Ducha y sal

Caliente. ¡Um! Caliente. ¡Ah! Caliente.

Silencio. ¡Por fin! Silencio. ¡Dios! Silencio.

La vida se reducía a eso escasos cinco minutos en los que tomaba su diaria ducha caliente. Los niños ya dormían, él … él no había llegado todavía, hacía una eternidad que no llegaba a tiempo.

ducha 1El agua caliente se entregaba a su rostro, luego acariciaba en su caída los pechos, el vientre, su piel. Cada poro sentía ese calor húmedo, regenerador, calmante que la ducha nocturna le hacía sentir. Era el único momento de cada jornada en la que se sentía bien, viva, incluso era capaz de creerse simplemente feliz.

Tras la ducha, nada. Ni tan siquiera era capaz de mimar su cuerpo con la toalla, de guiñarse al espejo. Tras la ducha, su vida no era vida. Tras la ducha, la capacidad de supervivencia humana ponía en marcha todos sus resortes. Todo se volvía automatismo, dejaba de ser mujer para convertirse en un ser que actuaba de manera mecánica, eficiente… sin sufrir.

Tras la ducha era madre. Una madre maravillosa, abnegada, cariñosa. Una madre como dios manda.

Tras la ducha era una esposa, una esposa ejemplar, respetuosa, cumplidora, atenta. Una esposa como dios manda.

Tras la ducha era una hija, nuera, amiga, trabajadora, deportista, lectora, televidente. Todo como dios manda.

Tras la ducha hacía de cocinera, de limpiadora, de doctora, de enfermera, de sicóloga, de confidente, de economista.

Tras la ducha lo era todo menos mujer.

¿Cuándo pasó? ¿Porqué pasó? ¿Cómo?

De tarde en tarde, le robaba una mirada a los ojos sin que él se diera cuenta. Cuanto le habían embriagado esos ojos.

De tarde en tarde, sus ojos furtivos espiaban el cuerpo desnudo del que fuera su hombre, del que hoy es su esposo, cuando salía de la ducha y buscaba su ropa interior en el dormitorio, solo iluminado por la tenue luz del pasillo. Cuanto había deseado ese cuerpo. Cuanto lo había gozado. Se conocía cada rincón, cada centímetro. Su sabor, su olor.

Pero esas miradas, esos deseos, esos sentimientos cruzaban su mente y su corazón como extrañas y veloces estrellas fugaces. Luego nada. Era madre, esposa, hija, nuera, amiga, trabajadora… pero no era mujer.

Aquella noche, le estaba costando algo más de la cuenta dormirse. Hacía un rato que se le apareció una de esas escasas estrellas fugaces. Había cruzado su mente y luego su corazón, para desaparecer tan rápida como brotó. Al menos eso creía.

En la oscuridad de la noche. En la soledad de una cama compartida sin compartir. Espalda con espalda. El sueño se negaba a darle consuelo. Casi no la notó, pero poco a poco su calor, su luz se hacía más que evidente. En un principio quería negar su existencia, eran recuerdos de cuando era mujer y se desdibujaban en su pensamiento. La estrella fugaz quiso darle algo más de calor, de luz. Esa noche fue menos fugaz y más estrella.

En la oscuridad de la noche. En silencio. En soledad. Junto a él, pero sin él. Sus ojos se cerraron, su mano se deslizó por su pecho, por su vientre, siguiendo la estela que le había marcado el cometa. Sus dedos la encontraron entre sus piernas.

En la oscuridad de la noche. En silencio. En soledad. Junto a él, pero sin él. Se subió a la estrella. Cabalgó el firmamento. Iluminó el mundo. Se convirtió en diosa. Volvió a ser mujer. Se tuvo que morder el labio, respiró profundamente, gritó en silencio. Que maravilla sentirse mujer. ¿Quiero ser mujer? Durmió.

Él se levantó sobre las seis y media, como cada mañana, sin tacto, como siempre, una luz aquí, un ruido allí y un seco adiós desde el umbral de la habitación. Después de que él hubiese cerrado la puerta de la calle, se levantó, se tomó su café. Sin ese café no era capaz de funcionar. Levantó a los niños, les preparó el desayuno y los llevó al colegio.

Ese día, sin saber porqué no desayunó con las otras madres del cole. Volvió a casa, subió en el ascensor, al llegar al rellano se encontró con su vecino. Mediana edad, como ella, alto, ojos negros, algunas canas, bien arreglado y sus maneras educadas. Se saludaron. Entró en su casa y, sin saber porqué, se duchó por la mañana.

Caliente. ¡Um! Caliente. ¡Ah! Caliente.

Silencio. ¡Por fín! Silencio. ¡Dios! Silencio.

ducha2Se jabonó con mucha suavidad. Se sentía mujer debajo del agua. La recuperada experiencia de la pasada noche le hacía ruborizarse bajo el agua caliente. Seguro que estaba roja como un tomate. Más que una mujer, se sentía como una adolescente. Sabía que era soltero y trabajaba en casa.

Caliente. ¡Um! Caliente. ¡Ah! Caliente.

Silencio. ¡Por fín! Silencio. ¡Dios! Silencio.

Se secó. Se vistió. Se peinó. Se puso dos gotas perfume.

Se detuvo en la entrada de la cocina. Echó una ojeada altiva, la que solía utilizar cuando era una mujer conquistadora, hermosa, segura. Sonrió.

– Sal, me falta sal. A mi vida le falta un poco de sal

Iré, yo sola, dijo. Todas se quedaron calladas. Unas envidiosas, otras asustadas. Todas permanecían en silencio. Unas con miradas acusadoras, otras con ilusión, con alegría.

Iré a por la sal. Dentro quedaron la madre, la esposa, la hija, la nuera, la amiga, la trabajadora. Solo la mujer fue a por un poco de sal.

 

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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