¡A la mierda!

∞ 1981∞

-¡A la mierda! – gritó justo antes de pegar un portazo y salir a la calle.

-¡Si te vas, no vuelvas! – creyó oír  Ángel envuelto como iba de rabia y furor,   cuando ya enfilaba el sendero, con pasos potentes y zancada larga.

– Sí, viejo, no me verás más – masculló para sus adentros mientras se alejaba con el corazón  desbocado.

Las peleas y discusiones con sus padres, especialmente con Manuel se habían convertido en una desagradable rutina en los últimos meses. Discutían por todo, lo más nimio podía desembocar en una bronca de proporciones bíblicas.

Ángel tenía 17 años. Moreno, atractivo, alto y de complexión fuerte. Era el segundo de tres hermanos. Listo, buen estudiante, con don de gente, normalmente era el líder de la manada allá donde estuviera, en el instituto, en el equipo de baloncesto, con la pandilla los sábados por la tarde. Era un buen hijo, quería a sus padres, pero últimamente… últimamente no los soportaba, sabía que no estaba bien sentir eso, pero es que no los podía soportar, sobre todo a su padre.

Siempre había tenido un punto rebelde, desde pequeño, siempre había sido protestón, algo testarudo, nada que ver con sus dos hermanas. Ahora, que las hormonas danzaban a ritmo de rock y heavy a sus anchas dentro de Ángel, más que rebelde era intransigente con toda persona o cosa con la que no comulgase. A sus 17 primaveras Ángel se sentía el puto amo, sentirse no, más aún, Ángel se consideraba, era el puto amo.

Aquel sábado de primavera, se había levantado tan cabreado como cuando se había acostado. Sería alrededor de las once y media, Ángel estaba terminando de acicalarse en el baño. La mirada en el espejo, las manos embadurnadas de gomina perfilando el peinado.

– ¡Ángel hijo! – oyó a María, su madre, con tono cansino de reproche – El zumo Angelito, el zumo, que pierde las vitaminas.

– ¡Qué sí! ¡Qué sí! ¡Qué sí! – escupió las palabras mientras se lavaba las manos.

– ¡Ángel! – grito Manuel desde el pasillo – ¡Cómo quieres que te lo diga! La mochila sigue tirada en la entrada desde ayer por la tarde.

Los siguientes diez minutos fueron una tormenta, un terremoto, un ciclón y tsunami juntos. Gritos, reproches, insultos, más gritos y algún que otro empujón. Los siguientes diez minutos terminaron con un – ¡A la mierda! – y un portazo.

∞1981∞

Habían pasado casi 11 años. Manuel y María estaban sentados en sus respectivas mecedoras en el porche de la casa. El cincuenta y cinco, ella un año menos, aunque parecían mucho mayores.  Se mecían sosegadamente, guardaban silencio. María con los cinco sentidos, más o menos, puestos en aquella pieza de croché que estaba haciendo. Manuel con la mirada perdida en el cielo azul, chupando cadenciosamente su pipa. Al cabo de un rato, si dejar de mirar al cielo, Manuel preguntó una vez más sin esperar respuesta alguna:

– ¿En que fallamos? ¿Qué hicimos mal? ¿Porqué? ¿Porqué lo dije?

Los segundos pasaban con parsimonia, sin prisas, parecía que quisieran hacerse notar. Los segundos eran macabros, malos, destilaban vileza, se resistían a avanzar más rápido para que Manuel y María, María  y Manuel, pudieran contarlos una y otra vez.

– Déjalo ya Manuel ¡Por favor! Déjalo ya

Afortunadamente era sábado y al cabo de un rato llegarían sus hijas, la mayor con sus dos pequeñines. ¡Cuánta dulzura! Esos nietecitos le devolvían algo de paz a los abuelos.

∞2013∞

La vida le había sonreído. Después de dar tumbos por aquí y por allí durante unos años, Ángel encontró su hogar en aquella lejana ciudad. A su inteligencia y capacidad para relacionarse, le añadió  voluntad, determinación y muchas horas de trabajo. Su empresa estaba consolidada y su prestigio era destacado entre sus conciudadanos.

La vida le había sonreído. Al poco de llegar conoció a Rebeca, la chica más deseada del lugar. No necesitó rondarla mucho, ella ya lo había atrapado antes de que él se planteara acercársele. Al cabo de unos cuantos años, cuando cumplió los 28, contrajeron matrimonio. Ella era su complemento, ella era su timón, ella era su mástil.

