El príncipe que robaba las palabras

Erasé una vez… sigue fresco en mi memoria aquellas noches en las que mi padre, se sentaba en mi cama para contarme alguno de los cuentos tradicionales. No era un buen narrador de cuentos, entre otras cosas porque desde muy niño tuvo que comportarse como un hombre, pero lo intentaba cuando, algún día que otro, el trabajo le permitía llegar antes de las nueve de la noche a casa.

Erasé una vez… mi madre era quien nos contaba normalmente los cuentos por la noche. A su forma, mezclando unos con otros, pero terminábamos dormidos antes de que acabaran.

Erasé una vez, un príncipe que vivía en una tierra lejana y fértil, que su padre el rey le había cedido para que aprendiera el difícil arte del buen gobierno. Aunque este comienzo parezca un cuento, si buscáis e investigáis, descubriréis que se trata de una historia que ocurrió realmente. Eso creo.

El príncipe, que era el menor de 12 hermanos, siempre había sido el ojito derecho de su majestad. Las guerras, los pactos con otros reinos, se encargaron con el paso de los años de convertir al último de la saga en el heredero del reino. Su padre el rey, ciego de amor por el más pequeño lo mal crió, le consintió todo y ahora, cuando su existencia se agotaba, intentaba por todos lo medios corregir su error y hacer todo lo posible por convertir al príncipe en un futuro rey honorable.

principeEl joven príncipe tenia  mil nombres como era habitual entre los personajes nacidos con sangre azul, aunque el pueblo le conocía como “El Sublime”. Alto, delgado, de cabellos largos y rubios, ojos azules, nariz aguileña, coqueto en el vestir y de sonrisa embriagadora.

Fuera por ser el mimado en una corte real, por ser el más pequeño de doce hermanos o por su propio carácter, el caso es que el príncipe desarrolló desde muy pequeño una personalidad muy especial. Poco a poco aprendió a hacerse querer, a dominar a todo el que estaba alrededor sin que nadie se diera cuenta. Esa habilidad la perfeccionó de tal manera que tenía a toda la corte embelesada  con tan solo usar las palabras de los demás.

Daba igual con quien estuviera, un noble, un caballero, una dama, un maestro, un embajador de otra tierra, cuando estaba con cualquiera de ellos, se limitaba a escuchar primero y repetir luego lo que la otra persona había dicho, todo ello con una tono y una gesticulación que acababa por hipnotizar a su interlocutor. El príncipe había alcanzado tal sutileza que vivía sin necesidad de acuñar ninguna frase. Robaba las palabras de los demás y había descubierto cuales eran las más adecuadas para servir a sus intereses. Hombres y mujeres, sobre todo mujeres caían rendidos a sus pies.

El único que se dio cuenta fue su padre el rey y ese fue uno de los motivos más poderosos que le decantaron para enviarlo a gobernar aquellos dominios que poseía al norte del país.  Después de tantos mimos, su majestad lo dejó todo en manos del destino y del buen saber de la vida para enseñar lecciones.

El príncipe era feliz, la corte era feliz, el pueblo era feliz con su  príncipe. El Sublime robaba y robaba palabras, embaucaba y embaucaba, al principio todo era felicidad, pero los consejeros empezaron a echar en falta determinación, valor, osadía, voluntad y capacidad para tomar decisiones en su príncipe.

Nadie se atrevía a comentarlo abiertamente, pero estas cosas, ya se sabe, tarde o temprano, corre por los pasillos. Sus más allegados, tomaron una decisión.

Una mañana le príncipe citó en audiencia a sus principales noble y consejeros. Como cada mañana esperó que empezaran a hablarle, pero el silencio llenaba la estancia del palacio. Fueron unos minutos muy extraños y finalmente el príncipe preguntó:

-¿Es qué nadie va a decirme nada?

– Alteza – empezó a hablar un tanto aturullado el médico de la corte – alteza, somos víctimas de una extraña enfermedad. Sus súbditos no pueden hablar, lo intentan, pero algo que todavía no he descubierto se lo impiden.

– ¿Cómo?- dijo visiblemente aterrorizado el príncipe.

– Así es señor – confirmó el galeno mientras todos asentía con cara de tristeza y pesar.

– Dejadme solo – fue lo único que atinó a decir El Sublime.

Todos abandonaron la estancia. Nadie estaba seguro de si esa estrategia serviría de algo, pero todos tenía muy claro que jamás se dejarían robar sus palabras por el príncipe, por mucho que lo amaran.

Pasaban la horas, lo días y El Sublime parecía sumido en una profunda desesperación, que iba tornando en tristeza con el paso de las semanas. La corte imitó a los ilustres del palacio, e incluso el pueblo, a pesar de su pasión por el joven heredero, aprendió a estar en silencio cuando este de desplazaba por sus tierras.

¿Porqué? ¿Porqué? Era lo que se repetía en silencio una y otra vez, de manera obsesiva su alteza. Todo llegó a oídos del rey, quien a punto estuvo de acudir en apoyo de hijo, pero en el último momento, cuando se disponía a partir, como despertando de una pesadilla, entendió que quizás ahí podía estar la salvación para su reino y para el futuro rey.

De la desesperación, pasó a la tristeza y después a la depresión. Encerrado en sus aposentos, casi no comía, dormía poco y mal. De tarde en tarde llamaba al médico haciendo sonar una campanilla, pero ya hacía semanas que este se plantaba en silencio delante suya encogiéndose de hombros.

Todos sufrían por su amado príncipe, pero estaban decididos a descubrir si en el fondo, El Sublime, era merecedor de tanta devoción.

