Mi padre me dijo

∞ 9:34 h.∞

¡ Haz el bien y no mires a quién! – sentenció el padre al tiempo que se bajaba pesadamente del coche – ¿Te has enterado Joselito?

¡Sííííí! Papá – respondió José condescendiente – ¡Ah! no olvides ponerte la insulina esta tarde. Bueno si termino pronto vendré a verte.

Justo en ese instante el padre cerro la puerta del acompañante y enfiló el camino a la puerta del bloque.

¡ Haz el bien y no mires a quién! – farfulló para sus adentros José – A mi quién me da de comer.

Arranco el coche y comenzó la ruta. El día había empezado como una mierda. Ya llevaba hora y media de retraso. El médico le había confirmado lo que venía observando. Su padre tenía principio de demencia senil, eso unido a su diabetes, le obligaría a estar más encima de él.

¡ Haz el bien y no mires a quién! ¡Pobre viejo! – pensó mientras aceleraba para intentar recuperar el tiempo perdido.

Puta crisis. Putos jefes. Putos recortes. Puto trabajo – Iba escupiendo malhumorado las palabras.

Delgada como un papel de fumar. Ajada como ese mismo papel arrugado. De piel blanca  como el propio papel al trasluz. Octogenaria como poco. Con su permanente. Llena de nervios. Sin maquillar. Traje negro. Y su carrito de la compra.

El carrito se había enganchado en la alcantarilla. Ella jalaba, pero el dichoso carrito no salía. José la rebasó casi si darse cuenta. La calle estaba desierta. Miró por el retrovisor. Desierta no, estaba la vieja. Se percató. Sin saber porqué, llevaba mucha prisa, detuvo el coche.

¡Señora! Le puedo ayudar – dijo mientras se acercaba a la escena – Permítame.

¡Ay hijo! Muchas gracias – masculló la anciana al tiempo que José, con un tirón brusco desatascó la ruedecilla del carro.

¿Dónde va usted? – se sorprendió al pronunciar las palabras.

Diez minutos después la señora se apeaba del vehículo. Otra media hora perdida. Curiosamente José se sentía más calmado.

¿Qué le debo, hijo? ¿Qué le debo? – insistía la mujer desde el umbral de la puerta.

¡ Haz el bien y no mires a quién! – fueron las palabras de José – alguien me dijo “Haz el bien y no mires a quién”. Qué tenga buen día señora.

José se marchó riendo.

∞11:26 h.∞

Los viernes solía desayunar con su madre. Ella venía al centro para comprar en la plaza, pero antes desayunaban juntos. Esa media horita era sagrada. Era maravillosa. No la cambiaba por nada del mundo.

¡ Haz el bien y no mires a quién! – le estaba relatando la experiencia vivida – y se fue.

Enrique, con la cabeza hacia delante, sobre el plato, para no mancharse, mordía un trozo de la tostada con aceite.

Justo en ese momento, sin querer, escuchó el lamento del señor que se había parado cerca de su mesa.

¿Dónde tengo que ir? – era casi imposible no escucharlo, mas que hablar el hombre le gritaba al móvil – ¿Dónde?

Por lo menos tendría cuarenta, si no más. Achaparrado. Fuerte. El rostro moreno, muy moreno, quemado más bien. Resopló, mientras miraba el móvil y fruncía el seño. Ahora que Enrique lo miraba fijamente, casi parecía que era el móvil quién lo miraba al él. ¡Qué cosa más bruta de persona!

¡Oiga! ¿Qué le pasa? – dijo  con el bocado a medio tragar.

El hombre rudo. Más bien el rudo a secas. Le miró primero extrañado. Luego sorprendido. A renglón seguido expectante. Finalmente aliviado. Le tendió unos papeles.

Tengo que pagar no se qué, en no se donde. Mirusté, mi hijo hace estas cosas, pero no ha podido venir – más o menos se supone que dijo eso, porque hablando era más bruto que de aspecto.

Enrique ojeó los documentos. Apuró el último sorbo del café. Miró a su madre.

Mamá luego te llamo a casa – se levantó y le dio un beso – venga conmigo señor.

Dos horas más tardes, en la puerta del edificio de recaudación municipal, el rudo no sabía como agradecer a Enrique el favor.

– Mirusté, los de campo zemos ajín. Dígame que le debo, buen hombre.

¡ Haz el bien y no mires a quién! – Enrique le apretó los hombros cariñosamente y le dio una palmadita en la espalda.

