creo en los milagros. Hace años que no creo en santos, ni en ángeles de la guarda. Hace años que no creo en patrañas de ningún tipo. Estaba en la acera, esperando el momento adecuado para dar el paso definitivo. Triste, sin miedo, triste, decidido, triste, muy tranquilo. La coches bajaban a gran velocidad.

Hace años que no creo en dios, en los santos, en los milagros, ni es esas patrañas. El camión venia rápido. El camionero confiado en esa recta. Di el paso hacia el bendito sueño. El camión salvador llegaba. En ese instante, el tiempo se detuvo, todo se desarrollaba con una lentitud irreal. Frente a mi, conmigo, esperando, triste, tranquilo, triste, mirándome, triste, clavando sus ojos en los míos, un perro, grande, gris.

No pude dejarlo morir. Me lance sobre el pobre animal. Le empuje. Sentí el refilonazo del camión en la cadera. Caí rodando con un inmenso dolor, mientras dejaba escapar un grito.  Lo último que recuerdo, fue que el perro , grande, gris, me lamió la cara. Luego desperté en el hospital. Estaba magullado. A mi lado María y David.

NOTA: Este pequeño relato me viene rondando desde que un personaje sin escrúpulos, sin corazón, sin  vergüenza, se atrevió a pedir paciencia a los hombres y mujeres de este país. Mi estado de ánimo, la realidad social, los tristes suicidios, me hicieron terminar esta historia, en un primer momento, sin el epílogo. Básicamente por respeto a los millones de pobres y desesperados , que a día de hoy no tienen esperanza y a los que se les humilla al pedirles paciencia. Pero curiosamente anoche, hablando con una amigo de la infancia, recordando historias pasadas del colegio e historias actuales, rememoró a Gris y sus andanzas. No me preguntéis la razón, pero con todo el respeto a los “sin esperanza”, he sentido la necesidad de escribir este final, este epílogo, en el que los recuerdos de una infancia inocente y feliz han encontrado un hueco entre las teclas del ordenador, para dar una nueva oportunidad a la vida.

 

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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