La vida le había sonreído. José llegó años después. Era su viva imagen. Crecía y crecía. Fuerte, listo, tenaz, orgulloso, simpático. Crecía y crecía. Joselito ya quería que le llamasen José, aunque cuando menos lo espere, le estarán llamando don José. ¡Cómo vuela el tiempo!

adolescenteDurante aquel almuerzo, José volvió a sacar el tema de conversación que le tenía obsesionado en las últimas semanas.

– Papá – comenzó a decir con la mirada fija en el plato – o me das el dinero para alquilar el piso o lo busco por mi cuenta. El mes que viene quiero independizarme, quieras tu o no.

– Joselito – dijo con tono mitad conciliador, mitad hastiado – mira Joseli…

-¡José! Me llamo José. Cuando te vas a enterar – interrumpió enojado el joven.

– ¡Bien!¡Vale! José, ya sabes la respuesta. Eres muy joven todavía, así que abandona de una puñetera vez esa idea. Ya tendrás tiempo para volar – concluyó Ángel dando un fuerte golpe con los nudillos de su mano derecha sobre la mesa.

-¡Por favor! Ya está bien de tantos gritos en esta casa. A com…- intentaba zanjar Rebeca la discusión.

– ¡Joven! – dijo desafiante José mirando a su padre a los ojos – ¡Estoy hasta los huevos! ¿Te enteras? ¡Hasta los huevos!

– Se acabó. Vete a tu cuarto inmediatamente – Ángel dio por finiquitada la conversación.

José, hecho un basilisco, se puso en pie y se dirigió hacia la puerta de salida.

– He dicho a tu cuarto o es que no entiendes.

Sin mirar atrás, haciendo oídos sordos a las palabras de su padre, salió dando un portazo mientras echaba por la boca toda la cólera que le invadía:

– ¡A la mierda!

La vida le había sonreído, pero en ese momento el corazón se le partió. La vida le había sonreído, pero en ese momento la pena, que tan bien supo esconder, se escapó de ese corazón roto, arañando todos los sentidos, mordiendo todas sus neuronas, quemando todas sus venas y arterias.

∞ epílogo∞

Serían las once y media. Las flores desplegaban todos los colores y aromas que la primavera le regalaba. Manuel, en su mecedora, ahuecaba la cabeza de la pipa con las manos mientras intentaba encender el tabaco. María regresaba de la cocina para sentarse en la suya. En un par de horas llegaría la bendita jauría de nietos para pasar juntos un sábado más.

Lentamente, cerró la puerta mosquitera del porche, se paró un instante para sacudirse el delantal, tomar aire y recrearse mirando las flores a lo largo de su sendero. A sus 75 años seguía embobándose con aquel regalo de la naturaleza. ¡Qué maravilla! Respiró profundamente justo cuando lo vio. El corazón le dio un vuelco, no sabía porqué, a lo lejos un hombre mayor se acercaba.

– Manuel… Manuel… ¡Manuel! – susurraba con intensidad sin dejar de apartar la mirada del camino

Manuel la miró y siguió la mirada de María para enfocar al hombre que se acercaba.

50 metros. La mirada ya no es la que tuvo, pero el corazón empezaba a galopar.

25 metros. Manuel se puso en pie.

15 metros el hombre ralentizó la marcha. Manuel agarró sin mirar la mano de María. María se la apretó a Manuel.

5 metros. El hombre se detuvo, agachó la mirada hacia el suelo.

– ¡Angelito! – temblaban las palabras en la garganta de Manuel.

_ ¡Hijo de mi vida! – lloraba María

Se abrazaron los tres. Lloraban los tres. Se besaban los tres.

– ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! – Ángel desgranaba las sílabas amargamente.

Seguían abrazados. Seguían llorando. Seguían besándose.

– No pidas perdón. ¡Por amor de dios! No pidas perdón – susurraba su anciano padre – No pidas perdón mi amor.

Siguieron un rato abrazados. Siguieron un rato llorando. Siguieron un rato besándose.

– Mamá, cuanto tiempo he tardado en descubrir que tu vientre es mi único hogar – dijo Ángel mirando los ojos más felices que jamás había visto.

– Padre, cuanto tiempo he tardado en descubrir que tu corazón es el verdadero alimento, la energía que se iba consumiendo para que yo fuera cada día más fuerte.

Era sábado. Era primavera. ¡Ya eran casi las doce menos diez!

– ¡Ángel hijo! Ve a la cocina – habló María en paz, en armonía – El zumo Angelito, el zumo, que pierde las vitaminas.

 ∞ dedicatoria∞

 A los buenos abuelos, que son buenos padres y fueron adolescentes.

A los buenos padres, que serán buenos abuelos y fueron adolescentes.

A los adolescentes que tiene el derecho y la obligación de descubrir, por sí solos, donde está su hogar y su energía.

 

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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