¡Ya es tarde para llegar temprano!

¿Era tarde? No tenía ni idea. Hacía tiempo que el sol se había puesto. Al menos no entraba luz por las ventanas.

¿Era tarde?

¡Ya es tarde para llegar temprano! – dijo casi en un susurro.

El codo estaba apoyado en la barra. Levantó pesadamente el vaso de whisky y lo detuvo  a la altura de los ojos.

¡Ya es tarde para llegar temprano! – repitió como si de una letanía se tratase y rió para sus adentros.

alcolicoCon un experto y suave giro de muñeca, hizo girar el líquido pardo al son del tintineo de los tres pequeños icebergs que todavía navegaban a la deriva. Se llevó el vaso a los labios. Ahora ese mar ocre se veía mejor. Un nuevo giro de muñeca a compas con el cuello. La nuca hacia atrás. Apuró de un trago el tercio de whisky que aún quedaba. ¡Ah! seguía ardiendo al entrar por la garganta.

¡Ya es tarde para llegar temprano! Esta vez solo lo pensó cuando el vaso golpeaba sobre el mostrador haciendo un ruido sordo – ¡Manuel! – llamó- Manuel, llena por favor.

Jamás perdía la formas, bueno eso suponía, porque la mitad de las mañanas no recordaba gran cosa, incluso ni como había llegado a casa.

Normalmente se sentaba en su esquina, en su taburete, pedía, bebía, leía el periódico, pedía, bebía, intercambiaba algunas frases comunes con otros parroquianos, pedía, bebía, pedía, bebía, olvidaba, pedía y seguía bebiendo hasta que, sin saber porqué, despertaba en su casa, en su cama.

Hacía tiempo que su mujer no le reprochaba nada. Hacía tiempo que no veía a sus hijos. Hacía tiempo que dejó de buscar excusas para seguir bebiendo. Simplemente bebía.

Ya era tarde para pedir perdón. Todo lo había hecho mal. Había perdido todos los trenes. Había dejado escapar todas las oportunidades, las segundas, las terceras, las cuartas, todas, unas detrás de otras.

¡Joder Manuel! Un poco más ¡coño! – dijo empujando el vaso hacia el camarero que en ese momento se disponía a poner el tapón en la botella.

Lo que deberías hacer, es irte a casa ya – comentó condescendiente Manuel, mientras volcaba de nuevo la botella sobre el vaso.

No se molestó en contestar, ni tan siquiera mirarlo. Cogió el vaso. Codo en la barra. Giro de muñeca. Tintineo. Muñeca y cuello. Nuca. Trago.

Atrás habían quedado muchas historias, muchos años, muchos, días, muchas horas, muchos segundos. Ahora todo era más fácil, no existía el tiempo, básicamente todo era una sucesión de vasos de whiskies y poco más. ¡Bueno! whisky y nada más.

Mucho tiempo atrás, cuando todavía existía el tiempo, tuvo una mujer. Era guapa, era morena, era delgada. Era una mujer de la que estuvo enamorado. Era una mujer con la que compartió ilusiones, esperanzas, un hogar, hijos. Era una mujer que le amó. Ahora no existía ella, solo un vaso tras otro, un whisky tras otro.

Mucho tiempo atrás, cuando existían días y noches, tuvo dos hijos. ¡Bueno!, un niño y una niña. El niño era más obediente, más estudioso. La niña era su ojito derecho, lista como ella misma, rebelde, traviesa. Él los había amado con locura, ellos también, especialmente Elena. Cada noche le esperaba despierta en la ventana de su dormitorio y hasta que no le daba un beso no consentía en irse a dormir. Javier siempre había sido más madrero. Ahora no existían, solo sorbo tras sorbo. Whisky.

Mucha tiempo atrás, el reloj tenía un sentido, entonces existían los segundos, los minutos y las horas. Tenía amigos, tenía trabajo, tenía aficiones, leía, jugaba, bailaba, comía, reía, lloraba, odiaba, amaba, gritaba, cantaba. Vivía. Ahora bebía.

Levanta las piernas – masculló Manuel cuando se disponía a pasar la fregona, para limpiar, como cada noche, el último rincón del bar.

¿Qué? – se sobresaltó – ¡Ah!

Se había quedado dormido, como casi siempre, acodado sobre el vaso. El hielo hacía tiempo que se había fundido con el whisky. Codo. Muñeca. Sin tintineo. Muñeca y cuello. Nuca y garganta.

Llena  Manuel – dijo con la mirada perdida en el fondo del vaso vacío.

Nos vamos – le contestó Manuel mientras montaba el penúltimo taburete encima de la barra.

La espuelita, Manuel – casi suplicó – la espuelita.

Vamos te llevo – sentenció Manuel, al tiempo que le cogía por el brazo para ayudarle a levantarse.

Manuel lo metió en su coche. Le puso el cinturón de seguridad. Él masculló algo entre dientes. Balbuceaba. Le ayudó a bajarse. Llamó al timbre.

María apareció tras la puerta. Seguía siendo tristemente guapa, tristemente delgada, tristemente morena.

Buenas noches Manuel – articuló con un sonido monocorde.

Buenas noches María.

Gracias Manuel – dijo tristemente sincera, sin reproches, mientras asía a su marido por un brazo y se lo llevaba hacia dentro.

Manuel se dirigió a su coche, se paró un instante para encender un cigarrillo. Aspiró profundamente. Miró hacía atrás. Solo la farolas le echaban un pulso a la madrugada. Las farolas y la luz en la ventana de arriba. Elena se llamaba, recordó Manuel. Se montó en el coche, arrancó y se marcho a casa. Como cada noche ese trayecto, ese momento era el más triste del día.

¡Ya es tarde para llegar temprano!

 

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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