Una mañana temprano, en medio de su angustia, desaliñado, se envolvió en una capa sucia que encontró tirada por el suelo y salió a escondidas de palacio. No quería tener contacto con nadie, no sabia que decir. No sabía expresar sus sentimientos, solo sabia robar palabras y engatusar. Se sentía vacío y sin saber que hacer. Acabó en un bosque cercano, sentado debajo de un viejo roble. Una tras otra, las lágrimas rodaban por sus mejillas. En medio de tanta soledad, de tanta desesperación, de pronto creyó oír unas risas.

– Ríen – se dijo para sus adentros mientras levantaba la cabeza y aguzaba el oído- Sí, sí, sí, ríen.

Se puso en pie, con mucho sigilo se acercó hacia el lugar de donde procedía las risas, ahora escuchaba también palabras. Risas y palabras. Allí estaban, eran unos niños del pueblo cercano que jugaban, reían y ….charlaban. No pudo contener su emoción . El príncipe se acercó despacio pero muy excitado por dentro.

Al llegar, los niños le miraron extrañados, se callaron, pero no le reconocieron.

-Hola – se apresuró a hablar el príncipe.

-¡Hola!- respondieron los pequeños al unísono una vez recuperados de la sorpresa inicial.

– ¿Qué hacéis tan alejados del pueblo? – dijo con cierto tono de regaño El Sublime- no veis que si os pasa algo nadie os podrá ayudar.

Los niños se miraron con asombro y con la miradas concluyeron que aquel hombre debía ser un forastero.

– Señor, imagino que usted viene de lejos – comenzó a decir el que parecía ser el cabecilla de aquella padilla – solo podemos jugar aquí. Nuestros padres saben donde estamos. Solo podemos hablar aquí, en el bosque del Gran Roble.

El joven príncipe abrió los ojos como platos. Estupefacto no salía de su asombro. En medio de la confusión las palabras brotaron de su boca.

-Imagináis bien, vengo de lejos. Es un buen sitio para jugar. Está bien lo que hacen vuestros padres. Es un buen sitio para hablar este bosque del Gran Roble.

Sus palabras, bueno las que había robado a los niños, le habían sonado como la más bella de las melodías. Los niños continuaron con sus juegos, sus risas y sus palabras, mientras el sentado junto a ellos observaba.

– ¿A qué la espada es mejor que el arco? – le preguntó al cabo de un rato el más corpulento del grupo.

-Sí, sin duda la espada en mejor que el arco – se apresuró a responder el príncipe.

-¡Lo veis! – dijo triunfal el chaval a sus amigos.

– Señor, yo creo que el arco es mejor, puede matar desde lejos – respondió otro de los pequeños.

– Tienes razón, pequeñín, el arco es mejor y puede matar desde lejos – le contestó satisfecho mientras le alborotaba con la mano los pelos de la cabeza.

– ¡Eso no vale! – dijo enojado el jefecillo – parece usted El Sublime, nos roba las palabras y nos dice lo que nos gusta escuchar. ¡Eso no vale! Tienes que decirnos lo que tu piensas de verdad.

Amanecía en palacio, era un día precioso de primavera. El príncipe se había arreglado con sus mejores ropajes. Acudió solo a la sala del trono. Por el camino los cortesanos agachaban la cabeza o si por casualidad cruzaban su vista con él, se encogía de hombros. Se sentó he hizo sonar la campanilla con vigor inusitado. Raudo entró en la sala el médico. No le había dado tiempo a situarse ante él, cuando escuchó la voz en grito del príncipe:

_ ¡Todos! ¡Qué vengan todos! ¡Ya!

Al cabo de unos minutos, los cortesanos llenaban la estancia en silencio. Los ilustres y consejeros más allegados se situaban cerca del trono. Había mucha tensión en el ambiente, algo iba a pasar, eso era seguro. El Sublime miró uno por uno a todos los presentes, el silencio se podía mascar, se podía cortar, era pesado. Después de un rato, se levantó del trono, con voz firme, segura y dulce se dirigió a los presentes.

– He estado pensando y  he tomado varias decisiones, aunque aquí y ahora solo voy a comunicaros una, el resto pueden esperar hasta mañana.

En los rostros de lo que allí estaban se dibujó el miedo, la tensión, la duda. Todos miraban con total atención a su joven príncipe. Era la primera vez que les dirigía la palabra en meses y muchos se temían lo peor.

– Maestro arquitecto. Tesorero – llamó a dos de sus principales colaboradores.

– ¡Alteza! – se apresuraron a responder ambos nobles, mientras daban un paso al frente.

Haciendo gala de toda la solemnidad posible, El Sublime, emitió su primera orden, su primera decisión.

– ¿Sabéis donde está el bosque del Gran Roble? – no dejó que le contestaran la pregunto y siguió hablando, mientras la tensión aumentaba por momentos – Sí, sabéis donde está ese bosque. Todos los sabéis. Quiero que os pongáis los dos a trabajar inmediatamente para construir allí un parque de recreo en el que niños y mayores puedan jugar, pasear y hablar.

La corte contenía el aliento.

_ Quiero y así se hará, que sea el mejor y más bonito parque del reino. Quiero y así se llamará a partir de ahora el Bosque de las  Palabras. He dicho.

En ese momento, una leve sonrisa se le dibujó en el rostro, se sentó en el trono y, con un gesto, dio por concluida la audiencia. La corté, después de salir de su  asombro, entendió. Mientras todos abandonaban la sala con alegría y satisfacción contenida, el príncipe respiró profundamente tranquilo, cómodo, lleno de satisfacción, a la vez que susurraba: el Bosque de las Palabras.

¡Ah! y colorín, colorado…

 

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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