El ascensor del hospital

¡Qué largo se hace un diario en el hospital! Un olor dulzón mezcla de sudores, enfermedad, calefacción, comida y medicinas. Un olor desagradable que te impregna desde el mismo instante en el que traspasas el umbral del edificio y que aún recuerdas en casa cuando estas bajo la ducha caliente.

Estos días son días de hospital, de acompañamiento, de esperas, de incertidumbres, de recuerdos, de anhelos, de miedos. Estaba paseando por unos de sus pasillos, estirando la piernas. Al cabo de un rato, ensimismado, me senté en una de las sillas que había al comienzo de la planta, junto a los ascensores. Necesitaba estar un rato a solas. Una mujer rubia esperaba frente a los ascensores para coger el primero que estuviera disponible. Imagino que hacía años que cumplió los cuarenta, aunque su porte no lo aparentaba. Delgada. Alta.

¡Qué largo se hace un diario en el hospital! Toses, quejidos que rasgan el estómago. El zumbido constante del aparato del oxigeno se te mete en la cabeza. El trajín de doctores y enfermeros. Benditos doctores y enfermeros.

Tenía la mirada clavada en el suelo, creo que no pensaba nada concreto, se trataba de pasar el tiempo, de estar un rato solo antes regresar a la habitación. Habían llegado visitas y aproveché ese momento. En un segundo plano en mi cabeza, noté como el ascensor se abría.

– ¡Hola niña! – levanté la cabeza.

Las palabras las había pronunciado una señora que salía del ascensor y ahora besaba efusivamente a la rubia. Era un poco más baja que ésta, algo más rellenita y más arrugas. El pelo castaño de bote, bueno ahora que lo pienso la rubia también se teñía. El tiempo es inflexible con todos nosotros.

– ¡Hola Manuela! ¡Cuánto tiempo! – le respondió la rubia.
– Por lo menos hace 10 años que no nos vemos… ¡diez o más! – dijo Manuela con una tenue sonrisa dibujada en sus labios – ¿Cómo estás?
– Yo, !Cómo el Fundador! ¡Jajaja! de médicos, para variar- se carcajeó – y tu ¿Qué tal estás?

Sentado a poco más de un metro, robando la conversación. Era casi un invitado de ambas.

– Mal. Muy mal. Yolanda, estoy fatal. Hace para cinco años que la artrosis me tiene fatal – dijo con la voz entrecortada y algo compungida.

– Lo siento mucho Manuela. Hay que ser fuerte y tirar palante. Las cosas vienen como vienen y hay que aceptarlas. Hay que vivir que son dos días – Yolanda la consolaba mientras le hacía una carantoña en la cara.

– Ya lo sé, pero es más fácil decirlo que hacerlo, sobre todo si te ha tocado esta cruz- sollozaba Manuela.

¡Qué largo se hace un diario en el hospital! Allí seguía yo. Allí en medio de Yolanda y Manuela. Allí escuchando una conversación mil veces escuchada, mil veces repetidas, mil veces comentadas. A medida que pasan los años. Llegan los achaques, los males, las enfermedades y el sufrimiento. Escuché a mis abuelos hablar así, escucho a mis padres, casi ya empiezo ha mantener estas conversaciones con mis amigos.

– ¿Qué tal la familia? – preguntó Yolanda para cambiar de conversación.
– ¡Bien! Todos bien – fue la respuesta de Manuela sin mucho convencimientos – Por lo menos están bien de salud, pero niña, Juan lleva dos años parado y el mayor, que terminó la carrera, tampoco encuentra nada.

– Seguro que todo se mejora. Verás tu como sí – trataba de animar Yolanda- hay que tener ilusión y esperanza, las cosas no pueden ir a peor, sino todo lo contrario.

– Claro Yolanda. ¡Quien estuviera en tu lugar! Tu siempre fuiste la optimista del grupo. Si lo piensas bien, lo mío es auténtica mala suerte. Todo me pasa a mi – afirmaba apesadumbrada la mujer del pelo castaño de bote

– En fin, no te molesto más con mis penas- En ese instante le dio un abrazo y un beso

– ¡Anda tonta! Qué me vas a molestar. A ver si no tardamos otros diez años en vernos, pasame tu móvil y te llamo algún día para tomar un café – comentó Yolanda con una sonrisa de oreja a oreja mientras le daba otro achuchón – ¡Hay que vivir Manuela! ¡Hay que comerse la vida día a día para no empacharte!

La rubia volvió a pulsar el botón del ascensor, luego se alisó un poco la falda. Manuela esperó junto a ella para despedirla. Fueron unos instantes en silencio. Las puertas se abrieron. Yolanda entró en el ascensor, Manuela estaba fuera, frente a ella.

– ¡Perdona niña! Al final no te he preguntado para que has venido – dijo acelerada Manuela.

La puertas comenzaron a cerrarse. Yolanda con una sonrisa de oreja a oreja.

– La semana que viene me quitan un pecho. Tengo cáncer. Te llamaré para ese café, guapa – terminó justo cuando las puertas se cerraron.

¡Qué largo se hace un diario en el hospital!
¡Qué grande se hace un diario en el hospital!
¡Qué bueno se hace un diario en el hospital!
Pero, ¡Qué largo se sigue haciendo un diario en el hospital!

 

Nota: ya me decís que pensáis. Un abrazo, Santi ( santiago.cordero@jerez.es , @santixerez en twitter o en facebook)

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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