Oír, ver, escuchar (Etapa 6 – 1 de octubre)

01-10 Amanecer en el camino hacia LogroñoRecuerdo que cuando era niño, algunas veces, íbamos mis dos hermanas y yo sentados en la parte de atrás de un Seat seiscientos, podía ser  a una reunión del colegio,  a casa de unos amigos de mis padres o a la de mis abuelos. Mi madre, sobre todo a mí, me solía decir – ya sabes, cuando hablen los mayores, oír, ver y callar – porque tenía la costumbre de irrumpir en esas conversaciones de adultos, sabiondo, para dar mi opinión de sabelotodo.

 

Al final, no siempre hacía caso y a la vuelta solía llevarme un severo rapapolvo  que siempre terminaba con aquello de -… a ver cuando aprendes, cuando hablemos los mayores, oír, ver y callar- mientras me caía alguna lagrimilla por la mejilla y prometía que no volvería a hacerlo. Esto me ocurría de pequeño, pero creo que esto nos ha pasado a la mayoría de nosotros cuando éramos niños.

01-10 piedras en el caminoEn eso iba pensando el sexto día de camino, cuando decidí cambiar la última palabra y terminar con “escuchar” en vez de “callar”. Iba camino de completar mi primera semana, había recorrido más de 100 kilómetros, mi cuerpo empezaba a adaptarse físicamente a las exigencias diarias y mi mente no paraba de bullir. En mi rutina, al final de la jornada solía reflejar mis pensamientos, mis emociones, mi sensaciones en el evento de Facebook para compartirlo con mis amigos.

Ese día después de hablar con otros peregrinos, de escuchar sus vivencias, su formas de ver las cosas, de sentir, me di cuenta de lo necesario, de lo beneficioso que resulta saber escuchar. Es cierto que quería contar muchas cosas, como cuando era pequeño, de hecho lo estaba haciendo, pero la lección que el Camino de Santiago me tenía guardada para esa jornada era la de aprender a escuchar.

Conocer otras opiniones, otros puntos de vista, escuchar como los argumentaban otras personas, otras experiencias, otras modos de sentir, de vivir, te permite crecer. Pero para ello hay que estar dispuesto a escuchar, no solo con el oído, sino con el resto de los sentidos. En cualquier conversación, en cualquier momento, cualquier persona te puede aportar algún punto de vista, algún pensamiento o idea que puedes aprovechar. No necesariamente tiene que ser algo trascendental, algo grande, puede ser algo pequeño, insignificante en un primer momento, pero útil tarde o temprano.

Por eso al final de aquel sexto día de camino me limité a colgar unas cuantas fotos y esperar los comentarios de aquellos que estaban compartiendo el camino conmigo. Aproveche para releer lo que hasta la fecha habían ido transmitiendo. Descubrí matices que se me habían pasado por alto, disfrute mucho más de la conexión, de los vínculos que día tras días se iban creando y reforzando con muchas personas a través de la red social.

Es muy positivo reflexionar y expresar nuestros pensamientos, pero también lo es saber escuchar análisis e ideas de otras personas.

01-10 Viana y Logroño a lo lejosEse día llegamos a Logroño, donde viví una jornada entrañable en el Albergue Parroquial de la capital riojana. El Camino te regala buenos momentos, buenas personas y nuevos amigos que nunca deberíamos desaprovechar, a los que recibir con los brazos abiertos y disfrutarlos todo los posible.

La noche anterior, en Los Arcos, tuve una mala experiencia, fue la primera que yo recuerde del Camino, luego vendrían algunas más, no muchas, pero si hubo alguna. Realmente fue algo insignificante pero que me molestó mucho. El Camino en tanto que metáfora de la vida, es una mezcla donde conviven la cotidianidad, lo mundano, con las metas, objetivos y proyectos.

