El hombre sin sentimientos

Era un hombre que no tenía sentimientos. Lo tenía todo para ser feliz, pero no lo era. ¡Bueno, ni feliz, ni infeliz! Era sobre todo inteligente y eso le había ayudado a dominar sus sentimientos en un primer momento. Luego, sin que nadie se diera cuenta, los fue anulado todos, uno por uno. El placer fue uno de los primeros, luego cayeron los demás. La euforia, el júbilo, el optimismo, la amistad, la lealtad, el respeto, el altruismo, la ambición, la paciencia, la esperanza, la empatía, la asertividad, la ambición, la nostalgia, la pena, el desasosiego, la admiración, el descaro, así, uno tras otro, hasta llegar al amor.

Ojos-negrosEl hombre sin sentimientos, había tenido esos y otros muchos más, pero se vio abocado a desprenderse de todos y por supuesto en última instancia del amor. El amor le costó dominarlo, suprimirlo, ahogarlo, pero acabó consiguiéndolo. Le costó, solo él sabe cuanto, pero dios sabe que salió airoso. Una vez desaparecido, ni tan siquiera se pudo sentir satisfecho por el logro conseguido, no podía sentir, no debía sentir nada. Justo a partir de ese momento, su vida, por llamarla de alguna forma, se convertía en una monótona sucesión de acontecimientos. Un obligado caminar a ninguna parte, cargada de rutinas que le llevaban inexorablemente a los brazos de la muerte.

—-

¡Qué niño más maravilloso! Alto, rubio, ojos claros, delgado, listo, con desparpajo, travieso, inquieto. ¡Bueno, ya de niño poco! Estaba despertando a la vida de los adultos. Se había criado, se estaba desarrollando, en un mundo donde le enseñaban los mejores valores del ser humano. Esfuerzo, caridad, amor, solidaridad, abnegación. Los curas le querían, su madre le quería, su padre le quería, sus hermanos le querían. Eran años donde crecías con aquello de los niños con los niños, las niñas con las niñas. Eran tiempos donde los hombres eran hombres por encima de todas las cosas. Tiempos donde no existían gays, solo alguna valiente, con cuerpo de hombre, que se enfrentaba cara a cara al mundo, sobre todo a aquel que le dijera despectivamente “maricón”. A esos, principalmente a esos les espetaba en la cara – ¡Maricona, a mucha honra, maricona como tu!- y seguían andando con la cabeza muy alta. Eran tiempo de dictaduras del pensamiento, dictaduras del conocimiento, dictaduras de la razón, dictaduras del corazón.

Hubo un tiempo en que tuvo melena, fue rubio, cantaba, jugaba, reía bailaba. Ahora era igual de alto, bueno ya estaba encorvándose un poco. Poco pelo, el color ceniza se había adueñado de su cabeza. Los ojos eran tan claro como antaño, pero hieráticos donde antes había alegría, inexpresivos donde antes hubo tristeza, herméticos donde existió la expresividad.

Todo estaba calculado. Medido. Evaluado. Valorado en su vida. Se levantaba cuando debía, se afeita, se vestía, llevaba a sus hijos al colegio, les decía las palabras que correspondiese. Trabajo, trabajo, trabajo. Era una parte más del edificio donde trabajaba. Sin amigos. Sin amigas. Solo trabajo. Era el mejor, no necesitaba estímulos. Luego, lo más tarde posible, el trabajo le permitía controlar todo mucho mejor, volvía a casa. Allí un beso a su mujer y otro a cada hijo. Ducha, cena, una copa de buen malta, el día que correspondía y su ordenador. Allí seguía trabajando hasta el momento que el sueño lo vencía. La cama era menos desagradable con sueño.

Fue casual. No lo esperaba. Pero allí estaba. Casi quince años, hecho un mocetón. Paralizado frente a esos ojos morenos. Hipnotizado ante esa melena negra. Hechizado por esos labio carnosos. Fue casual. Jamás lo hubiera pensado. No tenía sentido. Pero el calor subía y bajaba como las olas de Santiago en verano. Era uno de los últimas días de colegio. Se conocían desde hacía un par de años. Él se había quedado en la biblioteca del instituto para estudiar los finales. Había salido sin mirar. Se toparon de frente. Primero fue la sorpresa del encontronazo. Luego risas. Siguió el rubor. El tiempo empezó a detenerse, las risas también. ¡Sus ojos! Silencio. Calor. Inmensa alegría. Pálpitos. Calor. Su cuerpo se erguía donde podía. El corazón desbocado. Silencio. Cerró sus ojos y él le besó. Hombre frente hombre. Deseo. Amor juvenil. Amor eterno. Felicidad. Solo fueron unos minutos robados a la vida o que la vida les regaló. En la penumbra del edificio, en una clase vacía. Besos, abrazos, besos, abrazos, suspiros, hambre, besos, pasión adolescente, pasión pura.