∞ 16.41 h.∞

manosTanto estudiar para esta mierda de trabajo. Corriendo como una taxista de aquí para allá. Mil asquerosos euros siendo doctora en medicina. ¡Vomitivo! Cuanto antes quería salir, más se le complicaba el día. ¿Es que los viejos no tienen otro momento para ponerse malos? Los putos viernes y a última hora.

María era joven. Brillante. Guapísima. Delgada. Melena castaña. Vestía vaqueros ajustados y una camiseta blanca con una estampación un tanto retro. La lengua de los Stones. Por encima llevaba la bata blanca que le obligaban a ponerse los chorizos dueños de la consulta médica en la que trabajaba desde hacía un año. No le pagaban ni la gasolina del coche para las visitas a domicilio.

¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! – juraba en arameo – ¡No! ¡No! ¡No! El puto coche. ¡No! ¡Por favor! ¡Joder! ¡Joder!

El coche había decidido pararse. En la cuneta intentaba contactar con el seguro. ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! La puta betería del puto móvil. ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!. María miraba incrédula el smartphone última generación que se había comprado no hacía ni tres semanas siquiera.

¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! – maldecía, gritaba, balbucía, escupía, lamentaba María. No se percató, en medio de su lamento, de que una furgoneta había parado detrás de su coche. De que un hombre se le acercaba. De que un rudo le hablaba.

Mirusté señorita …

– ¿Qué? – se sobresaltó María.

Mirusté, ¿qué le pasa al coche?. Abra el capó por favor.

No tenía ni idea de donde había salido ese hombre. ¡Uf! ¡Joder! – esta último “joder” era de pura satisfacción. No tenía ni idea, pero ese hombre le había arreglado el coche. La ventanilla abierta. G.A.S. Drumners sonaba en el salpicadero. Reía. La tensión había desaparecido por completo.  El sol empezaba a caer.

¡ Haz el bien y no mires a quién! – recordaba María – ¡ Haz el bien y no mires a quién! Fue lo que me dijo. ¡ Haz el bien y no mires a quién! ¡Ole joé!

 

∞19. 06 h.∞

De repente no sabía donde estaba. Sudaba copiosamente. El corazón cabalgaba más de la cuenta. Estaba muy cansado. No sabía donde estaba. Vio el banco del parque y se sentó. ¿Había comido? ¿Había olvidado algo? Sudaba. Palpitaba. Estaba muy cansado. ¡Dios que me pasa!

María al pasar por el parque donde se había criado decidió pararse a dar una vuelta. Había decido manejar a su antojo lo poco que quedaba de tarde. No había tenido tiempo de almorzar, pero ya estaba acostumbrada. Paseaba mientras comía un bocadillo.  Love of Lesbian sonaba en los cascos que había conectado a su Smartphone.  María le vio.

No necesitó mucho tiempo para darse cuenta que le pasaba. Corrió al coche en busca de su maletín. Tranquilizó al anciano, mientras le administraba una dosis de insulina de acción rápida. El hombre empezó a reaccionar y mejorar. Al cabo de un rato, María, que le acariciaba la frente, le preguntó:

– ¿Vive usted lejos de aquí? ¿Recuerda dónde vive?

– Sí hija, sí. Ahí cerca.

José estaba preocupado. Su padre no contestaba al teléfono, no abría la puerta. Llevaba unos diez minutos en el portal sin saber que hacer. Intentaba tranquilizarse pensando que habría salido a dar un paseo. Quizás sería mejor que le fuera a buscar al parque del barrio.

María aparcó en doble fila y rodeó el coche para ayudar a bajar al anciano.

¡Papá! – grito José – ¡Papá!

Joselito, ya estoy aquí – dijo esbozando un sonrisa – esta señorita tan guapa …

¡Papá! – miró al padre y a continuación a María – Hola.

Había olvidado ponerse la insulina, pero ya está controlado. Ahora que descanse – María había adoptado el tono profesional que solía utilizar para sus pacientes.

¡Señorita! ¡Señora! ¡Doctora! – trataba de articular las palabras tras el susto inicial – muchas gracias, doctora. Muchas gracias de verdad. ¡Por favor, dígame que le debo!

José era consciente de lo que había pasado. Se estaba echando la mano al bolsillo para sacar la cartera. ¡Gracias a dios! Lo que podía haber pasado.

Casi sin que José se diera cuenta. Seguía buscando en su cartera. María ya se estaba metiendo en el coche. En el último instante, justo antes de cerrar la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja. María exclamó:

¡ Haz el bien y no mires a quién! – fueron las palabras que escuchó José – alguien me dijo “Haz el bien y no mires a quién”. Qué tengáis buena tarde.

 

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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