El lado oscuro del Camino, nunca mejor dicho, son las noches de insomnio en los albergues para aquellas personas, que como a mí, les molestan los ronquidos de los demás (salvo excepciones, aunque no las conozco, pero seguro que debe haberla, todos acabamos roncando tarde o temprano). El caso es que hay gente que tienen el don de poder dormirse sin dificultad, pero  otros debemos sufrir en silencio, escuchar música toda la noche mientras aguanta  la batería del reproductor y después intentar dormir algo con tapones de cera.

El caso, es que desde el primer día había aceptado esa situación y era consciente de que iba a dormir poco y mal por las noches en los distintos albergues. Esa noche a la que hago alusión, un francés, roncaba junto a mí, pero no de cualquier forma, cuando digo que roncaba, podéis creerme que nunca la palabra roncar tuvo tanto y tan fuerte significado. Vi pasar las diez de la noche, las once, las doce, la una, las dos, las tres, las cuatro de la madrugada en mi reloj. Sí, como en la canción de Sabina ¡Horrible! Pero a eso de las cuatro y media creo que caí en una especie de duermevela y, por lo que sucedería a continuación, he de suponer que me pondría a roncar.

El caso es que no habrían pasado ni diez minutos, más tarde comprobé que no eran ni las cinco menos cuarto, cuando pegué un bote en la cama sobresaltado, había recibido un golpe en el pecho. Cogí asustado el móvil, con su luz tenue alumbré y me topé con la cara del francés a menos de medio metro chillándome en susurros y gesticulando para que dejara de roncar, se supone que le había despertado. Creo que no hace falta que os cuente como me pude sentir, prefiero no recordar lo que le dije, afortunadamente, me contuve al saber que en la habitación éramos unos 14 peregrinos.

A la mañana siguiente, es decir hora y media después, con muy mal cuerpo, me levanté para seguir con mi Camino. Intenté cruzar un par de veces mi mirada con el francés, pero este o pasaba de mi, o evitaba un enfrentamiento, el caso es que él partió unos 10 minutos antes que yo y jamás volvía a verle.

Quizás ese fue uno de los motivos por el que en esta etapa me dediqué a escuchar a otros en vez de hablar. Pudiera ser que el cansancio y el cabreo, que me duró un par de horas de camino, contribuyó a que ese día fuera menos hablador.

Pero como os decía, Logroño me tenía reservada una grata experiencia. En un principio, teníamos previsto, Bojan y yo, quedarnos en el albergue municipal, un lugar remozado, con capacidad para unos 80 peregrinos. Cuando llegamos estaba a rebosar, pero todavía quedaban literas para nosotros. Yo estaba tan cansado, que lo único que quería era una cama y una ducha, pero Bojan, decidió acercarse al parroquial de Santiago, que así se llamaba, donde finalmente haríamos noche, para ver que tal era.

Nuestra querida hospitalera en Logroño

Nuestra querida hospitalera en Logroño

Allí conocimos a dos hospitaleros encantadores, un matrimonio de venezolanos afincados en Logroño, que trabajaban  durante todo el año con la parroquia como voluntarios. Con ellos compartimos una agradable cena y una entrañable charla. La habitación donde dormimos esa noche tenía capacidad para 20 personas, aunque como nos comentaron los hospitaleros, nadie se quedaba sin dormir allí, ya que si hacía falta tiraban colchones en la sacristía y en la propia iglesia.

Pero la sorpresa, el regalo de aquel día, al margen de conocer a ese servicial matrimonio, fue que en el Albergue solo éramos cinco peregrinos. Me busqué la esquina más alejada, me acosté sobre las diez y esa noche pude dormir sin problemas hasta la seis de la mañana. Ya os podéis imaginar lo bien que me sentó el desayuno, que volvimos a compartir con nuestros queridos hospitaleros y el abrazo de despedida que le día a ambos. ¡Qué gran regalo fue poder dormir!

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Acerca de Santiago TO Santiago

La vida te mata y te da vida... las autopistas se convierten en veredas que obligan a sacar lo mejor de tí....
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