El descontrol le hacía sentir algo de intranquilidad. Rápidamente ponía todo el mecanismo de su inteligencia para adaptarse a las situaciones no previstas y reorganizar su vida. Aquel día uno de sus hijos no había ido al colegio, le tocó recoger al otro. Allí le esperaba con la mirada clavada en el suelo. Le habían castigado por hablar y debía quedarse una hora más en clase.

Su cabeza tomaba el control – volver no tiene sentido, sería ir y regresar al colegio. Hoy ya no iré a la piscina. Me da tiempo a comprar el libro que mañana tenía pensado buscar – casi ni se dio cuenta de que el hijo ya se había marchado corriendo de vuelta al colegio.

cofre-Los hombres son hombres. Los machos son machos. Te lo enseñaban los curas entre miradas que mucho después supo descifrar. Te lo enseñaba tu madre. Te lo recalcaba tu padre. Te lo enseñaban en la calle, cuando jugabas al fútbol o a la lata o a policías y ladrones o al trompo o a la lima. Te lo enseñaban tus amigos. Eras hombre o un enfermo para los curas. Eras hombre o una pena para tu madre. Eras hombre o un castigo para tu padre. Eras hombre o el maricón para tus amigos. Eras hombres o un fracasado.

Escogió ser hombre. Se echó novia. Era hombre. Era el líder de su pandilla. Era un hombre brillante. Se casó. Como un buen hombre tuvo hijos. Era hombre.

Escogió ser hombre. Desde ese momento su vida era dolor. Absoluta tristeza. Pena infinita. ¡Aquellos ojos negros! Solo había una solución. No debía sentir. Se compró un armario muy pequeñito, donde fue depositando uno por uno, todos los sentimientos que iba arrancando de sus ser. El placer fue uno de los primeros, luego cayeron los demás. La euforia, el júbilo, el optimismo, la amistad, la lealtad, el respeto, el altruismo, la ambición, la paciencia, la esperanza, la empatía, la asertividad, la ambición, la nostalgia, la pena, el desasosiego, la admiración, el descaro, así, uno tras otro, hasta llegar al amor. Todos fueron arrojados dentro del armarito. Cerro con llave y escondió el pequeño cofrecito en un rincón de su corazón, el rincón más escondido, más recóndito que fue capaz de encontrar. Allí quedó escondido para el mundo y para él. Allí quedó para los restos de su vida. Un tarde, cuando regresaba a casa, días después, se sacó la llavecita y la arrojó a una alcantarilla. ¡Al fin! Era el hombre, el hombre sin sentimientos.

Caminaba hacía la librería para comprar aquel nuevo ejemplar que tanto tiempo llevaba esperando. Devoraba esas historias, esas ilustraciones, esas novelas. Una nube imprevista empezó a descargar con cierta virulencia. ¿De donde había salido esa nube? La lluvia pretendía empaparle. Miró a derecha e izquierda y vio aquel pub. Fachada verde de madera, dos ventanas grandes y una puerta estilo inglesa en el centro. Aceleró el paso, no serían más de 20 metros, pero la lluvia arreciaba. Corrió los últimos metros con la cabeza agachada, tenía las gafas llenas de gotas. Fue a abrir la puerta, pero esta se abrió sola. Dio un último paso para ponerse a cubierto.

Sola no. No se había abierto sola. Alguien se disponía a salir, abrió la puerta del local, al tiempo que miraba hacia el interior y se despedía de alguien.

No se vieron. Se toparon simplemente. El hombre sin sentido le arroyó. Cayeron al suelo. Primero fue la sorpresa del encontronazo. Luego un disculpe usted. Siguió el rubor. El tiempo empezó a detenerse … se secó las lentes con urgencia. El tiempo se paraba. Se levantaron mientras se colocaba de nuevo las gafas. Calor. Silencio. ¡Ojos negros! Estaban otra vez uno a un palmo del otro ¡Aquellos ojos negros! Pálpitos.

llaveMi – empezó a decir el de los ojos negros, mientras escudriñaba el suelo- donde esta mi …

El hombre sin sentimientos, percibió algo debajo de su zapato. Se agachó.

Mi – no le dio tiempo a terminar la frase.

Aquí está- se levantó despacio, mostrándole la palma abierta – aquí esta la llave que perdí. Nuestra llave. Tu llave.

Dejo de llover.

Salió el sol.

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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2 respuestas a El hombre sin sentimientos

  1. Celia Ramón Wyser dijo:

    Bonita historia llena de matices que se desgranan. Está claro que si no somos nosotros mismos, si no nos aceptamos y queremos, difícilmente podremos ser felices. Los padres, por nuestra parte, tenemos una gran responsabilidad: educar en la aceptación y el respeto, en todas la opciones, válidas todas, en el amor, en definitiva.

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